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martes 24/5/22

Tercer debate televisivo

José Bono fue casi como Manuel Campo Vidal. José Luis Rodríguez Zapatero fue muy parecido a José Luis Rodríguez Zapatero. Y Mariano Rajoy fue miméticamente como Mariano Rajoy. O sea, que el debate de investidura fue una continuación muy similar de los debates electorales en televisión. Novedades, las justas. Y los discursos, abundando en argumentos y promesas ya conocidas. Tal vez no se pueda pedir otra cosa.
José Bono fue casi como Manuel Campo Vidal. José Luis Rodríguez Zapatero fue muy parecido a José Luis Rodríguez Zapatero. Y Mariano Rajoy fue miméticamente como Mariano Rajoy. O sea, que el debate de investidura fue una continuación muy similar de los debates electorales en televisión.

Novedades, las justas. Y los discursos, abundando en argumentos y promesas ya conocidas. Tal vez no se pueda pedir otra cosa. Pero las palabras del candidato a Presidente no se han diferenciado mucho de las promesas que en su día hiciera para pedir el voto socialista. Bien es verdad que aumentadas. Así que Zapatero, al menos, sostuvo valientemente todas y cada una de las promesas económicas hechas en su día: 800 euros de salario mínimo, los 400 euros per cápita, la subida de las pensiones o la práctica desaparición de algunos impuestos.

Desde aquellos debates televisivos la situación económica del país parece otra muy distinta. Y es de justicia reconocer que, en este sentido, anunció una batería de medidas para reactivar la economía y paliar los efectos de una crisis que amenaza la cabeza de todos los españoles. Y es cierto que ha ido más allá en temas de Justicia y que ha abogado por un diálogo social, tan necesario cuando se afronta una crisis.

No se puede decir, sin embargo, que Rajoy haya evolucionado demasiado desde sus comparecencias en televisión. Abundó en un catastrofismo que, con tener mucho de real, no ofrece alternativas y suena excesivamente a un apocalipsis anunciado y denunciado. Todo es un desastre, vino a decir. Un desastre que, a su juicio, creó Zapatero y que nos arrastrará definitivamente hacia el abismo, el llanto y el crujir de dientes. Vale. ¿Y?

Y nada. Porque no tuvo la generosidad ni la cortesía de ofrecer la más mínima colaboración y ni siquiera otorgó el beneficio de la duda a las medidas anunciadas por su oponente, que, si vamos a verlo, fue una novedad poco novedosa, aunque esperada.

“Si gano las elecciones”, dijo en televisión Mariano Rajoy, “al día siguiente llamaré a Zapatero para decirle que se abstenga en la sesión de investidura”. Es cierto que no dijo que él haría lo mismo si el ganador era el líder socialista. Con lo que tampoco puede decirse que haya faltado a su palabra al anunciar, nada más empezar su discurso, que votaría en contra de la investidura de Zapatero. Pero está mal. Está feo pedir lo que uno no está dispuesto a dar.

En cualquier caso, y visto lo visto, no hay que ser profeta para vaticinar que la próxima legislatura no va a ser cómoda para José Luis Rodríguez Zapatero. Y podría decirse que los cambios iniciados por Mariano Rajoy en su partido juventud y nuevos nombres- no cambiarán la forma de hacer política de los populares. El tiempo dirá si la agresividad, la crispación y el discurso negativo dejan de ser las señas de identidad del PP. Después de escucharle, da la sensación de que no.

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