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miércoles 18/5/22

Tormenta en un vaso de aceite

La reacción del Ministerio de Sanidad ante la posibilidad de una contaminación en el aceite de girasol parece, 48 horas después, un tanto desproporcionada. O bien había un peligro real y había que alertar a la población, o bien el riesgo no existía y no se debía haber creado la alarma social que ha recorrido España el pasado fin de semana.
La reacción del Ministerio de Sanidad ante la posibilidad de una contaminación en el aceite de girasol parece, 48 horas después, un tanto desproporcionada. O bien había un peligro real y había que alertar a la población, o bien el riesgo no existía y no se debía haber creado la alarma social que ha recorrido España el pasado fin de semana.

Resulta ahora que, en cualquier caso, el grado de contaminación era mínimo y no entrañaba riesgo alguno para la salud. De ser así, ¿por qué se advirtió que no se comprara aceite de girasol y, además, no se consumiera el que había en casa?

Cosas como ésta las carga el diablo. Y habrá que reconocer que, cuando menos, el Ministerio de Sanidad ha actuado de forma poco reflexiva y con una cierta frivolidad. Al temor desatado en los consumidores ha venido a sumarse el de los productores de aceite de girasol que han visto tambalearse sus negocios por una alerta que, hoy, no parece estar justificada.

Las imágenes de los comercios con los estantes vacíos, el temor expresado por la gente de la calle ante un temido y posible riesgo de aceite contaminado nos lleva irremediablemente a una época viva en la memoria: cuando el aceite de colza sí fue un peligro real y, desgraciadamente, mortal. Habrá que pensar que ha sido ese recuerdo lo que ha llevado a Sanidad a ponerse la venda antes de la herida, aún a riesgo de poner en serio peligro la viabilidad de todo el sector del aceite.

La primera nota ministerial advirtiendo del uso del aceite de girasol ya era contradictoria en sí misma: por un lado, se decía que no se consumiera, mientras, por otro, se reconocía, a la vez, que no había un peligro real para el consumidor. Nuevamente surge la pregunta: si no había riesgo, ¿por qué se retiraba?

Actuaciones como ésta y las rectificaciones posteriores llevan a que en la ciudadanía crezca una comprensible falta de confianza en sus gobernantes, incapaces de lanzar mensajes claros y contundentes. Y eso, a pesar de que haya que reconocer que la salud pública siempre es prioritaria.

Tampoco, por lo dicho, se van a dar marcas, tengan o no contenidos de aceite ucraniano, con lo que la confusión se convierte en desconcierto total. Si hay partidas contaminadas aun en contenidos no perjudiciales para la salud- el ciudadano tiene derecho a saber qué tipo de aceite consume, máxime cuando en las botellas no se especifica al menos desde Nueva Tribuna no lo hemos encontrado en un rápido test- el origen geográfico del aceite.

Tal vez habría que decir que, en este caso, y visto lo visto y oído lo escuchado, el Ministerio de Sanidad piense como en el poema del sirio Adonis:

“Confieso mi error-
creo que era acertado.”


No estaría mal que lo dijera.

Tormenta en un vaso de aceite
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