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jueves 19/5/22

Paisaje después de la batalla

19.1.2009 El fósforo blanco caía sobre los teletipos y el teclado se manchaba de sangre palestina: “Usted exagera al hablar de genocidio”, se inquietaban mientras tanto los eruditos a la violeta. Más de 1.200 muertos, muchos de ellos niños, más de 6.000 heridos estallaban en la pantalla del televisor y por las calles y campos de Gaza.
19.1.2009
El fósforo blanco caía sobre los teletipos y el teclado se manchaba de sangre palestina: “Usted exagera al hablar de genocidio”, se inquietaban mientras tanto los eruditos a la violeta. Más de 1.200 muertos, muchos de ellos niños, más de 6.000 heridos estallaban en la pantalla del televisor y por las calles y campos de Gaza. “Hay que comprender la actitud de Israel”, rezan los apóstoles de su Embajada mientras el primer ministro, Ehud Olmert, habla de logros y de que la derecha intenta restarle importancia a los datos reales de la operación Plomo Fundido: 20.000 edificios dañados, 4.000 destruidos, un 15 por ciento de todas las construcciones de la franja de Gaza y que incluyen diecinueve escuelas, además de carreteras, puentes, tendidos y de cables y conductos de agua. "Quiero pedir disculpas en nombre del Gobierno de Israel a todos aquellos que hayan sido injustificadamente perjudicadas en esta operación en Gaza. No era nuestra intención dañarlos, herirles o dispararlos", balbucea el mandatario desde un pulcro atril en forma de hipocresía. Serán, en todo caso, miles de disculpas, disculpas en forma de bala en la frente, de enfermerías bajos los escombros, de aulas despedazadas, de mujeres sin vientre y desesperados sin escrúpulos: “Sólo tengo tomates para comer y no sé si están contaminados por los bombardeos. ¿Qué va a ser de mí, qué va a ser de nosotros, qué va a ser de mi hijo de dos años?”, me interrogaba retóricamente el viernes la española María Velasco desde la ciudad de Jan Yunis: “Ya nadie nos contesta en el consulado, ¿quién va a liberarnos de este secuestro?”. Los intelectuales exquisitos recomendaban, mientras tanto: “Es una barbaridad comparar la situación en Gaza con la del ghetto de Varsovia”. Desde las diplomacias europeas, vuelve a llevarse esta temporada el miedo a las víctimas, mientras corren a comprar lo último de Bernard-Henri Lévy para intentar encontrar sabias palabras que contradigan las imágenes de la masacre: "La Unión Europea está decidida a comprometerse totalmente en la solución de este conflicto", proclama el presidente de turno Nicolás Sarkozy, al tiempo que ofrece asistencia técnica y militar --en forma de barcos de guerra-- para evitar la entrada de armas a la franja de Gaza. ¿Quién evitará que entren armas en Israel, uno de los estados más militarizados del mundo y al que, según Amnistía Internacional, España vendió material de defensa y doble uso por valor de 4,5 millones de euros desde comienzos del año 2007 a la primera mitad de 2008? De un momento a otro, me interpelará un portavoz de la Asociación Española de Fabricantes de Armamento y Material de Defensa y Seguridad (AFARMADE): “¿Es que pretende usted que cerremos nuestras fábricas y dejemos a los obreros en la calle? ¿O es que es de los que piensa que las fuerzas armadas vienen a ser alegres brigadas de boy-scouts?”. Cierta izquierda, mientras tanto, justificará a Hamás, a pesar de que se trata de una organización claramente reaccionaria y cuya única diferencia con el terror de Estado que practica Israel, estribe quizá en su hasta cierto punto ridículo potencial armamentístico. Mientras Irán habla de que el alto el fuego unilateral es una derrota del sionismo, no menos de 26.000 palestinos intentan volver a casas que ya no existen o no pueden utilizarse como tales. Entre tanto, el revolucionario profesional de la barra del bar hablará con palabras mayúsculas de formidables utopías de salón, mientras que la pertinaz realidad de Oriente Próximo sigue dejando a la paz como una frágil funambulista en el alambre. “Si, podemos”, tal vez vuelva a repetir Barack Obama cuando ocupe el despacho oval de la Casa Blanca. Podemos, desde luego que podemos detener todo esto. Desde luego que podemos impedir que Israel se siga comportando como un matón del far-west en esta lucha por la tierra y por el agua, teñida de pretextos religiosos y de imaginarios semitas. Podemos evitar que Gaza siga siendo un formidable campo de concentración a cielo abierto donde un millón y medio de personas sobreviven faltos de alimentos y ricos en rabia, huérfanos de fármacos y, sobre todo, de horizontes de futuro. Podemos y debemos. Nos va la vida en ello. Y no sólo la de los palestinos y la de los israelíes. Juan José Téllez Escritor y periodista

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