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jueves 19/5/22

Primero conquistaremos Manhattan…

La  huelga general del  día 29 de marzo, estaba absolutamente justificada. La huelga ha sido significativa en industria y transporte, notable en servicios públicos (educación y sanidad), y testimonial en el comercio (donde los sindicatos no tienen mucho margen). Ha resultado una huelga contundente y pacífica. Pero lo que ha sido verdaderamente importante son las manifestaciones de la jornada de tarde.

La  huelga general del  día 29 de marzo, estaba absolutamente justificada. La huelga ha sido significativa en industria y transporte, notable en servicios públicos (educación y sanidad), y testimonial en el comercio (donde los sindicatos no tienen mucho margen). Ha resultado una huelga contundente y pacífica. Pero lo que ha sido verdaderamente importante son las manifestaciones de la jornada de tarde. Lo cual indica que, en la huelga había condicionantes laborales y riesgos enormes que han influido de alguna manera en los paros. Sin embargo, la manifestación ha sido el  verdadero canalizador de todo el rechazo que los ciudadanos tenían a la reforma laboral y también, a las políticas del gobierno. Muestra evidente de que, la movilización sigue siendo un instrumento eficaz para expresar rechazo y para presionar a los gobiernos. En fin, ha sido sin duda, en su conjunto, una protesta cuya participación ha estado por encima de las expectativas. nte, interideológicas. En mi opinión, la gente muestra un rechazo claro a la reforma laboral y a las políticas del PP, pero también intuyo que está desorientada porque no ve una salida claOtra cuestión es que toda esta energía desplegada sirva para algo.

Como en la canción de Leonard Cohen, First we take Manhattan… los trabajadores pueden ser condenados a veinte años de aburrimiento, por intentar de cambiar el sistema desde dentro. Dicho de manera literal: en el actual momento de crisis, hay que tener claro que  la situación de España es imperativa de las políticas de la Unión Europea, especialmente de Alemania.

 Tal vez hubiera sido más efectivo para los sindicatos, e incluso para la oposición, esperar a que la situación por sí misma continúe deteriorándose y el propugnado cambio, es decir, los esfuerzos a que nos convoca Rajoy se hagan visiblemente estériles, de modo  que, no fueran más que leña para la pira de los mercados frente a los ciudadanos. En cualquier caso, esa situación, tarde o temprano se va a terminar dando. En la protesta iniciada,  habría que socializar la idea de que, la movilización, está en cualquier caso justificada no por una determinada política o ley, sino por la naturaleza y el origen de la crisis. Y más que local, la movilización debiera organizarse a nivel europeo.  De manera que, además de tomar primero Manhattan (como pasó el día 29), no se olvide  que también  hay que tomar Berlín. Porque el problema es europeo -aunque la crisis tiene peculiaridades españolas-  y la solución, a día de hoy, depende de Europa.  

La crisis hipotecaria comenzó en Estados Unidos pero, de rebote, también llegó a Europa. En la Unión Europea no se hicieron hipotecas basura, porque el mercado estaba más regulado. Pero como muchas entidades financieras españolas o europeas pedían créditos a la banca americana y la banca americana no tenía liquidez ni podía prestar, entonces los bancos europeos se veían afectados. Por otro lado, la crisis inmobiliaria americana comenzó a crear desconfianza en Europa y los precios de las viviendas comenzaron a bajar, como pasó en España.

Además de la crisis financiera internacional, España tiene unos problemas intrínsecos de su propio modelo de crecimiento. Se ha dependido demasiado de la construcción. La construcción en España representaba el 10 por ciento de la ocupación o el 10 por ciento del PIB. En otros países de nuestro entorno, sólo representa el 6 por ciento. Era un modelo en el que la construcción tiraba de la economía. Todo el mundo pensaba que la construcción seguiría siempre bien. Los precios subían, la gente se compraba un piso, después lo vendía, ganaba más dinero y se pensaba que los precios nunca dejarían de subir. El precio de la vivienda subió y subió hasta que llegó un momento en que la gente no podía pagar tanto. Y cuando una parte importante de la población tuvo dificultades para pagar, la demanda de pisos comenzó a caer, como los precios. Cuando se frena este modelo, aumenta mucho el paro en el sector de la construcción.

