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viernes 27/5/22

Narcocorridos

NUEVATRIBUNA.ES - 29.3.2010...ha despertado críticas de sectores de la sociedad civil y políticos que ven en esta medida un atentado contra los principios de la libertad de expresión, y una fase más de cierta paranoia gubernamental en el tema de la delincuencia organizada.
NUEVATRIBUNA.ES - 29.3.2010

...ha despertado críticas de sectores de la sociedad civil y políticos que ven en esta medida un atentado contra los principios de la libertad de expresión, y una fase más de cierta paranoia gubernamental en el tema de la delincuencia organizada.

No se trata de algo totalmente nuevo: ya en Tijuana, ciudad de origen del diputado que la propone, la difusión de los célebres “narcocorridos” (composiciones que narran historias sobre el mundo del narco, acompañados de música “norteña”, tambora o mariachis) está prohibida desde 2008 por la radio. Lo diferente es que se pretende hacer esto a nivel nacional.

La relación de ciertos artistas con las organizaciones traficantes es un hecho probado más que un secreto a voces. Muestras son la cantidad de detenciones de grupos musicales que se han llevado a cabo por “encontrarse” en fiestas de conocidos capos (el más sonado últimamente fue el del cantante Ramón Ayala y su grupo que dijo no saber para quien trabajaba) y los casos de cantantes asesinados presuntamente por narcotraficantes (como Valentín Elizalde, el llamado “Gallo de Oro”).

Todo esto tiene más importancia de lo que aparenta, y es útil para hablar de al menos dos temas interesantes:

En primer lugar, de la tensión existente entre quien marca las percepciones, definiciones y valoraciones que los ciudadanos tenemos sobre el tema del narcotráfico. El tema del narco, aunque presente en la sociedad mexicana, solo tiene relación directa con un porcentaje pequeño de la población. La gente común tiene un punto de vista que puede tener dos fuentes últimas principales (indirectas las dos y antagónicas): la primera es el Gobierno, que define el narcotráfico como una actividad ilegal que hay que perseguir; y la otra son los propios traficantes y quienes dependen de ellos, que ven al tráfico de drogas como “una forma de vida, en la que ésta se pone en juego” (Luis Astorga).

Ahora bien, si en la construcción del punto de vista del gobierno están implicados policías, políticos, académicos, y medios de comunicación; en el punto de vista de los traficantes hay un actor que destaca solitario: el compositor de “narcocorridos”, a quien Luis Astorga (sociólogo mexicano experto en narcotráfico al que siempre hay que volver en estos temas) considera un equivalente del “intelectual orgánico”, creador y narrador de sus mitos constitutivos, de su cosmología, filosofía, forma de vida, de su odisea social. Y finalmente, artífice de la “transmutación del estigma en emblema”. La entrada en la historia de esta figura hace que La identidad del grupo social (los narcotraficantes) deje de estar sujeta a la voluntad, imaginación e intereses de quienes habían impuesto su construcción y la habían convertido en el discurso oficial, que marcaba como la sociedad “convencional” debía guiar su comportamiento frente a las drogas y los traficantes.

La situación fue desequilibrada durante mucho tiempo debido a que los traficantes (una gran mayoría con un reducido capital cultural dados sus orígenes y trayectorias sociales) solo contaban con la historia oral y los vínculos más inmediatos para transmitir sus memorias, sus códigos éticos, y sus razones para vivir al margen de la ley, señala Astorga. Pero al final, como en tantas ocasiones, fue la música el vehículo para dar a conocer a un público más amplio una versión diferente de la historia, por medio de los narcocorridos, que nacen como una auténtica “sociodisea musicalizada” de ese grupo social. Y como no, nacen en la frontera norte.

Así, por ejemplo, cuando escuchamos corridos, nunca encontraremos la palabra “narco”, perteneciente al lenguaje del gobierno, sino “contrabandista, mafioso jefe de jefes, o bandido”, y el narcotráfico no se menciona como tal sino como el contrabando (subrayando que, en México, el verdadero negocio ha sido siempre el contrabando hacia Estados Unidos, de droga o de lo que sea), o los “negocios chuecos”.

Estos corridos serían en parte resultado de encargos, y de la necesidad de tener “una especie de memoria histórica y códigos de orientación ética para quienes se dedican a esta actividad o aspiran a hacerlo”, una muestra de la necesidad de autoconstrucción de una nueva identidad de un grupo social en ascenso tratándose de deshacer del estigma de la versión oficial, como escribe Astorga; y por otro lado, una muestra de la especial fascinación que provocan los capos mafiosos en cierto segmento de la sociedad, que llega a convertirlos en “héroes” (algunos efímeros, y otros no tanto), y que se ve reflejada a su vez en otro tipo de producciones culturales del país y modas. Esta fascinación es el segundo tema que me resulta interesante dentro del asunto de los “narcocorridos”.

