martes 1/12/20

Un país para la banca y los explotadores

En los presidios franquistas era habitual que los carceleros confiasen el orden interno a los presos que habían cometido los delitos más execrables, homicidios, violaciones, lesiones y abusos de todo tipo.

En los presidios franquistas era habitual que los carceleros confiasen el orden interno a los presos que habían cometido los delitos más execrables, homicidios, violaciones, lesiones y abusos de todo tipo. Sabedores de que su condena se podía acortar por la redención de penas por el trabajo, muchos de estos penados se arrimaban al poder para ser más papistas que el Papa, mantener el orden a palos, aminorar su condena y hacer sus trapicheos como si estuviesen en la calle. Conscientes de lo que de ellos demandaban los alféreces provisionales victoriosos que entonces gobernaban las cárceles del horror, los “cabos de varas” cumplían a la perfección con su cometido no para evitar que aquellos se manchasen las manos –las tenían de sangre hasta el sobaco- sino para que descansasen y no se les molestase con naderías. Al fin y al cabo, la vida de un preso normal o de un represaliado valía menos que la de un chinche o una garrapata. Algo parecido, cambiando contexto y tiempo, está sucediendo ahora mismo con la política que la derecha ibérica está llevando a cabo en toda la Península al encargar a las zorras que destrozaron el gallinero que cuiden de las gallinas supervivientes.

Correría el año 2000. El cambio de milenio y el famoso parón informático con el que, una vez más, trataron de meternos el miedo en el cuerpo mientras escondían y callaban sobre la bomba de relojería que estaba a punto de estallar gracias a la especulación, a la libre circulación de capitales y a la desregulación financiera. Un amigo se había comprado un piso modesto mediante un préstamo acorde con sus ganancias mensuales. Entre ese mítico año 2000 y el no menos mítico 2005 –recordemos que habíamos entrado en la era del crecimiento sin límite- los directores de sucesivas entidades bancarias lo convencieron para que rehipotecase su casa tres veces con el argumento de que el valor de la vivienda había subido mucho y que seguiría haciéndolo por siempre jamás. Mi amigo cayó en la trampa y si bien durante varios años pudo disponer de dinero para gastos diversos que su sueldo no le permitía, hoy tiene que afrontar una hipoteca tres veces mayor que la inicial cuando su piso ha vuelto a valer lo mismo que en el año del cambio del milenio. Jugada perfecta.

El caso de mi amigo no era ninguna excepción sino una práctica habitual entre bancarios que obedecía a órdenes de las más altas esferas de sus respectivas entidades: Se trataba de acrecer la dimensión del banco a base de aumentar el valor de los inmuebles mediante sucesivos créditos hipotecarios y compra-ventas a corto. Al principio los usuarios de la banca desconfiaron: ¿Cómo me van a dar un crédito de doce millones de pesetas por lo que compré hace un año por ocho? Pero luego llegaba el vecino, un colega, el compañero de barra y te aseguraban que sí, que a él se lo habían dado y había pasado unas maravillosas vacaciones en Fuengirola con el sobrante. Otros, por su parte, incitados por los bancarios, recibían prestamos sin ningún problema para comprar una promoción que todavía no se había concretado en obra, en la seguridad de que podrían venderla en meses con unas ganancias seguras del ciento por ciento. Muchos ganaron, otros, la mayoría, se estrellaron en esa fantástica y fraudulenta ruleta trucada que nació en Estados Unidos, fue copiada aquí por Aznar y Rato para mayor felicidad de los banqueros españoles y europeos que apreciaron la inversión especulativa en inmuebles españoles como el más fantástico negocio que los tiempos vieron desde que al rey griego Midas le dio por convertir en oro todo lo que tocaba. En aquel festín no sólo participaron los bancos españoles, que lo hicieron y a fondo, sino también los franceses y los alemanes que hoy, como si nada fuese con ellos, exigen e imponen a los Estados lo que invirtieron para estafar y perdieron por su propia voluntad, sin que nadie les pusiese una pistola detrás.

