sábado 24/7/21

Saramago: el idealismo ibérico

NUEVATRIBUNA.ES - 19.6.2010Si fuese posible parar el reloj que marca nuestro paso por la vida, ayer lo habría detenido para prolongar la de José Saramago eternamente. Todas las vidas son iguales, todos los hombres somos iguales, pero hay personas que hacen mucha más falta a la Humanidad que otras: Saramago era uno de esos últimos grandes hombres a los que le dolía el sufrimiento de los demás, la injusticia y el abuso.
NUEVATRIBUNA.ES - 19.6.2010

Si fuese posible parar el reloj que marca nuestro paso por la vida, ayer lo habría detenido para prolongar la de José Saramago eternamente. Todas las vidas son iguales, todos los hombres somos iguales, pero hay personas que hacen mucha más falta a la Humanidad que otras: Saramago era uno de esos últimos grandes hombres a los que le dolía el sufrimiento de los demás, la injusticia y el abuso. Si grande es su obra literaria, no lo es menos su obra como hombre, siempre, hasta el último momento de su vida, al lado de quienes sufren este cruel sistema basado en la explotación y el dolor de los que viven abajo.

Saramago podría haber llevado la típica vida del escritor consagrado por los premios, la vida de café, de engreimiento, de fatuidad que lucen muchos que nunca llegarán a escribir algo similar a La Balsa de Piedra o Ensayo sobre la Ceguera. Saramago, como su íntimo amigo José Luis Sampedro, hablaba desde la modestia, sin darse importancia, sin un ápice de soberbia, desde el lugar de quien lo ha conseguido todo sin querer tener nada. Del mismo modo que hablaba escribía, dando al lector la oportunidad de partir las frases y los tiempos según su particular visión del ritmo de cada página.

Hace diez años estuve en Lisboa. Quedé deslumbrado por esa bellísima ciudad hermana  que siempre nos fue ajena, robada por la brutal dictadura franquista. Tras las visitas de rigor, Chiado, Pombal, Figueira, Comercio, Jerónimos, Belem, San Pablo, Alfama, después de penetrar en sus maravillosas librerías y cafés, de beber vino verde y disfrutar de la voz única de Cesárea Evora en una noche inolvidable de fados, dedicamos la mañana siguiente a buscar la taberna de la Baixa que solía frecuentar Don José. Tarea difícil. Preguntamos una y otra vez y siempre nos enviaban a lugares en los que había estado el escritor pero que no se parecían en nada a lo que tenía grabado en la cabeza por haberlo visto años atrás en una confusa fotografía en blanco y negro. Después de mucho buscar, en una callejuela de casas desvencijadas, de gente apostada en las paredes, de pescadores sin barco, de parados, preguntamos a una señora. Sin decir una palabra, delante de nosotros, con paso corto pero rápido, encorvada, aquella mujer nos llevó a una taberna que nunca habríamos encontrado. Un discreto cartel, una vieja puerta de cristales y unas cuantas mesas cubiertas por manteles de cuadros rojos y blancos. Fotografías de Saramago, del Tajo, recortes de periódico, el tiempo y el humo clavado en las paredes y varios parroquianos echando unos tragos. Comimos unos jureles a la espalda, fresquísimos, maravillosos, pero la comida no tenía importancia: Aquella vetusta taberna, a la que muchos españoles de hoy no entrarían por su aspecto “lúgubre”, olía a Saramago, olía a bondad, olía a pueblo, que era el principal alimento del grandísimo escritor.

Saramago nos habló de la insostenibilidad del sistema en que vivimos en un texto de 2001, un texto que describía a la perfección la crisis en la que estamos inmersos hoy; dijo una y otra vez, en todos los foros del mundo, que esta es una democracia secuestrada puesto que ninguno de los altos funcionarios que rigen el mundo –Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Comisión Europea, etc- han sido elegidos por el pueblo, cuando son ellos quienes deciden sobre el porvenir; estuvo en Chiapas cuando los primeros momentos del levantamiento zapatista para mostrar al mundo la vida de aquellas gentes; nos advirtió de las ventajas que tendrían las nuevas tecnologías si éramos capaces de aplicarlas para mejorar nuestra calidad de vida disminuyendo los tiempos de trabajo, también de sus peligros, del riesgo de que no fuese así y terminasen siendo máquinas de fabricar parados; de las redes sociales, de su importancia, de su riesgo, del peligro de atomizar a la ciudadanía llenándola de cientos de miles de ermitaños; estuvo contra la masacre de Irak, al lado de los que sufrían, contra los tres cretinos de las Azores; en Timor, en Haití, con el pueblo saharaui, en todas partes del mundo dónde la vida es un padecer. Nunca hizo en él mella el premio Nobel, pero lo utilizó, lo instrumentalizó para dar a su voz justa una resonancia mucho mayor, hasta el último segundo.

El jueves 17, a eso de la media tarde, mientras trabajaba en un libro interminable, recibí un correo. Saramago, a través de su fundación, nos enviaba un mensaje contra la impunidad de los fascistas españoles. Era este asunto: Almodóvar y Bardem participan en un vídeo para denunciar la impunidad del franquismo

www.josesaramago.org/detalle.php?id=832

Enamorado de su país, Portugal, y de España, nos regaló La Balsa de Piedra, esa parábola utópica que narra como la Península Ibérica se separa de Europa para ir a unirse a Ibero-América y construir una alternativa al cruel modelo anglo-sajón que tanto daño ha hecho al mundo. Tal vez un día, los íberos seamos capaces de ponerla en práctica. Ese debería ser uno de nuestros principales objetivos.

Es un momento doloroso. Saramago era un hombre mayor que no temía a la muerte, pero pese a su edad habría tenido que vivir varios siglos más porque era como el padre del mundo, la voz antigua de la tierra, alguien insustituible. No se ha ido, como se suele decir, queda su obra, su voz, su impresionante calidad humana, su lucha, su ejemplo. Si por la noche se fijan, sin mucho detenimiento, en el cielo, verán que la estrella más fulgurante, la más viva, la más luminosa es la de José Saramago, quién como Antonio Machado llevó a la práctica de manera intachable el imperativo categórico kantiano: Obra de tal manera que tu conducta sirva de ejemplo a los demás. Somos muchos quienes la seguiremos viendo por los siglos de los siglos, luchando para que el planeta se llene de millones de saramagos. Sería una bonita forma de cambiar el mundo. La voz a ti debida. Gracias maestro, gracias por el inmenso placer de haberte sentido en las entrañas:
 


Pedro L. Angosto

Saramago: el idealismo ibérico
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