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martes 24/5/22

Pobres, ricos y austeridad

Anatole France escribió, con biselada ironía, que la ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan. Atravesamos hoy tiempos de zozobra e incertidumbre, donde empobrecer a la mayoría de la población es “técnicamente” un óptimo resultado.

Anatole France escribió, con biselada ironía, que la ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan. Atravesamos hoy tiempos de zozobra e incertidumbre, donde empobrecer a la mayoría de la población es “técnicamente” un óptimo resultado. Los valores democráticos quedan pedestremente reducidos al trato igualitario a los desiguales, que no es otra cosa sino la indefensión absoluta de los débiles aniquilados por el darwinismo social. La austeridad como pensamiento único y camino inconcuso y sus resultados perversos para la mayoría social nos conduce a interrogarnos junto a Ortega y Gasset: ¿A quién le ha quitado nunca el hambre saber que no podrá comer?

Jean-Claude Juncker, presidente del Eurogrupo, asegura que "no es cierto" que los programas (de rescate para Grecia) hayan sido ineficaces y defiende que la competitividad de la economía griega ha mejorado mucho y que sus costes salariales han caído de forma significativa. Ya lo dijo Marx que la tasa de beneficio del capital no sube, como las rentas de la tierra y los salarios con el bienestar de la sociedad, ni desciende como aquellos, con la baja de éste. Por el contrario, esta tasa es naturalmente baja en los países ricos y alta en los países pobres; y nunca es tan alta como en aquellos países que con la mayor celeridad se precipitan a su ruina (Karl Marx, Manuscritos: economía y filosofía). También Maquiavelo recomendaba a los príncipes avariciosos que la mejor manera de conquistar un nuevo reino era provocar su ruina para después pregonar après moi le déluge.

Al ciudadano se le ponen todas las dificultades del Sinaí y las aguas del Jordán neoliberal para que su pobreza y su decadencia en las trabazones sociales sean el súmmum de la eficacia económica. Las élites financieras y mediáticas propician que no haya mensajeros de las incomodidades de la conciencia civil, maltrecha por cicatrices abiertas que supuran humores encontrados.

La economía de la escasez sólo puede consolidarse mediante la implantación de un Estado mínimo y una democracia limitada donde la desigualdad sea la norma y la redistribución de la riqueza imposible. Por ello, la crisis que padecemos se metastatiza en lo institucional y en lo político para devenir en crisis sistémica, donde los ciudadanos no sienten la democracia como suya y los partidos de izquierda viven una crisis de posición y de función en la sociedad, carentes del músculo ideológico suficiente para convertirse en alternativa. 

Como nos advertía Ortega y Gasset no hay peor crisis que la que procede del intento de hacer la Historia sin razón histórica, porque los destinados a sacrificar sus derechos, su libertad y su vida material al Moloch horribilis de la avaricia de las élites económicas saben que la resignación nunca ha sido la mejor bandera para ganar el futuro.

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