Pues bien, pasados ya siete años desde que comenzó la “crisis” financiero-ladrillera ha ocurrido lo mismo que pasó en las cárceles nacional-católicas españolas: Son los delincuentes más contumaces quienes dirigen e imponen la política económica del saqueo y la pobreza a la mayoría de ciudadanos europeos. La nomenclatura financiera que con sus prácticas delictivas ocasionó esta enorme estafa a la que algunos siguen llamando crisis, es la que de nuevo dicta leyes de irrenunciable cumplimiento para volver a rellenar sus dañadas arcas a costa exclusiva de las rentas del trabajo sin que hasta la fecha haya sucedido la revolución incendiaria ni la ola de indignación imparable que tal orden de cosas exigen de una ciudadanía consciente, culta y educada ante la tomadura de pelo, el escarnio y la estafa más grande que los hombres contemplaron en ninguna de las civilizaciones que nos antecedieron. Y no contentos con la imposición de su aberrante y mortífera política económica –al comprobar que ninguno de ellos ha pisado la cárcel ni ha sido condenado por juez alguno, que no hay reacción popular terrible y que la derecha en el poder está de su lado, pues son de la misma “casta”-, se han visto como pez en el agua, atreviéndose a poner en práctica su programa máximo, que consiste simplemente en el mayor traspaso de la historia de rentas del trabajo a los dueños de las rentas de capital, es decir en el hundimiento de los salarios mediante la creación de un inmenso ejército de parados crónicos sin que medie ni un solo plan integral de empleo nacional o europeo; en la privatización de los servicios públicos esenciales como la Educación, la Sanidad, las Pensiones y las Prestaciones Sociales; en la asunción por parte de los Estados de la deuda privada de bancos y empresas para abocarlos a la ruina total y en la demonización de todo lo público aunque lo público no haya tenido que ver absolutamente nada en esta tremenda situación que cada día que pasa lanza a miles de personas a engrosar las filas de la exclusión social y está provocando en países como España no ya una emigración de las personas más preparadas –las otras no tienen dónde ir-, sino un destierro, un exilio que sólo tiene precedentes en lo ocurrido tras la victoria fascista de 1939.

Sin complejo de ningún tipo, estos señores que mandan en España por la gracia de Dios –y la bendición de la derechista Ángela Merkel- siguen sin tomar ni una sola medida para promover el empleo, conscientes como son de que para cumplir con sus objetivos privatizadores lo mejor es que el Estado colapse y que para volver a ser “competitivos”, ya que no invertimos en I+D+i, el único camino es que el salario medio sea de unos quinientos euros al mes, de tal manera que a nadie le merezca la pena ir a fabricar nada ni a China ni a Marruecos ni al Cabo de Hornos. La desregulación que fue la culpable de la crisis es hoy la pauta económica a seguir, aunque en el camino se queden siglos de luchas, civilización y progreso, aunque los patriotas de toda la vida nos regresen a tiempos que algunos vimos fenecer y que nuestros padres y abuelos sufrieron en sus carnes.

Ni un solo impuesto a la riqueza: El impuesto de la renta sale casi exclusivamente de las rentas del trabajo sujetas a retención; subidas de impuestos indirectos sobre bienes de primera necesidad como la electricidad que hacen imposible la vida a los más desfavorecidos y paralizan el consumo interno, tan vital en países como el nuestro para crear trabajo; amnistías fiscales de dudosísima constitucionalidad para los delincuentes defraudadores; utilización de empresas públicas nacionalizadas como telefónica para enchufar a truhanes que han convertido en mierda todo lo que han tocado; impunidad para los mangantes, prevaricadores, estafadores, especuladores y explotadores; laminación de la cultura en todas sus expresiones para contribuir aún más al embrutecimiento general, y fomento de la insolidaridad, la desigualdad y la pobreza son las pautas que marcan la acción del llamado Gobierno de España, del de Catalunya y del de la Unión Europea. Entre tanto, uno de cada cuatro españoles vive bajo el umbral de la pobreza, pero también uno de cada cinco alemanes. Y sí hay alternativas, sí hay futuro, ya lo creo, siempre que seamos capaces de deshacernos de una puñetera vez de todos y cada uno de los causantes de esta colosal estafa, pero para ello hay que jugársela ya, sin esperar un día más: No sobran los políticos, que son imprescindibles en democracia; sobran los malos políticos, aquellos que someten la voluntad popular a sus intereses y a los de los grandes oligopolios.



Un país para la banca y los explotadores