viernes. 19.04.2024

Progreso y modernidad

Estamos en la antesala de un momento crucial para la Sociedad Española. Vivimos unos tiempos turbulentos, no tanto por factores externos...

Estamos en la antesala de un momento crucial para la Sociedad Española. Vivimos unos tiempos turbulentos, no tanto por factores externos, como por las soluciones internas que se intentan implementar o se imponen. El reparto de los esfuerzos ha sido muy desigual, en términos de potencialidades de los sectores sociales que lo han y están soportando. Los gobiernos conservadores, nacional y regionales, han adoptado los rituales neoliberales y los han aplicado al pie de la letra. Han caído y siguen cayendo todos aquellos que no se sitúan en el nivel de “receptor neto” del sistema y, por tanto, son “dadores”. La incidencia de esta forma de operar está resultando tremendamente injusta y no cesa de infringir golpes mortales a derechos reconocidos y logrados a lo largo de mucho tiempo. Hoy nuestra sociedad es más insolidaria, injusta y carente de libertades fundamentales que afectan a las personas en su forma de vivir y desenvolverse. Lo peor es que no se vislumbran luces al final de los túneles en que estamos sumidos.

Hace unos días, Arturo Pérez Reverte, con la lucidez que le caracteriza, hizo un análisis de urgencia que resultó revelador. Interpretaba que España ha tenido dos momento históricos, que ha malgastado, y que bien pudieran ser la clave de nuestras desdichas. Uno de ellos lo fijaba en el Concilio de Trento, un concilio ecuménico de la Iglesia Católica desarrollado en forma discontinua en 25 sesiones, entre los años 1545 y 1563, en Trento, ciudad libre regida por un príncipe-obispo, en el norte de  Italia. Se ventilaron aspectos muy sustanciosos de la Iglesia,  como la reafirmación de los sacramentos, o la suma de fe, obras y gracia divina para optar a la salvación, lo que chocaba frontalmente con las posiciones de Lutero,  para quién sobraba con la fe,  y también sirvió el cónclave para oponerse a la propuesta de predestinación de Calvino. La misa, el concurso de los santos y la existencia del purgatorio, son aspectos debidos al mismo evento. Pero no son menores sus incursiones en la vida civil y social, amparadas en los acuerdos tomados: se reinstauró la Inquisición, que venía de las purgas tenidas en Francia en el siglo XIII, contra los herejes albigenses. En España se instaura en 1478 y se acuño como El Santo Oficio, habilitado para emplear la tortura y obtener confesiones, que de no obtenerse, ya remataba el poder civil que condenaba a la hoguera. Por si este historial desolador no fuera suficiente, crearon el índice en 1557, que censuraba cualquier publicación que pudiera entenderse contraria a la fe católica. En su nombre se quemaron miles de libros declarados heréticos. Para finalizar esta brillante actuación, en 1592 publicaron una Biblia, que imperativamente contenía la revelación de la verdad divina, se negaba la interpretación y la conciliación del texto divino con la tradición solo era cuestión del Papa y sus Obispos.

Espectacular. El índice conoció más de cuarenta ediciones La última edición es del año 1948 que estuvo en vigor hasta 1966 en que lo suprimió el Papa Pablo VI. ¡Increíble! Erasmo de Roterdam, Giardano Bruno, Rabelais, La Fontaine, Descartes, Montesquieu, Copernico, Kepler. Solo la última publicación, la de 1948, contenía unos 4000 títulos e incluía a Darwin, Zola, Balzac, Victor Hugo, seguía figurando Descartes, Pascal, Spinoza, Hume, Kant, Anatole France, André Gide o Jean Paul Sartre. El Lazarillo de Tormes estuvo incluido. Y también el mismo Ray Bradbury, al escribir Fahrenheit 451 (una firme crítica a la censura donde los bomberos tienen la obligación de quemar libros), fue también vetado. Algunos autores vetados en su totalidad y otros en obras concretas.

