#TEMP
lunes. 15.08.2022

¿Cómo pueden ayudar las izquierdas?

El campo de la izquierda está sufriendo un seísmo de largo alcance y lo importante es ver si puede ser coherente...

No se puede sustentar que la crisis económica sea consecuencia de la política: pese a los errores de ésta, es la crisis económica la que provoca la crisis política, aunque sea más fácil culpabilizar a “los políticos” que a bancos, empresarios, ejecutivos y otros sujetos de un aparato muy dinámico que expandió la conciencia del crecimiento rápido e ilimitado y que confundió el consumismo desaforado con el ascenso social y, éste, con el éxito vital. Es parte de esa ideología defender que la misión de algunos es “crear riqueza”, y que para ello pueden hacer lo que quieran, incluyendo el incumplimiento de normas éticas y jurídicas: la misma argumentación que sustenta todo crimen organizado. Sea como sea, lo que encontramos hoy es una convergencia de crisis, con el resultado de la ruptura de la cohesión social. La transposición política de ello es la polarización, que tiene mucho de aparente: hay demasiados valores heredados de la época de la especulación como para que la sociedad organice ahora sus preferencias políticas sin caer en contradicciones. La principal es la que escinde a la sociedad entre el deseo de acabar con todas las componendas del bipartidismo y, a la vez, el anhelo de que esas fuerzas alcancen consensos en materias clave. A la vez, escuchamos que hay que acabar con “el pasteleo” y con la crispación, mantener la estabilidad y cambiar importantes reglas del juego, alterar el funcionamiento básico democrático y conservar la inmutabilidad esencial de la Constitución. Y no parece que la ubicación del pueblo español en el alineamiento izquierda/derecha haya sufrido cambios espectaculares. Todo esto significa, al menos, que las líneas de tensión se reforzarán pero que todo lo que puede aparentar fortaleza puede ser muy provisional y que la apuesta del PP por proyectar en el imaginario la posibilidad de un “regreso” a las fantasías de la bonanza económica (?) quizá no sea tan descabellada para sus intereses. Al fin y al cabo, muchas de las protestas de estos años más que de ciudadanos –que reclaman derechos y asumen deberes- parecen haber sido de usuarios del Estado –que centran sus pretensiones en el mantenimiento de servicios públicos y de expectativas privadas-. (Por cierto: ¿no puede estar esta cultura afectando a nuevas maneras de organización política y a nuevos discursos?)

Lo que es obvio es que el campo de la izquierda está sufriendo un seísmo de largo alcance: lo importante es ver si puede ser coherente. Y hablamos de una izquierda plural en lo partidario, social y cultural; una izquierda vociferante y otra silente, con muchas gamas intermedias. Ser coherente significa ser racional y ajustar los medios de los que dispone a los fines que se pretenden: enunciar sólo éstos será ideológicamente gozoso pero éticamente desdeñable y políticamente inútil. En este sentido, la recuperación de la cohesión social sobre bases más progresistas, el impulso a un cambio de valores, la defensa central del medio ambiente y de lo público, parecen objetivos compartibles. Las izquierdas deben ayudar al PP dejándole fuera de la mayoría de ejecutivos, para matar a sus fantasmas cleptómanos y apreciar que la recuperación de una solidaridad real e igualitaria es el único camino para estabilizar al país y reformar la Constitución.

Más complicado es cómo pueden ayudarse entre sí. Para empezar porque es imposible enunciar una concepción de este tipo sin crear agravios; pero la alternativa, ignorarse mutuamente, es peor. Desde este punto de vista una buena parte de las izquierdas tienen que ayudar al PSOE a entender que su visión de la socialdemocracia se ha ido para no volver y que o rompe definitivamente con su pareja conservadora de baile o la esperanza en cosechar votos de centro será inútil en el medio plazo… y que su medio plazo es muy corto. El PSOE no puede seguir viviendo como si las premisas en que se sustentaba el sistema no estuvieran en relativa almoneda, en buena parte por su responsabilidad. Pero, a la vez, poco se ayudará al PSOE si la relación permanente hacia él es la de la culpabilización, la afirmación de su irrecuperabilidad: acumula demasiada identidad, recursos y cultura de gobierno como para prescindir de su presencia y cualquier pacto con el PP destrozaría las expectativas de la izquierda –sólo satisfaría a los estúpidos que dijeron: “ya lo sabía yo…”-. Obsesionarse con el “sorpasso” es absurdo: es más que probable que en muchos lugares la suma del resto de fuerzas sea superior a la del PSOE: eso es lo que hay que aprender a gestionar.

¿Y cómo ayudar a Podemos? Más que a Podemos, que sigue teniendo mucho de enigmático, pienso en cómo ayudar a “lo que representa”; lo que está escrito con toda la intención, porque característico de Podemos es negar la centralidad de la representación en la acción democrática, lo que será cada vez más contradictorio con su presencia institucional, que se presume potente; regalar su sigla a conglomerados de fuerzas sociales no solventa el problema, porque la otra cara de la representación es la responsabilidad y no han dicho cómo van a ser responsables ante sus electores. No les servirá afirmar la supremacía de las decisiones adoptadas en asambleas frente a otros modelos de deliberación pública, en especial si las “megadecisiones” son tan asamblearias que las adoptan media docena de personas en Madrid. Dicho de otra manera: las izquierdas pueden ayudar a Podemos presionando para que se enfrenten con la realidad alejándose del populismo: del discurso en que se autoidentifica con el “auténtico pueblo” y, por lo tanto, negando la base del pluralismo democrático al negar las fórmulas existentes de representación que honestamente usan electores y elegidos de otras formaciones.

En torno a esto debe girar el debate sobre pactos preelectorales. Me manifesté a favor de tales pactos si hay reforma electoral que lamine a las minorías. Y en circunstancias normales no defendería esos pactos. Pero estamos en circunstancias excepcionales, con una horquilla de grupos y sensibilidades tan amplia que incrementa la complejidad hasta niveles que hacen improbable la consecución final del objetivo que debe racionalmente guiar a las izquierdas: alcanzar el gobierno de las instituciones: lo importante no es la noche de vino y rosas de las elecciones, sino conformar grupos sólidos y estables que defiendan lo público y comprometan a la institución con la igualdad a través de perdurables alianzas ciudadanas. Para ello es posible que el pacto preelectoral sea positivo. La hipótesis de candidaturas “desde abajo”, formadas por personas de prestigio y grupos cívicos quizá sirva para poblaciones pequeñas o grandes ciudades, pero en el resto no habrá masa crítica o conocimiento previo suficiente: los partidos tienen que asumir su responsabilidad, aunque tratando de incorporar otras expresiones de la sociedad civil. Si este proceso es acelerado o manipulado por presuntas vanguardias, el resultado último será la inestabilidad de las instituciones con mayorías progresistas. Empezar desconfiando será la antesala del desastre.

¿Cómo pueden ayudar las izquierdas?