De todo el crecimiento español que se produjo en los últimos años, un 38 por ciento tenía que ver, directamente o indirectamente, con la construcción. Si construyes casas, has de producir electrodomésticos o muebles para ellas. La tercera parte del crecimiento español se debía a la construcción.

El efecto fue que muchos especuladores internacionales acudieron a España al darse cuenta de que en España se podía ganar mucho dinero comprando y vendiendo pisos. Los especuladores marcharon al ver que la gente no podía pagar precios tan altos y la demanda cayó más todavía. España construía unas 800.000 viviendas cada año, cuando la demanda real es, probablemente, de 300.000 o 400.000. Ahora mismo, hay aproximadamente 1 millón de pisos vacíos por vender y los precios aún han de bajar más. Eso debilitó al sistema financiero, que, a día de hoy, se ve obligado a fusionarse para poder tapar sus propios agujeros. Algo que, decisivamente afecta al crédito y a la pérdida de puestos de trabajo.

El poder, Gobierno actual, puede tener aproximadamente un relato parecido del que he explicado, pero la  solución que aporta – y ahí está la raíz intelectual que justifica la protesta   – no consiste en implementar medidas tendentes a la activación de la demanda a través de la inversión, o en políticas específicas que traten de dinamizar de alguna manera otros sectores (como notoriamente ha quedado acreditado con los presupuestos) e incluso, limitarse a que pase el tiempo y la crisis financiera se solucione por sí misma. No, la reforma laboral, es una medida que el gobierno justifica para volver a crear empleo. Es decir, plantea  la disyuntiva perversa de elegir entre perder derechos o perder el empleo.  En realidad el gobierno obedece a una orden de Merkel, según la cual, hay que bajar los salarios, para tener una mayor productividad. Por supuesto Europa, es decir, Alemania, también tiene su parte alícuota de la crisis: al exigir a España que rebaje su deuda de una manera asfixiante, sin posibilidad de inversión alguna para activar la producción y el consumo y así crear empleo, pero también, llevando a la necesidad de recortar en sanidad o educación para cumplir el objetivo de déficit, está contribuyendo de manera decidida a la destrucción del modelo social y a la sostenibilidad económica de España como Estado y está empobreciendo las condiciones de vida de los ciudadanos españoles. Si en Europa  se arbitraran medidas específicas de inversión, o se rebajara el ritmo de reducción de la deuda, o se creara un tesoro europeo que emitiera deuda, los eurobonos, la situación de los Estados y de la economía europea y, por supuesto, la española, serían completamente distintos.

La protesta tiene sentido en la medida en que parte de una política claramente conservadora y degradante. Ahora bien, la salida no puede ser únicamente la protesta. Indignarse, como se dice últimamente,  no basta para después tomar Berlín. Es absolutamente imprescindible una contestación política. Es decir, una respuesta común y alternativa a nivel europeo. Esa respuesta hoy no existe. ¿Cuál debe ser? Pues deben plantearse cuestiones que serían aproximadamente las siguientes: cómo regular el capital financiero real, cómo crear una economía que compita con China (donde hay bajos salarios) y que sea capaz de crear empleo estable, cómo asegurar la estabilidad del Euro,  cómo realizar la integración fiscal o qué tipo de Estado del bienestar nos podemos permitir en este nuevo escenario económico y demográfico.  Y mientras esa respuesta no tenga visibilidad y conforme una alternativa para volver a hacer sostenible la economía europea (por supuesto siempre hablando en términos estrictamente reales que excluyen las respuestas demagógicas),  sin que eso no suponga pérdida de derechos, la condena a los 20 años más de  aburrimiento es una certeza al alcance de cualquier burócrata que cumpla las órdenes requeridas por Berlín. 

Primero conquistaremos Manhattan…
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