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lunes 23/5/22

Trabajo decente: un derecho fundamental

La Jornada Mundial “por el trabajo decente” convocada para el 7 de octubre por la Confederación Sindical Internacional (CSI), la Confederación Europea de Sindicatos (CES), la Unión General de Trabajadores y Comisiones Obreras, pretende una movilización en todo el planeta por la implantación generalizada de las condiciones que ese concepto implica y que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) define como trabajo con contrato, salario digno,
La Jornada Mundial “por el trabajo decente” convocada para el 7 de octubre por la Confederación Sindical Internacional (CSI), la Confederación Europea de Sindicatos (CES), la Unión General de Trabajadores y Comisiones Obreras, pretende una movilización en todo el planeta por la implantación generalizada de las condiciones que ese concepto implica y que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) define como trabajo con contrato, salario digno, protección social básica, derechos sindicales y diálogo social.

Esta lucha, acorde con los tiempos, tiene que ser global porque global es un problema que afecta a todas las sociedades, a las de los países del llamado Tercer Mundo, a las regiones en vías de desarrollo y con economías emergentes y, también, a las de los países supuestamente más avanzados y con mayores índices de desarrollo. Porque no puede haber justicia ni bienestar social si no existen relaciones laborales en que el trabajo sea digno y decente, es decir, estable, seguro y con derechos.

Cabe considerar que, en realidad, no puede haber otro trabajo que no sea el decente, por cuanto una actividad que no cumpla las exigencias que se acaban de citar puede ser cualquier otra cosa, pero no trabajo. Podrá ser abuso, injusticia, ilegalidad, irregularidad, explotación, esclavitud o delito, pero no trabajo. Por eso, cuando hablamos de trabajo decente, cuando lo exigimos, cuando nos movilizamos y nos manifestamos por su consecución, lo estamos haciendo por un derecho fundamental de las personas, por un derecho humano básico.

Pues bien, hay que seguir luchando por este derecho fundamental en el momento en que la crisis económica y financiera internacional vuelve a poner en cuestión las bases de un sistema que ha hecho de la desregulación, de la falta de controles, de la especulación y de la avaricia un paradigma de lo que nunca debería haber sido. Que algunos sigan proponiendo para superar la situación actual las viejas y fracasadas recetas de la reducción de los costes laborales, sólo se puede considerar como una burla o una provocación.

Por todo ello, resulta hoy especialmente hiriente que, en esta circunstancia de puesta en cuestión de los fraudulentos excesos del llamado libre mercado, la Unión Europea (UE) se descuelgue con la propuesta de Directiva comunitaria de tiempo de trabajo que pretende llegar a establecer una jornada laboral de hasta nada menos que 65 horas semanales en determinadas circunstancias. No hace falta insistir mucho para que se comprenda que su aprobación supondría un retroceso de proporciones históricas en lo que tiene que ver con ese modelo social que es o debía ser la principal seña distintiva del proceso de construcción de la integración política europea.

Así, de igual manera que decíamos que el trabajo o es digno y decente o no es trabajo, también podríamos decir que la propuesta de aprobación de esta Directiva no es “europea”, en el sentido de que contradice gravemente la razón de ser de un proyecto comunitario basado justamente en su carácter social. Habría que decirles a todas las instancias de la Unión Europea, empezando por los gobernantes de los países que apoyan dicha norma, que deberían rechazarla porque bien podría calificarse, en su esencia y por todo lo dicho, de profundamente “antieuropea”.

Por otra parte, esta movilización por el trabajo decente tiene una especial referencia en la Comunidad de Madrid. Porque a la lucha por el reconocimiento pleno de este derecho fundamental se une, aquí y ahora, la ausencia de ese diálogo social que, como afirma la OIT, también es un requisito imprescindible del mismo. Y, lamentablemente, nuestra Comunidad se ha convertido en la única de toda España en que dicho diálogo brilla por su ausencia.

La Jornada del 7 de octubre es el inicio de este movimiento de solidaridad internacional que es, igualmente, una llamada a la esperanza y al compromiso para dar una respuesta eficaz a las causas y a los efectos del fracaso del sistema ultraliberal y una oportunidad para esa transformación del modelo económico y productivo por la que apostamos desde la Unión General de Trabajadores.

José Ricardo Martínez Castro
Secretario General de UGT-Madrid

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