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domingo. 25.09.2022

Verificabilidad

La Ciencia, como es bien sabido, nació en la antigua Grecia, con Tales de Mileto encabezando a esa pléyade de excelentes racionalistas que le sucedieron...

La Ciencia, como es bien sabido, nació en la antigua Grecia, con Tales de Mileto encabezando a esa pléyade de excelentes racionalistas que le sucedieron y con su discípulo Pitágoras, configurando la salida del mundo mágico y mítico de las deidades promotoras y controladoras del devenir de los humanos­. Por desgracia, tuvo que mantenerse sin método hasta el Renacimiento, en el periodo más oscuro de la Humanidad, que la sumió en una irrelevancia y falta de consistencia, de la que las religiones y las Iglesias, con especial preponderancia de la Católica, tuvieron una  responsabilidad directa  y decisiva. No es, que después de que se presentara el método científico, con Galileo de invitado estelar, las instituciones y organizaciones anti-científicas se hayan retractado, ni mucho menos. Es más, no lo han hecho todavía, salvo simbólicamente, y permanecen los tics dogmáticos de los que se alimentan, por muchas evidencias que la Ciencia haya acumulado para multitud de interrogantes. La evolución, todavía se discute en ambientes religiosos y las anquilosadas estructuras combaten, sin fundamento ni racionalidad, cuestiones como las del origen de la vida o tendencias sexuales. Si se diera un abierto y franco contraste entre posiciones de la Iglesia en multitud de aspectos y propuestas de la Ciencia, podríamos cuantificar las disensiones gratuitas y sin fundamento.

Porque la característica más genuina de la Ciencia es la verificabilidad. Nada es definitivo, en cuanto a la interpretación concierne, nadie tiene en su posesión la verdad, nadie puede confundir la realidad, inaprensible, inasequible y ajena a los humanos, con la descripción que ofrece una teoría, que es un armazón lógico matemático con capacidad descriptiva y predictiva. Mientras una teoría establezca con claridad meridiana las condiciones de su aplicabilidad y salga airosa de la prueba de la verificabilidad, repitiendo resultados con garantía, cuando se satisfacen las condiciones que permiten aplicar la ley que establece, disponemos de una herramienta útil para conocer el comportamiento del sistema al que describe la teoría. Pero ello no es óbice para que algunos o todos los aspectos de la Teoría en vigor, se puedan someter a nuevos  enfoques, tratamientos, consideraciones de variables que habían permanecido ocultas, y un largo etcétera, que pueden desembocar en una nueva teoría más útil,  mejor y más descriptiva del proceso que analiza y que, de nuevo, se someterá a la verificación de sus resultados.

Esa es, pues, la clave de la Ciencia, la verificabilidad. No todo puede ser científico, naturalmente. De igual modo no todas las ramas de la Ciencia han alcanzado el mismo nivel de desarrollo. No tiene mucho sentido rotular alguna actividad o iniciativa incluyendo alguna referencia al término científico o Ciencia, evidentemente. Ni siquiera las ramas actuales de la Ciencia, fueron científicas al mismo tiempo: la Química fue científica con Lavoisier (1789), mientras que la Astronomía lo fue desde Copérnico (1543), o la Física lo fue desde Galileo (1604), o la Fisiología lo fue desde Harvey (1628) o la Anatomía lo fue desde Vesalio (1543); pero la Medicina, en 1796 seguía siendo  precientífica y los llamados médicos (no en anatomía ni fisiología) se encontraban al nivel de Hipócrates, en cuanto a las enfermedades y los medicamentos; no se conocía la constitución celular de los  seres vivos, ni los mecanismos inmunológicos, ni los psicosomáticos, etc. Las ignorancias en estas parcelas eran enormes y la componente mágica y conjetural mantuvo su presencia. Así hay que entender la irrupción de la homeopatía, derivada de una conjetura, como que cantidades mínimas de medicamentos puedan hacer lo mismo que cantidades más elevadas. Pero lo que fue error es la formulación de la teoría homeopática, que sostiene que diluciones extremas y que lo semejante cura a lo semejante. ¿Es esto verificable? No. ¿pero cómo valorar la práctica homeopática, tanto por los médicos  como por los enfermos que se prestan a ella? Hay quienes mejoran, que habría que interpretar en la esfera psicosomática, a través de la relación corporal y psíquica. Es decir, la práctica puede tener alguna eficacia, pero la teoría es falsa. Tan sólo son las variables ocultas, las que pueden justificar la interacción entre las facetas corporal y psíquica, que conduce a mejorías apreciables en algunos casos. Claro que, como la teoría es falsa, nadie puede esperar ningún resultado favorable cuando inicia una práctica, porque al ser falsa la teoría, no dispone de método y, por ende, el resultado es imposible de pronosticar. Hay circunstancias, con mayor probabilidad de éxito, por lejanas que parezcan: caer de un séptimo piso y salir andando tiene una probabilidad de éxito tan baja, que nos disuade de intentarlo, pero algo parecido acontece con la práctica homeopática, ya que ninguno de sus pronósticos es verificable. ¿se tiraría Usted de un séptimo piso?

Pero hay un elemento más, en el escenario homeopático: los intereses de los practicantes y de la industria  del medicamento implicada, que paga e incentiva la justificación de sus deseos. Mientras un producto, sistema, no sea verificable, directamente, sin ambages, sin recovecos, científicamente, tiene que estar bajo sospecha. De la misma forma que resulta imposible colocar en el mercado actual un dispositivo que esté basado en leyes contrarias a las verificadas por la Física y la Química, por muchos resultados que se ofrezcan avalándolo, porque no superará la prueba de la verificabilidad y las trampas quedarán al descubierto. En Medicina, Ciencia más humana, la verificación es más limitada que en las Ciencias duras, aunque menos que las muy blandas o sociales, por un motivo muy claro y es la complejidad creciente.

Los errores de los economistas hay que enmarcarlos en su pertenencia a las mal denominadas ciencias sociales, por aquello que su carencia científica es palmaria: el método no es científico y sus teorías no superan la verificabilidad en ningún caso. Las propuestas de los economistas hay que analizarlas con el mismo cuidado que la homeopatía. La economía comparte un estado precientífico, en que puede razonar, pero no verificar. Esto conlleva que los principios básicos todavía no son ni siquiera compartidos ampliamente. La Ciencia es tanto menos exacta, cuanto más componente humano incorpore. ¿Qué decir entonces de las denominadas Ciencias Políticas? Habría que agradecer que no se le haya ocurrido a nadie introducir las Ciencias de la Religión. Bueno, sería un oximorón, es decir una contradicción en sí misma, del estilo de la denominada realidad virtual; claramente, si es una cosa, está excluida poder ser la otra. No obstante cosas más extravagantes hemos visto. ¡Vivir para ver!

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