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jueves. 30.06.2022

Sí, pudieron

nuevatribuna.es | 15.02.2011 La respuesta a estas palabras fue un cerrado aplauso de los miles de estudiantes que seguían su intervención. Fue como si estuviese repitiendo para ellos el famoso “yes, we can”. Quizás Obama no sospechó hasta qué punto esas palabras encarnaban los anhelos de los jóvenes del mundo árabe que, menos de dos años después, han comenzado a convertirlos en realidad.

nuevatribuna.es | 15.02.2011

La respuesta a estas palabras fue un cerrado aplauso de los miles de estudiantes que seguían su intervención. Fue como si estuviese repitiendo para ellos el famoso “yes, we can”. Quizás Obama no sospechó hasta qué punto esas palabras encarnaban los anhelos de los jóvenes del mundo árabe que, menos de dos años después, han comenzado a convertirlos en realidad. Han logrado abrir una brecha en la enorme presa que desde hace décadas contiene y aplasta las esperanzas de sus pueblos, frustrados por unos procesos de descolonización que dieron paso a regímenes dictatoriales al servicio de las cleptocracias locales. Todo parecía indicar que la resignación se había impuesto, que las enormes diferencias sociales, la demagogia de un nacionalismo vacuo y la represión continua eran inamovibles; que sus gobiernos eran el mal menor frente al islamismo radical. Y de pronto todo ha empezado a cambiar a gran velocidad. El descubrimiento de la magnitud de la corrupción y de las mentiras oficiales por las filtraciones de Wikileaks, unido a la necesidad angustiosa de trabajo, de libertad y de justicia social, han lanzado a los pueblos a las calles, espoleados por los gestos de desesperación y los llamamientos de una nueva generación de jóvenes rebeldes que han sabido utilizar las nuevas tecnologías de la comunicación. Han desbordado todo el entramado falsamente institucional tejido durante años para encubrir a las dictaduras. Han superado, cuerpo sobre cuerpo, a costa de sangre – no ha sido gratis – a los agentes de la represión y han puesto a sus fuerzas armadas ante la tesitura de masacrar a la población o preservar su existencia y jugar un papel de futuro abandonando a sus amos, justo en el último momento, para dar paso a las exigencias de la gente. El final del proceso aún está abierto, apenas estamos, como habría dicho Churchill, ante el fin del principio. Asistimos en directo a una aceleración de los procesos históricos y eso es una revolución. Que ha dejado en tremenda evidencia a la Unión Europea. Y no es ya la inanidad de Ashton o la inexistencia de Rompuy, sino la actitud vergonzosa de Merkel, de Sarkozy y de todos aquellos dirigentes que, ante los ciudadanos que enarbolan los lemas fundacionales de su modelo político: libertad, igualdad, fraternidad, han respondido tarde y de manera contradictoria, repitiendo hasta la náusea que el proceso debe de ser ordenado. Ignoran que las transformaciones democráticas contemporáneas son pacíficas hasta que los dictadores las llenan de sangre, pero forzosamente son desordenadas. Porque se trata precisamente de romper el orden injusto establecido. Así fue nuestra transición, tan mencionada como ejemplo. ¿O es que los cientos de manifestaciones y huelgas de los españoles, prácticamente incesantes desde finales de los sesenta hasta el 78 no crearon un bendito desorden, que hizo inviable el franquismo sin Franco? ¿Fue ordenada la revolución de los claveles en Portugal o la caída de las dictaduras del Este de Europa? No, lo que ocurre es que la derecha que manda en Europa, tiene pavor ante estos movimientos sociales telúricos porque pueden alterar su hoja de ruta hacia un modelo global totalmente neoliberal. Y la socialdemocracia, desarbolada ideológicamente, enfangada en las tareas que le ha impuesto la derecha, no es capaz de entender lo que se está moviendo en las sociedades de este principio de siglo. La epopeya de la plaza de Tahrir supone una dura, pero eficaz lección para la desorientada izquierda europea: es posible enfrentarse a lo que parece inamovible y ganar. Se puede, por métodos pacíficos, liberarse del sometimiento a los poderosos, llámense como se llamen. Y si se cuenta con libertad, con democracia y encima se gobierna, más aún. Los partidos de izquierda deben abandonar el discurso de la resignación y volver a sus raíces de rebeldía contra las imposiciones de quienes detentan el poder económico, antes de que su base social y especialmente los jóvenes los abandonen a ellos. El proceso iniciado en el mundo árabe nos recuerda que cuando el pueblo se moviliza, callan los mercados, hacen mutis los malos políticos y muerden el polvo los dictadores. Los tunecinos y los egipcios sí pudieron.

Pedro Díez Olazábal participó en la fundación del Sindicato de Enseñanza de CC.OO y ha estado siempre vinculado a los movimientos sociales. Ha desempeñado los cargos de Alcalde de Arganda del Rey, diputado de la Asamblea de Madrid y Vicepresidente Tercero, portavoz en la Comisión de Medio Ambiente y Presidente de la Asamblea de Madrid.

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