<---Taboola---> <---Taboola---> #TEMP
martes. 27.09.2022

Puigdemont y la huelga de taxistas

axxi

El hombre de Waterloo, que había mostrado su desacuerdo con la investidura de Pedro Sánchez, arremete con diez cañones por banda contra el presidente del Gobierno español: «El periodo de gracia se acaba»

El catalán errante ha vuelto al palacete de Waterloo. Por cierto, su inquilino no ha informado de quién y cómo financia dicha residencia. Obscuridad total. Ha vuelto, decimos, y ha sido recibido por el presidente de la Generalitat, Quim Torra, que le ha rendido los honores. Protocolo de pleitesía, que habría puesto los pelos de punta al rey Pere El Ceremoniós. Que habría provocado un ataque de alferecía a Josep Tarradellas.

El hombre de Waterloo, que había mostrado su desacuerdo con la investidura de Pedro Sánchez, arremete con diez cañones por banda contra el presidente del Gobierno español: «El periodo de gracia se acaba». Demuestra a las claras que le conviene lo que pueda ir peor. Le interesa la simetría con el fundamentalismo de Pablo Casado. Esto es, la convergencia con su contrario. Pretende que no haya fisuras en el ejercicio del conflicto  en las derechas españolas ni en el soberanismo catalán. Una simetría que viene acompañada con su correspondiente invariancia matemática.

En la puerta del palacete estaba Quim Torra y sus paniaguados. El mismo personaje que, en pleno Congreso del PDeCAT lucía en la pechera una foto de Winston Churchill. Quien manifestó que dicha pegatina era un homenaje a quien manifestó que «nunca nos rendiremos». Y por si había quien no entendiera el mensaje aclaró que Churchill nunca se rindió ante Hitler y el nazismo como le recomendaban algunos tibios de su partido y el patio de vecinos independentista. Un cogotazo a la gente de Oriol Junqueras, cuyo consumo de sapos es inconmensurable. Conclusión: Pedro Sánchez es Hitler. La intención es clara por partida doble: acusa de nazi al presidente del Gobierno y establece esa dogmática para uso y consumo de los bronquistas de las redes sociales. Parece claro que pedir «diálogo» en esas condiciones es manifiestamente obsceno.

Preocupación en las covachuelas de la Generalitat de Catalunya. La huelga de los taxistas barceloneses. No es cosa, al menos en este momento, de analizarla. Pero sí es la ocasión para referir un detalle relevante: el conflicto barcelonés se ha visto acompañado solidariamente por los taxistas madrileños, malagueños y otras ciudades españolas. Una parte de España al lado de una parte de Cataluña. Se me dirá, con toda la razón, que esa parte de España se ha incorporado al conflicto en función de sus propios intereses. Muy cierto. Pero ello también -y sobre todo- demostraría que hay lazos de relación entre unos y otros. Que las cosas de comer unen. La estrategia del hombre de Waterloo no ha captado ese detalle.   Tome nota de ello el sindicalismo confederal.

Puigdemont y la huelga de taxistas