viernes. 19.07.2024

Otra lección de Syriza

Que Syriza diera ayer la campanada en Grecia y Europa nos propone nuevas reflexiones. La primera es que hay partidos y partidos...

Hay partidos y partidos. También hay partidas en el terreno político, no sólo en lo atinente al personal que lideraba aquel José María El Tempranillo. De los primeros tenemos suficiente información. De las partidas sólo podemos, de momento, referirnos como conjuntos de personas que están formalmente en la misma organización; de ellas, el famoso secretario florentino, dejó dicho; «estas facciones nunca se mantendrán pacíficas mientras tengan sus propios cardenales.» Punto y aparte.

Que Syriza diera ayer la campanada en Grecia y Europa nos propone nuevas reflexiones. La primera es la obviedad del íncipit: hay partidos y partidos. Syriza es un partido. Un partido que, en la particular idiosincrasia de doña Susana Diaz,  Hora de los partidos, hora de la gente,  queda incluido en la contraposición que referíamos en ese ejercicio de redacción: «no es el momento de los partidos, es el de la gente.» Sin embargo, esta es la hora de Syriza que, con la gente, ha provocado el cambio de la tortilla en la vieja Grecia. De manera que hay partidos-máquina (sin tubo de escape) y partidos que han sabido emerger y mostrar una satisfactoria capacidad de utilidad colectiva.

De ahí que me interrogue, tal vez de manera puntillosa, sobre lo siguiente: ¿no será que el recurrente mensaje nihilista de la inutilidad de los partidos apunta precisamente contra los emergentes? ¿es posible que ese escepticismo al por mayor se oriente, queriendo o sin querer, a dificultar la auto regeneración de los partidos?  Y mientras se teoriza ad nauseam la (evidente) crisis de los partidos, ¿por qué no se estudian las experiencias de algunos -recurrir a Syriza es obligado- que han puesto en marcha redes sociales de carne y hueso, que han concretado un trabajo efectivo  en el terreno social, garantizando a los ciudadanos derechos y servicios gracias a prácticas de guturalismo: comedores sociales, clínicas populares, farmacias y cooperativas de desempleados, entre otros. Es lo que el maestro Stefano Rodotà llama «constitucionalismo enriquecido». No se trata, lo sabemos bien, de caridad; es solidaridad, que está ligada a la fraternidad, valor republicano de alto coturno.

Por lo demás, Syriza demuestra a grandes, mayores y pequeñitos otra obviedad: que hay izquierdas y derechas; que, con un programa de izquierdas, se puede caminar pisando fuerte. Naturalmente, siempre y cuando la izquierda eche un eficaz cuarto de espadas. Sin embargo, me juego lo que sea a que las izquierdas españolas se orientarán a pelear por repartirse la túnica de Tsipras. Zeus no lo quiera.

Otra lección de Syriza