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miércoles. 08.02.2023

No, no nos podrán parar; somos gente con ganas de luchar

"Se hace necesaria la inteligencia si se quiere cambiar. La inteligencia para comprender los muchos males de la sociedad, los que aún hoy están sin resolver: la nulidad de la clase política; el transfuguismo; la ausencia de sentido de la institución parlamentaria en la conciencia pública; el conflicto política-poder judicial; la escuela; los escándalos; la dimensión abstracta de la libertad en la vida política; la

"Se hace necesaria la inteligencia si se quiere cambiar. La inteligencia para comprender los muchos males de la sociedad, los que aún hoy están sin resolver: la nulidad de la clase política; el transfuguismo; la ausencia de sentido de la institución parlamentaria en la conciencia pública; el conflicto política-poder judicial; la escuela; los escándalos; la dimensión abstracta de la libertad en la vida política; la "respetabilidad". Inteligencia, sin embargo, no significa sólo ser "agudo", sino también profundizar en las palabras arrogantes del oponente y obligarlo, de hecho, con la inteligencia a ponerse a la defensiva. (…) La autoridad de los "sin poder" se llama inteligencia". Le dijo, en 1923, Gramsci a Mussolini, en un discurso parlamentario con el que le obligó a ponerse a la defensiva.

En un momento de fascinación por la antipolítica, como fuera hace casi cien años, apostemos junto al gran Gramsci por la adhesión a la política e intentemos pasar de la queja a comprender los mecanismos que rigen nuestra, hoy triste y crítica, realidad. La vida de la gente no es fácil, la situación económica cada vez está dejando a más personas sin empleo, sin hogar, sin esperanza. Pero ante esto no se puede aceptar pasivamente la realidad.

Sabemos que las condiciones materiales son difíciles, que la redistribución no se produce, que el individualismo se ha grabado a fuego en nuestra sociedad, que el "sálvese quien pueda" se ha extendido como mancha de aceite, que la fragmentación social nos divide y aísla, pero estamos convencidos de algo vital: no queremos perder lo que tenemos en el presente y nos negamos con rotundidad a dejar un futuro peor que el nuestro para nuestros hijos e hijas.

Sin embargo, a la vista de la destrucción constante del tardío y retrasado Estado de bienestar logrado, el futuro de las siguientes generaciones se ve muy negro. Y a esto se añade la escasa o nula valoración del trabajo -y la rebaja de la fuerza del mismo- que nos sumirá a la mayoría en una cada vez más precaria situación social.

Se hace imposible no protestar

Ante este panorama se hace imposible no protestar. La queja es la contante en nuestras conversaciones en el transporte público, en los centros de trabajo, en las salas de espera médicas, en los hogares, etc. La política de recortes contra las personas que menos tienen seguida por el anterior gobierno llevó a los sindicatos a convocar dos huelgas, una sectorial, por una reducción del 5% en las administraciones públicas, y otra general, por la aprobación de una reforma laboral injusta e ineficaz.

Veinte meses después, nos la tenemos que ver con otra reforma laboral. Mientras esto sucedía la sociedad española se ha negado a aceptar la rebaja en la calidad de la educación y la marea verde ha ocupado los escenarios más insospechados. El 15-M hizo soñar con otro mundo posible y ha diseminado el activismo por barrios y pueblos. La población de las comunidades autónomas más castigadas como la valenciana o la castellano-manchega prácticamente viven en la calle. El personal sanitario también tiene su particular cruzada  y en las universidades ya se empieza a oír mucho ruido. Parece que ha llegado el momento de decir "basta ya. No nos vamos a dejar".