El periodista Diego E. Osorno, recientemente publicó un excelente artículo en el diario Milenio en el que, de la mano del pensamiento de Enszensberger, compara la mitología de los primeros capos de Chicago como Capone con lo que ocurre hoy en México con, digamos, Joaquín Guzmán (líder del Cártel de Sinaloa, prófugo, y a quien la revista Forbes catalogó no sólo como uno de los personajes más ricos del mundo, sino como de los más poderosos). Como Capone en su día, “El Chapo” Guzmán ya forma parte de la historia, pero también de la imaginación colectiva. Es ya una presencia, un fantasma que posee el don de la ubicuidad: en cada ciudad medianamente grande de la república se pueden escuchar historias de cómo entró en tal o cual restaurante, requisó los móviles de los comensales por seguridad, comió, pagó la cuenta de todos, y se fue. Estos avistamientos, probablemente falsos, han sido documentados incluso por medios extranjeros como el New York Times. Así, el capo se vuelve una de las figuras mitológicas modernas, de la que pueden hablar pobladores a lo largo y ancho de todo el país, sin haberlos visto jamás, y que rivalizan en celebridad con deportistas, políticos, y artistas. El éxito que tienen estas elucubraciones tiene sentido en pues la categoría social del traficante, debido a la ilegalidad y clandestinidad de su actividad, es opaca y prácticamente inescrutable desde el exterior. Siendo el conocimiento objetivo algo muy difícil de obtener, no es raro que lo que se sepa sobre los capos y las historias que sobre ellos se cuentan tienen siempre un contenido mítico muy marcado (Astorga).

Dice Enszensberger en “Mafia y capitalismo”: “Adaptación a todo trance, incontenible asimilación, dinamismo hipermoderno, aptitud ultracapitalista, contribuyeron a los fabulosos éxitos de los gángsteres de Chicago. Pero en la más mínima de sus acciones, en todos los rincones de su porte y de su modo de pensar, surge un elemento antagónico: se trata de su procedencia de un pasado exótico, precapitalista, no asimilado. Su modernidad decide su éxito, su antigüedad, la fascinación. Con el gángster la antigüedad se hace contemporánea, la bárbara antigüedad se enraíza en lo más nuevo”.

Esta reflexión es aplicable al contenido mismo de las letras de los narcocorridos actuales: los personajes centrales de estas composiciones inician su carrera a partir de posiciones de carencia, de pobreza y miseria, para por medio de una verdadera “odisea social” convertirse en el capo hipercaptalista que Enszernsberger describe. Los traficantes también se encontrarán adornados aquí por una serie de atributos positivos, dignos de respeto, como la valentía, la fiereza, la osadía, independientemente de su posición con respecto a la legalidad (y quizá, en países con un aparato judicial corrupto y clasista como el nuestro, en parte precisamente por ello): temidos y respetados, amigos de los amigos, y azote de soplones. Además de los casos del prototipo del “bandido héroe” o “traficante héroe”, con una larga tradición en el país.

Como vemos, la historia detrás de la censura no sólo es el hecho de buscar frenar la apología del narcotráfico en como forma de propaganda, pues esa propaganda solo convence a los ya convertidos, que encuentran en ella su referente, sus valores, sus aspiraciones y su destino más probable (Astorga). El asunto principal tras esta iniciativa legislativa es la pérdida del monopolio del Gobierno en la definición del narco. Sectores del Gobierno se encuentran ansiosos de censurarlos porque entienden que han ido perdiendo el monopolio de la producción simbólica acerca de los traficantes y su papel de guía de las valoraciones de la gente ante esta especie de “narcofascinación” que puede permear a parte de la población.

No es algo baladí: en los últimos años los narcocorridos han tenido una mayor difusión fuera de su mercado tradicional (zonas traficantes, especialmente del norte de México), gracias a la fama de algunos intérpretes que las incluyen en su repertorio. El éxito comercial, a la larga, supera el relativo peso del criterio moral de algunos sectores del gobierno y los intentos de censura. Censura que no deja de parecer hipócrita: cualquier telenovela, o película, o noticiario, hace parecer al corrido más realista un cuento de hadas.

El recurso de la hegemonía, en términos gramscianos, es lo que creo que está finalmente en juego. Si la situación actual del país es concebida por el Gobierno en términos bélicos, dicha “guerra” también será una guerra de posiciones, y muchas de ellas están en el ámbito de lo simbólico y lo cultural. Esta idea se encuentra en la tradición de la izquierda al menos desde Antonio Gramsci. Parece que algunos más, de mejor o peor manera, han tomado nota.

César Morales Oyarvide - Politólogo mexicano.

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