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jueves. 18.08.2022

La solución solo puede venir de afuera

Las políticas seguidas por el gobierno del PP han dejado un país diezmado e incapaz de reactivar la economía...

Las discusiones técnicas sobre los parámetros que permiten a una economía crear empleo, rara vez contienen los elementos significativos que le aproximen a las condiciones reales. Siempre hay algún pero que poner. Ante escenarios diferentes, en buena lógica los umbrales se ven modificados. No es posible creer el requerimiento del nivel de crecimiento, para que se vea reflejado en el incremento de puestos de trabajo, dado que depende del mercado laboral como esté configurado. En una situación precaria, como la actual, con enorme cantidad de parados, dispuestos a dejarse contratar en cualesquiera circunstancias y una indefinida, pero amplísima población contratada en infracondiciones a niveles de salario bajísimo, el coste de un puesto de trabajo nuevo, no tiene nada que ver con el que tendría en condiciones normalizadas.

Incluso es conjeturable el incremento de puestos de trabajo con tasas de crecimiento prácticamente nulas. No es despreciable la conversión de un puesto de trabajo normalizado en dos precarios, con el añadido del descontrol que supone en las exigencias cuando se alteran las dedicaciones laborales. Con una economía sumergida galopante, bien cabe que la sustitución acabe con dos puestos por el coste de uno anteriormente, con la repercusión sobre la productividad que tiene tal circunstancia. Todo el empresariado negará esta situación, pero los que más lo nieguen, seguramente son los que más lo tienen debajo de sus  posaderas. La espectacular subida de la competitividad, es una señal inequívoca de la bárbara depresión salarial y aumento de la producción a costa de unas compensaciones muy reducidas.

El caso es que en nuestro país, no son suficientes todos estos mecanismos para elevar el nivel de empleo. Tienen que cooperar los españoles viéndose alejados de su país natal, reduciendo la población activa, con objeto de que baje la tasa de desempleo. Queda invalidada la alegría que pudieran producir unas magras cifras, que en el fondo nos enfrentan con el drama más serio y profundo vivido desde el inicio de la democracia.

Otras alternativas a las prácticas austericidas impuestas y seguidas con la fe de los conversos por nuestro gobierno del PP, parecen dar mejores resultados y expectativas. En Estados Unidos se han creado el mes pasado casi 300.000 puestos de trabajo. Proporcionalmente en España correspondería a una creación de unos 30.000 puestos de trabajo, claro está que estamos muy alejados de los niveles de desempleo del 6.3% que tienen en Estados Unidos, ¡quién los pillara! Pero sirve el hecho, aunque mucha gente lo obvie, para poner en claro que se podían haber seguido otras políticas, capaces de producir otros efectos, bien distintos a los logrados en la vieja Europa. ¿Y si son menos lesivos que los nuestros y, además, producen mejores resultados? Tendríamos que pedir, constantemente, responsabilidades. Las incapacidades en política se tienen que pagar. No es posible seguir apoyando a quien no es capaz de optimizar y producir los mejores resultados para la colectividad. Somos más de cuarenta millones de españoles, no es posible que no haya alguien más capaz para pilotar este barco. Si fuéramos sensatos, lo intentaríamos.

Las políticas seguidas por el gobierno del PP han dejado un país diezmado e incapaz de reactivar la economía. No es posible otro crecimiento en España que no venga del exterior. Las arcas de nuestra población, la sensata, la que no se aprovecha de los demás, la que forma parte del espíritu nacional sano y saneado y que es capaz de tirar para adelante, esa, está agotada. Le han caído encima hijos, nietos y familiares cercanos. Ha tenido que suplir las atenciones sociales que el Estado ha soslayado. Ha tenido que compartir mesa, mantel y cama. Está agotada. Solo el exterior puede aportar la renta que familias no disponen. El Estado, además, con una deuda galopante, solamente es capaz de desangrar más al país para los pagos de las consecuencias de los dispendios habidos. Las empresas, encerradas en su caparazón insensible, infranqueable e incapaz, sólo atienden las deudas contraídas, en el mejor de los casos o velan porque sus propietarios mantengan a salvo el mayor patrimonio posible. Nunca ha sido tan necesario como hasta ahora estar atentos a qué ocurre en el exterior, porque no hay otra tabla de salvación que no venga de afuera.

Por eso nos interesa mucho lo que pasa en Estados Unidos. Europa hay que cambiarla. No hay que incurrir en el debate estéril de los análisis pormenorizados para concluir que esta Europa actual no nos sirve. También es verdad que nada que no venga de un resurgir de la política puede armar algo sensato. Europa tiene que construir un marco de estabilidad, donde los países encontremos sentido a nuestra integración. Solo desde una unidad política puede propiciar los cambios que puedan afectar solidariamente al conjunto. La crisis que atravesamos no solo es de formas, sino de fondo. Está en entredicho la finalidad de Europa. Nunca podremos progresar en el ámbito de los intereses solo nacionales. Los pilares de la construcción europea no se pueden limitar sólo a aspectos interesados de los países con mayor capacidad económica, condicionando políticamente al resto. Pero, sobre todo, no pueden estar cimentados en aspectos diferenciales. La confianza en un país la logra éste, pero se la conceden los demás. Sólo con estos dos elementos se fundamenta un colectivo. Es el momento de exigir que Europa nos convenga, eso sí, a todos. Piensa, que no es nada trivial este tema. Unos, los que gobiernan ahora, ya conocemos de lo que son capaces, por mucho que le echen cara al asunto o miren para otro lado, o inculpen a terceros de sus incapacidades. Ya sabes, piensa, concluye y actúa en consecuencia. Nunca puedes desentenderte de las consecuencias. Te afectan muy directamente. Todos estamos implicados en esto.

La solución solo puede venir de afuera