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sábado. 01.10.2022

Resistencia, unión y renovación: el sindicalismo entre el siglo XIX y el XXI

CCOO celebró la semana pasada su congreso en un insólito clima de unidad tras el tumultuoso congreso anterior cuando Toxo fue elegido por escasos votos. La feroz ofensiva que sufren el estado del bienestar y los derechos laborales y sindicales ha aconsejado aparcar las querellas internas y orienta un congreso de resistencia e inercias, sin apenas novedades.

CCOO celebró la semana pasada su congreso en un insólito clima de unidad tras el tumultuoso congreso anterior cuando Toxo fue elegido por escasos votos. La feroz ofensiva que sufren el estado del bienestar y los derechos laborales y sindicales ha aconsejado aparcar las querellas internas y orienta un congreso de resistencia e inercias, sin apenas novedades.

Sin embargo, no todos los problemas que deberían preocupar al sindicalismo confederal provienen de fuera, de las políticas del capitalismo financiero.

CCOO ha visto como el lento crecimiento afiliativo que venía disfrutando desde 1987 se ha frenado y hoy sus niveles de afiliación han vuelto a los números, un millón cincuenta mil, de 2007, antes de que comenzase la crisis. Mucho más preocupantes son los datos sobre la confianza o credibilidad que tiene hoy el sindicalismo entre la ciudadanía. Según el último estudio de Metroscopia para EL PAÍS, la actividad de los sindicatos es desaprobada por el 69% de la población y apoyada, tan solo, por el 29%, compartiendo desaprobación con multinacionales y Patronal.

Las movilizaciones del 15M y posteriores han extendido el “no nos representan” al sindicalismo mayoritario al que consideran cómplice pasivo de las políticas de austeridad. Poco importa aquí lo justo o injusto de tal percepción que, sin duda, minusvalora el trabajo de los doscientos veinte mil delegados y delegadas sindicales elegidos cada cuatro años. Y mal haría el sindicalismo en obviar las desconfianzas, achacándoselo a la persistencia de una pobre cultura política todavía fuertemente influenciada por el franquismo, sin valorar críticamente lo que ayuda a esta percepción determinadas prácticas burocráticas institucionales, como la extraña y no explicada participación de los sindicatos en los consejos de administración de las Cajas de Ahorro.

Cuatro son, a mi entender, los retos que debe enfrentar el sindicalismo confederal para renovarse y fortalecerse. En dos de ellos, la organización interna y las formas de presión, los sindicatos parecen rehenes del siglo XIX, mientras que en otros aspectos, internacionalismo y vocación unitaria, parecen haberlo olvidado.

El primer reto es aprovechar el potencial de Internet y las redes sociales para democratizarse. El mero cumplimiento estatutario de los mecanismos formales democráticos ya no sirve para facilitar la participación a un millón de afiliados y afiliadas y, menos aun, para representar a catorce millones de trabajadores.

Internet ha puesto de manifiesto las limitaciones e hipotecas de los anteriores modelos de organización: cuando reunir, informar y recoger la opinión de los demás eran procesos carísimos y costosísimos. Aquellos modelos se basaban en la vieja asamblea de fabrica y eran modelos unidireccionales, donde normalmente la información fluía de arriba abajo, pocas veces en sentido contrario, y casi nunca en horizontal.

Construir pensamiento colectivo exige fomentar la comunicación horizontal, aprovechando las nuevas tecnologías para el intercambio de pareceres y posibilitando procesos más participativos en la construcción de consensos. Hoy en día la información tiene un coste de reproducción y de difusión mínimos. Saber qué ocurre, comparar, negociar las distintas opciones y hasta votar tiene un coste que únicamente se mide en tiempo. El modelo de reuniones de transmisión oral, con largas presentaciones y resúmenes del moderador que limitan el tiempo de intervención del resto de los participantes, es un modelo jerárquico, burocrático y agotado.

