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jueves. 26.01.2023

Por qué lo llaman crisis cuando la cosa es mucho más grave

Cuando se desconoce la realidad, cuando la realidad se quiere camuflar o cuando no se sabe hacer otra cosa se recurre a los tópicos, a las etiquetas o a la simplificación.

Cuando se desconoce la realidad, cuando la realidad se quiere camuflar o cuando no se sabe hacer otra cosa se recurre a los tópicos, a las etiquetas o a la simplificación. Esto es lo que está pasando ahora en este tipo de sociedades en las que se ha roto la dinámica de una forma de convivencia caracterizada por el enfrentamiento, más o menos manifiesto, entre clases antagónicas, aunque capaz de mantener durante las últimas décadas un determinado ritmo que otorgaba a la ciudadanía una cierta seguridad vital y laboral. El sistema capitalista, en su más pura esencia, se ha caracterizado por la búsqueda de beneficios de los patronos, pero durante bastante tiempo el crecimiento económico, aunque con una enorme desigualdad, generaba bienestar para amplios sectores sociales. En esa dinámica hay que incorporar la lucha de los sectores menos favorecidos, es decir, de la clase trabajadora, cuya acción reivindicativa ha influido de manera notable en la consecución de las mejoras de carácter salarial. Por cierto, los momentos de reivindicación, con resultados más eficaces, han tenido lugar cuando las condiciones de vida han dejado un espacio para pensar, para complotar, una vez satisfechas las necesidades básicas.

Debido a que, por una serie de circunstancias,  los sectores productivos ya no generan el beneficio deseado, hecho que ha tenido lugar en otras ocasiones, el mundo capitalista ha entrado en una  enloquecida fase que está generando desconcierto e inseguridad generalizada, a la vez que una nueva forma de distribución de la riqueza, en detrimento de los más débiles. Por un lado, el capital busca otras formas de revalorización en las que es el propio dinero el que genera dinero en un proceso endogámico sin que sepamos  cuál será el resultado final. La burbuja dineraria se va hinchando sin que, de momento, seamos capaces de aventurar el aguante de su envase. Por otro lado, aparecen nuevas bolsas de pobreza, incrementándose de esta manera la desigualdad entre unos y otros sectores de la población. La inercia de una situación anterior de  cierta bonanza para los asalariados, aunque creada de manera artificial, ha desactivado por completo a los que aún mantienen un cierto nivel de bienestar, si bien estos grupos desconocen que deterioro social avanza como un tsunami que va invadiendo día a día a las diferentes capas que configuran la sociedad: primero fue el incremento del paro, luego los recortes blandos, ahora la subida de impuestos, mañana... El objetivo es, tal como hemos señalado en otras ocasiones, destruir por completo eso que conocemos como estado de bienestar. Tal vez sólo sean motivos de carácter psicológico los que se esconden tras esta meta o, siendo más realistas, quizás vean en el sector de los servicios públicos un nuevo espacio para obtener ganancias mediante su absoluta privatización.

Es esta una situación difícilmente digerible para los individuos que ahora deambulamos por estos lugares del planeta que nos obliga a la reducción al absurdo, recurriendo a buscar un nombre con el que nos podamos entender, aunque no sepamos encontrar las causas o los efectos finales del fenómeno. Ese nombre es el de "crisis" con todos los apelativos que, tanto a unos como a otros, se nos antoje: crisis inmobiliaria, crisis financiera, crisis especulativa o crisis económica. Es esta última forma la que se ha estandarizado; es el nombre con el que supuestos expertos se entienden, es el nombre que resuena hasta la saciedad en todos los medios de comunicación, es el nombre con el que amansan a la población civil.

Las crisis de las últimas décadas, con un carácter coyuntural, se han resuelto de forma más o menos satisfactoria porque no afectaban al núcleo del sistema. Pero ahora es diferente. Esto no es una crisis de superproducción, en el sentido de lo que ilustres pensadores han definido y caracterizado. Esto es el agotamiento del propio sistema porque con las actuales y salvajes formas de enriquecimiento, y con otras limitaciones impuestas por en propio entorno natural, no es posible mantener un continuo crecimiento económico que permita vivir dignamente a la mayoría de la sociedad, tal como ha ocurrido en los últimos tiempos. Hay argumentos más que sobrados para saber que, de seguir así, no habrá nunca trabajo remunerado para todos, que la fuerza de trabajo ahora es menos necesaria, que el paro irá en aumento gobierne quien gobierne. Existen muchas semejanzas entre la actual situación y la que tuvo lugar a lo largo de las décadas de los años veinte y treinta del siglo XX, pero el análisis comparado entre un caso y otro desborda el espacio disponible en un breve artículo como éste. Sólo señalar que deseamos que la resolución de esta nueva situación no sea la misma que a la que se recurrió para poner un final definitivo a lo que se conoció como la “gran depresión”.

Los avances en tecnología, y las mejoras progresivas en las condiciones de vida nos han hecho más débiles y más vulnerables a cualquier contingencia que nos detraiga de nuestro ritmo de vida.  Otras generaciones anteriores y otros pueblos han subsistido y subsisten en medio de la escasez e, incluso, de la miseria porque sus necesidades básicas  eran o son muy inferiores a las de quienes poblamos hoy día estos países de occidente. Por otro lado, disponían o disponen de recursos para mantener esa elemental forma de vida, pero los individuos de sociedades como esta nuestra somos incapaces, o tenemos escasas posibilidades, de subsistir en núcleos urbanos totalmente dependientes de todo tipo de suministros.

A esta debilidad frente a cualquier tipo de contingencia hay que añadir la progresiva pérdida de poder popular frente al incremento de poder de las clases dominantes. En la actualidad este omnímodo poder se ha objetivado,  adquiriendo, en apariencia,  formas impersonales, aunque detrás de esos mercados especulativos, convertidos en nuevos dioses amenazantes, están las grandes fortunas y sus gestores.  

Se hace más vigente que nunca la "ley de la codicia" según la cual el afán de enriquecimiento es mayor cuanto más se tiene, dando lugar a una espiral de ganancia y de locura. La trayectoria de la humanidad en las últimas décadas ha eclipsado las mentes, y ha desubicado a la clase trabajadora. Ha desaparecido la izquierda antisistema (capitalista), no contamos con ningún agente que sea capaz de ofrecer una alternativa sólida y firme. No sabemos la que nos espera a medio y largo plazo, pero esto es lo que hay.

Por qué lo llaman crisis cuando la cosa es mucho más grave
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