#TEMP
jueves 26/5/22

Negociación colectiva: el último tren

El enjuague que el art 14 de la ley de Reforma Laboral le da a la Negociación Colectiva, convierte a esta figura articuladora de las relaciones laborales en el último tren. Y en ese último tren cabe lo que cabe, muy poco, y con destino prefijado: el interés coyuntural de la dirección de las empresas.

El enjuague que el art 14 de la ley de Reforma Laboral le da a la Negociación Colectiva, convierte a esta figura articuladora de las relaciones laborales en el último tren. Y en ese último tren cabe lo que cabe, muy poco, y con destino prefijado: el interés coyuntural de la dirección de las empresas.

Desposeer a la Negociación Colectiva de sus instrumentos reglamentarios para ordenar una parte de la actividad de las empresas es un error que parece no han sabido ver las propias empresas, pero sobre todo el gobierno responsable de poner en marcha políticas industriales y de desplegar estrategias para el fomento de cualquier tipo de actividad.

Vamos a comenzar por la ceguera del gobierno. España posee una conformación empresarial muy atomizada, con más de un 96% de las empresas en el rango de pequeña, mediana y microempresa. Las especializaciones también son muy difusas, excepción hecha del turismo, no puede hablarse de ningún tipo de sector dominante en la geografía sectorial española. Este modelo “disperso” además se ubica en un territorio muy extenso y de orografía complicada. La existencia de polos o clusters de afinidad es escasa y los pocos que perviven están mal compactados y peor estructurados comparados con los grandes centros de Baviera, Gdansk o Seattle. Esta característica refuerza la condición de tejido productivo heterogéneo que es la circunstancia más reseñable del modelo español. En este contexto en forma de diáspora el despliegue de políticas industriales y la ejecución de estrategias sectoriales encuentran una resistencia muy elevada. Al margen de la excelencia o no de dichas políticas, llevarlas a la práctica en España es una cuestión muy complicada, de baja capacidad de acción directa e inmediata (como vamos a ver con la formación dual en breve). Las políticas llegan a la actividad sectorial de manera muy amortiguada y muy diferida en el tiempo. Algunas no sobrepasan jamás su reseña en el BOE.

Aquellos países que contienen una muy alta especialización como Dinamarca o Suecia, o poseen sectores tractores muy significados como Alemania o Reino Unido, disponen de una ventaja al desplegar políticas industriales destinadas al fomento y mejora de las condiciones de producción. Sus gobiernos se apoyan en los órganos de las empresas de vanguardia y éstas trasmiten a sus cadenas de valor las pautas y líneas de acción fijadas en las estrategias de fomento. Tal facilidad no se encuentra en España por su pluralismo y segmentación. Tan solo la Negociación Colectiva había logrado jugar ese papel de instrumento de organización de actividades regulatorias homogenizador en el ámbito de la economía.

Porque la negociación colectiva va mucho más allá de la fijación del cuadro de retribuciones. La negociación ha conseguido incluir en la agenda de la empresa cuestiones relacionadas con la organización de la fuerza de trabajo, la gestión de las cargas, la identificación de los perfiles profesionales, los mecanismos de mejora y adquisición de competencias profesionales, los aspectos sociales de las relaciones laborales, conciliación, etc, etc. Y la formación como eje del desarrollo de la empresa entendida como unidad social. La disolución de una parte importante del papel de la Negociación Colectiva, deja al conjunto de las empresas sin un instrumento de armonización muy difícil de reponer, y al gobierno sin un mecanismo de apalancamiento de políticas y estrategias de fomento y promoción de la actividad económica en un contexto deficitario por la singularidad del modelo empresarial español.

Pero si el gobierno no ha sabido ver que una vez que se destruye un mecanismo socioeconómico como la Negociación Colectiva no va a resultar sencillo encontrar otro que juegue el papel dinamizador que éste ha tenido, la empresa tampoco ha sido muy clarividente a este respecto. Quien crea que el mecanismo de ordenación interna de la actividad, la regulación de las relaciones sectoriales y la distribución de los beneficios de la empresa no requiere de un sofisticado sistema basado en el reconocimiento, el respeto y la experiencia del pasado, es que no sabe mucho de empresa, quizá algo de negocio o de chanchullo, que no es lo mismo.

Ya hoy se percibe el daño que la disolución de la fuerza organizadora de la negociación en las relaciones laborales causa en distintos sectores, y comienza a notarse con crudeza. Los sectores en los que el margen comercial es muy corto, como en la logística, el comercio minorista y las grandes superficies, las artes gráficas, manufacturas (por mencionar las más relevantes), las posibilidades de inestabilidad producidas por una negociación de las condiciones que no es global, deja muy expuestas las condiciones de competencia de todos los actores. Si una empresa es capaz de negociar muy a la baja tiene la posibilidad de arrasar un mercado que luego no va a poder mantener, pues su negociación ha sido temeraria y sus condiciones no pueden mantenerse para siempre. Como resultado es el sector en su conjunto quien va sufrir ese desequilibrio que proviene de la falta del mecanismo ordenador sectorial que suponía la negociación colectiva de escala sectorial.

Ocurre también a la inversa, direcciones de empresa que no habituadas a la negociación, (han dejado esta cuestión a las patronales firmante de los acuerdos) y ante un escollo (como una punta de producción) son capaces de embarcarse en políticas retributivas que no van a poder mantener superado el escollo. El resultado es similar al caso anterior.

La Negociación Colectiva es sobre todo un instrumento de generación y sostenimiento de estructuras de producción, que debidamente fortalecida podría completar el desarrollo de las políticas industriales de gobierno y compensar el riesgo excesivo tomado par algunas empresas en su cotidianidad.

Un país con tan grandes dificultades objetivas para desplegar y ejecutar políticas industriales no puede y ni debe arruinar las pocas experiencias que ha dado nuestra cultura laboral. Con la Negociación Colectiva reducida a mero trámite, desposeída de su valor instrumental, se escapa probablemente nuestro último tren para impulsar políticas industriales con carácter general, susceptibles de ser ejecutadas en tiempo y forma.

Negociación colectiva: el último tren