El segundo gran reto del sindicalismo es enfrentarse con las nuevas formas de internacionalización de la economía que hemos convenido en denominar globalización. Marginada en el área de la solidaridad o la cooperación, la acción sindical internacional es todavía débil y aun mas si la comparamos con las practicas de sus contrapartes, las empresas multinacionales y las instituciones internacionales.

Sin embargo, la crisis ha puesto de manifiesto que múltiples decisiones se juegan hoy en tableros transnacionales y, por ello, la internacionalización del sindicalismo ha de ser un tema transversal, una tarea del conjunto del sindicato, y no un reducto de un departamento. El sindicalismo del futuro será transnacional o no será.

Globalizar el sindicalismo supone transferir soberanía y competencias a un autentico sindicato europeo. Supone, también, avanzar en el establecimiento de una negociación colectiva trasnacional que establezca una nueva modalidad de convenios donde las cláusulas vinculantes convivan con los principios orientadores. Una modalidad contractual que articule la negociación descentralizada al mismo tiempo que establece derechos básicos mínimos que deben respetarse en todas las partes donde operen la compañía. Un tipo de acuerdo que invente formas rigurosas de interpretar y vigilar lo acordado, mecanismos de reclamación como el soplo anónimo del gobierno corporativo e, incluso, sometimiento al arbitraje de terceros independientes.

Pero, también, en relación con la organización interna, globalizar el sindicalismo significa fomentar, en las fundaciones y gabinetes de estudio, la investigación comparada, el conocimiento preciso de situaciones, condiciones laborales y sistemas de protección social del resto de países de la Unión Europea y de la OCDE que permitiría justificar las propuestas y fundamentar las críticas a otras posiciones. Supone invertir en departamentos de traducción y dar un peso central a la enseñanza de idiomas en los programas de formación sindical. Y no confundir los planes de cooperación sindical con los de cualquier ONG, colocando como primer objetivo de la cooperación la creación de redes sindicales.

En tercer lugar, el sindicalismo debe afrontar las nuevas modalidades de conflicto social que, en nuestras sociedades mediáticas, tiene lugar en el espacio de la reputación corporativa, de la imagen de marca, y aprender a utilizar nuevos instrumentos como la politización del consumo o el activismo accionarial como nuevas formas de hostigamiento de una ciudadanía crítica.

El sindicalismo debe invertir en nuevas formas de presión. Repensar, incluso, la huelga, particularmente en los servicios públicos donde unos y otros juegan con la paciencia de los usuarios. En sociedades tan mediáticas como las nuestras hay que valorar qué tipos de acción colectiva consiguen mejor el efecto de desgastar a la contraparte, fortalecer las posiciones propias y ganar aliados. La huelga tiene un enorme coste para los trabajadores y sus efectos, salvo en el caso de total seguimiento, se diluyen en polémicas sobre porcentajes y cifras o sobre la actitud, violenta o no, de los piquetes informativos. El sindicalismo ha de buscar acciones que, al mismo tiempo que llaman la atención, cuestionan las practicas y políticas de patronales y gobiernos, permiten acumular fuerzas y consiguen granjearse la simpatía de la opinión pública.

Hay un cuarto aspecto que parecería inevitable en el actual contexto y que sorprende las resistencias que aun suscita. Me refiero a la unidad sindical con UGT. Las polémicas sobre modelos sindicales parecen excusas para mantener espacios de poder. CCOO y UGT llevan un largo camino unitario desde la huelga general de 1988, han dejado de disputarse la hegemonía electoral, conviven en las mismas internacionales sindicales y han asistido en primera fila a la fusión del sindicalismo internacional. No hay nada que justifique mantener una fractura heredada de la guerra fría y en tiempos de escasez de medios y recursos, en tiempos de ataques y agresiones, no se me ocurre respuesta más audaz, contundente y económica. Una unidad de enorme impacto social, que ayudaría a reubicar y optimizar recursos y convertiría al sindicalismo en un referente ideológico de primera magnitud.

Resistencia, unión y renovación: el sindicalismo entre el siglo XIX y el XXI