No se ha valorado, todavía, el retraso científico cultural que ha supuesto esta insolente actuación de la Iglesia Católica. Algún día dispondremos de elementos para calibrar el alcance, que en número de vidas sacrificadas, fue tremendo. El emperador Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico intentaba cerrar las diferencias entre católicos y reformistas, para poder hacer frente a la amenaza turca. Fue uno de los emperadores que respaldó la celebración y comprometió su apoyo. España perdió la oportunidad de que la Iglesia hubiera ocupado el lugar que le correspondía, que no era ni el que ni  tenía, ni mucho menos el reforzado con que salió.  . No seríamos los mismos, sin duda.

El otro momento histórico fue la Revolución Francesa. Acaecida en 1789 instauró los términos progresismo y progresista como exponentes de corrientes filosóficas, éticas y políticas que se identificaban con la Revolución francesa y representaban la lucha por las libertades individuales, lo que dio origen al concepto liberal. Se opuso frontalmente a la ideología conservadora y al inmovilismo social. Los adversarios y enemigos del progresismo se empeñan en identificar progresismo con marxismo y cualquier referencia que pueda provocar desprestigio. Progreso, cambio social y transformaciones económicas, políticas e intelectuales son sus elementos definitorios, que se oponen a los que pretenden mantener el orden establecido, en el que han logrado sus privilegios, forjados a lo largo del tiempo y heredados de generación en generación y custodiados escrupulosamente, desde posiciones bien conservadoras. La asociación progresismo-revolución, si  bien acontece en un primer momento de la Revolución francesa y es operativo en el siglo XIX, deja paso a la moderación, cuando tiene lugar la revolución, la aparición del capitalismo y  la sociedad de las clases, al frente de la cual se sitúa la burguesía, que pasa a ser la oposición al movimiento obrero. En este devenir, el progresismo evoluciona hacia lo que se ha dado en denominar reformismo.

Se puede pensar que son los partidos políticos progresistas surgidos del liberalismo del siglo XIX y, en concreto, el partido progresista que gobernó el bieno progresista 1854-1855, bajo la jefatura de Espartero y luego de Prim, que puso fin a la monarquía de Isabel II en la revolución de 1868, los que sentaron las bases del progresismo, o los posteriores Sagasta, del ala moderada y fundador del Partido Constitucional o el ala más radical de Ruiz Zorrilla que formó el Partido Demócrata-Radical. Tras ellos y ya en el siglo XX,  el Partido Socialista que fundara Pablo Iglesias el 2 de mayo de 1879 en la taberna Casa Labra, fue poco a poco asentándose. Todos los partidos fueron ilegalizados tras la victoria del bando sublevado en la Guerra Civil. Pero, pese a este relato, se dan unos prolegómenos incardinados en la propia revolución francesa y sus extensiones en España, que no fueron debidamente asimilados en toda su extensión, con la renovación y oxigenación que supone una acción revolucionaria. La dedicación de esfuerzos concentrados en la liberación del ocupante gabacho, dejó sin resolver la cuestión de renovación que pudiera dar paso a la instauración de una burguesía saneada y exenta de la contaminación que suponía la inter-conversión de la aristocracia y la burguesía que han supuesto una continuidad histórica que no ha sido capaz de superar la contaminación transmitida.

No cabe duda de que vivimos momentos de enorme interés en un periodo de renovación del Partido Socialista Obrero Español, encaminado a superar las ataduras que nos limitan en la línea de progreso por la que debe avanzar este país. Tenemos y sufrimos el lastre de estos dos momentos históricos en que como país no estuvimos a la altura de las circunstancias. No supimos tomar la decisión apropiada que necesitábamos como país. Ahora tenemos que suplir nuestras deficiencias. Convencidos de que no hay otra alternativa que pueda interesar a un país como el nuestro para levantar la cabeza dignamente, el PSOE culmina este fin de semana próximo un proceso de reflexión en el que todos los que han querido participar, han aportado su grano de arena a un proyecto que pretende impulsar a este país, no de forma burda, asimétrica e injusta, como acontece en manos de los conservadores, sino desde la solidaridad, justicia social y respeto a la libertad individual, tal como se enarbolaba en la revolución francesa, que no supimos aprovechar. Solo de este modo podremos incorporarnos a la modernidad, con propiedad y convencidos de haber hecho un buen trabajo. 

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