Sin embargo, los poderes son ciegos y sordos y lejos de aflojar y dejar de oprimir a los ya de por si explotados y dominados, siguen su particular cruzada mediante el ejercicio de una demostración violenta de poder innecesaria. Porque de esto es de lo que trata la reforma laboral. Su exposición de motivos es la justificación menos motivada que nunca leí. Durante varias columnas se insiste en el elevado número de personas paradas, para acto seguido, comenzar una articulado en el que se van concretando el "despido libre y gratuito". ¡Que lastima que nunca hayamos conseguido lo mismo para el aborto! Pero, sí para el despido, sí, además de dar todo tipo de facilidades (bonificaciones, combinación de contratos, contratos aún más "basura" ) y aumentando el poder el empresario.

Además, esta reforma supone el fin de la protección del personal empleado. Esta reforma socava definitivamente las bases del pacto social posterior a la II Guerra Mundial por la cual el personal empleado estaba en desventaja frente al patrón y merecía una protección especial y un Derecho laboral propio. Esta reforma apuesta por los convenios de empresa, posibilita el descuelgue de los convenios y la modificación unidireccional de las condiciones de trabajo por el empresario, elimina la autorización administrativa de los ERE, pone fin a la negociación colectiva de convenios y planes de igualdad y cuestiona seriamente la representación sindical. Luego vendrá el derecho de huelga. Y lo peor de todo es ¿por qué nuestros gobernantes lo hacen? Simplemente porque la política ya no es lo que debería ser y se ha convertido en la sierva de la economía.

El gobierno democráticamente elegido ha optado por seguir el chantaje de las oscuras y poco transparentes agencias de calificación, de los mercados financieros y de los mercados, en una palabra de los que crearon con su avaricia y especulación la crisis para hacérnosla pagar a las personas que necesitamos un empleo para vivir. Pero esta no es una huelga más, no es la huelga de los sindicatos, no es la huelga de los trabajadores. Es una huelga de una ciudadanía que ve recortados los derechos laborales, pero también los sociales y las propias libertades.

La hora de la verdad

Como ciudadanos y en especial, como ciudadanas, porque sobre las mujeres está recayendo el trabajo de los servicios de atención y cuidado que el Estado deja de proporcionar, debamos decir: "Basta ya". "No somos marionetas, tenemos poder para actuar". "Podemos y queremos hacerlo". Bien es verdad que con los pocos medios que existen, pero el 29 de marzo ha llegado la hora de la verdad. Después de manifestaciones multitudinarias en las calles españolas, debemos dejar la queja inútil para pasar a la acción. Todas y todos podemos actuar. Es nuestra responsabilidad dejar que esto siga sucediendo. No podemos seguir escuchando: "yo estoy de acuerdo con la huelga, pero no la voy a hacer", seguido de argumentos fácilmente desmontables. Llegados a este punto no soporto a los apáticos e indiferentes. Me molesta su lloriqueo de eternos inocentes y acabo "odiando a los indiferentes" porque "lo que ocurre no ocurre tanto porque algunas personas quieran que eso ocurra, sino porque la masa de hombres abdica de su voluntad, deja hacer, deja que se aten los nudos que solo la espada puede cortar, deja promulgar leyes que después sólo la revuelta podrá derogar, deja subir al poder a los hombres que luego solo un motón podrá derrocar" (Gramsci; 2012:19).

Frente a estos, prefiero pensar en la cantidad de personas para las cuales cada día de su vida es una pequeña batalla colectiva. Vivir es tomar partido y en este caso, tenemos razones poderosas para hacer esta huelga y las hemos tenido y las seguiremos teniendo para apostar por la movilización colectiva. Luchamos por un mundo mejor y más justo. Somos solidarias, generosas y valientes. Y además de llamaros a todas las lectoras y lectores de este texto a no ser indiferentes, quiero recordar a mis compañeras de viaje que no debemos permitir que ningún egoísta, egocéntrico y con pensamiento único se ría nunca de nuestras luchas. Sintámonos orgullosas.

Por el respecto a las luchas de nuestro pasado, por nuestra dignidad presente y por un mejor futuro para nuestra descendencia, vamos a la Huelga General. Con la unidad y con la inteligencia, obliguemos a nuestros gobernantes a ponerse a la defensiva.

No, no nos podrán parar; somos gente con ganas de luchar
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