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martes. 09.08.2022

Tocqueville y Dalton Trumbo lo aplaudirían

NUEVATRIBUNA.ES - 30.8.2009 El paso de los años –más de 230- y muchas políticas presidenciales de triste recuerdo han ido alejando de la percepción de los europeos algo tan evidente como que los principios políticos que alentaron la independencia de los Estados Unidos y su formación como república son exactamente los mismos que han conformado después las democracias de nuestro continente, pero enunciados con antelación y sin
NUEVATRIBUNA.ES - 30.8.2009

El paso de los años –más de 230- y muchas políticas presidenciales de triste recuerdo han ido alejando de la percepción de los europeos algo tan evidente como que los principios políticos que alentaron la independencia de los Estados Unidos y su formación como república son exactamente los mismos que han conformado después las democracias de nuestro continente, pero enunciados con antelación y sin alteraciones o paréntesis constitucionales a lo largo de los siglos.

Releer la Declaración de Independencia de 1776, la Constitución de 1787 o la Declaración de Derechos que introdujo en la misma las primeras enmiendas representa un ejercicio sencillo y a la vez elocuente de que los conceptos contenidos en esos textos no solo se adelantaron en el tiempo al perfilado de los mismos en Europa, sino que además fueron más claros y concretos que su expresión en el Viejo Continente.

No es extraño, si tenemos en cuenta que la Ilustración tuvo la oportunidad de materializarse por primera vez en las entonces trece colonias británicas de la mano de europeos que tuvieron la oportunidad histórica y la valentía personal de organizarse por sí mismos en democracia. Porque eso y no otra cosa eran Washington, Adams, Jefferson, Franklin, Madison o Hamilton: europeos.

Aquellos derechos a la vida, la libertad y la persecución de la felicidad inherentes a todo ser humano por el hecho de serlo que se escucharon por primera vez en alto cuando la Declaración de Independencia fue leída desde la Old State House de Boston, engarzan directamente con las cuatro libertades que Franklin Delano Roosvelt considerara fundamentales y están grabadas en piedra en su Memorial de Washington -de expresión, de culto, respecto a la necesidad y frente al miedo-, pasando por el hilo conductor con el que Lincoln culminó su discurso de Gettysburg rindiendo tributo a los caídos en la batalla: que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo jamás desaparezca de la Tierra.

Pero todos esos derechos, libertades y objetivos son hoy, ante todo, conceptos políticos vivos que han estado en la base de la campaña y la victoria electoral de Barack Obama y animan su gestión desde la Casa Blanca, incluyendo la política exterior, la gestión de la crisis económica o el intento por poner en pie una protección universal de la salud. No es una tarea fácil, sin duda, la que tiene por delante el Presidente demócrata. Lo pude comprobar hace unos días paseando por la capital de Massachusetts y encontrando a manifestantes contrarios a sus planes de reforma que repartían folletos de un Obama caracterizado a lo Hitler, como si proteger el bienestar de todos fuera nada menos que establecer el totalitarismo.

De ahí que la reivindicación de Edward Kennedy en la hora de su fallecimiento no solo se haya convertido en un homenaje a su figura política como senador, sino ante todo al proyecto político que encarnó: un progresismo anclado en los valores constitucionales norteamericanos, empeñado en la defensa y aplicación de los mismos, que ahora tiene su principal valedor en la casa de la Avenida Pensilvania.

Todo ello nos indica que hoy lo fundamental es que los europeos seamos capaces de entender la absoluta prioridad de ser socios fuertes y fiables, en pie de igualdad, de la nueva Administración demócrata, porque la Unión Europea y los Estados Unidos constituyen un único conjunto político cimentado en los mismos valores, principios y derechos, aunque cada uno con la idiosincrasia que la historia ha conformado a lo largo de los siglos. No hay que darle vueltas: Obama necesita tanto a una UE sólida y eficaz como la UE a unos Estados Unidos empeñados en un horizonte progresista en el Mundo del siglo XXI.

El calendario ha querido que la oportunidad de renovar la Asociación Transatlántica enunciada durante una Presidencia Española de la UE en 1995 vaya a tener lugar de nuevo cuando la batuta de la Unión estará en manos de nuestro país el año que viene y, además, en nuestro territorio. Será, sin duda, la ocasión para que Europa y Estados Unidos sean capaces, apoyándose mutuamente, de hacer avanzar las soluciones que la crisis económica, la lucha contra el cambio climático, la superación del subdesarrollo y el establecimiento de un orden internacional justo demandan.

Por voluntad y por principios compartidos. Seguro que Tocqueville y Dalton Trumbo lo aplaudirían.

Carlos Carnero



Tocqueville y Dalton Trumbo lo aplaudirían
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