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jueves. 18.08.2022

México: ¿país emergente o en emergencia?

NUEVATRIBUNA.ES - 1.8.2009...una vez detectada la existencia de un nuevo virus, que implicaron disminuir la actividad escolar primero y parte de la prestación de servicios después, necesariamente implicarían menor consumo, esto es, menos ventas.
NUEVATRIBUNA.ES - 1.8.2009

...una vez detectada la existencia de un nuevo virus, que implicaron disminuir la actividad escolar primero y parte de la prestación de servicios después, necesariamente implicarían menor consumo, esto es, menos ventas. Se especula ahora si las medidas oficiales representaron una “sobrerreacción”, mas tales especulaciones provienen antes de comentaristas políticos que de epidemiólogos o de los equipos médicos, por lo que conviene dar por bueno que más valió tomar las precauciones necesarias ante lo desconocido que pecar de omisos e irresponsables. Los daños en la economía –específicos, por una contingencia de 10 días hábiles– pueden ser recuperables, cosa que no ocurre con la vida de la población en riesgo.

La emergencia no pudo conjurarse de antemano –de hecho, el surgimiento de un nuevo virus, de letalidad desconocida, era esperado por los científicos del mundo entero, aunque no se sabía dónde podría darse el brote– ni, tampoco, podían instrumentarse medidas frente a la contingencia que fueran del todo inocuas a la actividad normal de la sociedad y, por tanto, de la economía.

Pero lo anterior no quiere decir que el país nada pudiera haber hecho desde antes en materia de salud frente a los pronósticos objetivos de amenazas de epidemias, ni que la situación económica predominante sea resultado sólo de contingencias “que vienen de afuera”. En lo que toca al primer asunto, al de la salud, el año pasado el gobierno reconocía una cifra de 20 millones de mexicanos sin ningún tipo de cobertura sanitaria. Es decir, incluso sin emergencia y sin el surgimiento de un nuevo virus, prácticamente uno de cada cinco habitantes del país no tiene forma de acceder a alguna de las instituciones de salud cuando lo requiere. Una enfermedad curable, por tanto, puede volverse mortal por falta de atención, lo que con frecuencia implica simplemente que la persona que enferma o su familia carezcan de los recursos económicos suficientes para acudir a un médico en el momento preciso. Así, para los más pobres no hacía falta el brote de la influenza para estar en una permanente situación de vulnerabilidad en términos de salud.

Por otro lado, la semana y pico de afectación a ciertas actividades económicas se hace más cruda por el hecho de que ocurre sobre una economía que, de por sí, venía en declive. El Fondo Monetario Internacional dio a conocer, el martes previo a la declaración de la alerta sanitaria, que, según sus estimaciones, la economía mexicana se contraería 3.7 por ciento en 2009 y que, para 2010, alcanzaría un crecimiento de apenas el 1.0 por ciento, es decir, que al final del año próximo produciremos una riqueza menor, como economía, que la que generamos al final del año pasado. Por tanto, no fue la influenza lo que afectó a nuestra economía, sino que su incapacidad de crecer viene de antes. Tan es así que en 2007 crecimos a un modesto 3.3 por ciento y en 2008 a un 1.2 por ciento. Brasil, en los mismos años, lo hizo en 5.7 y 5.1 por ciento, respectivamente, y el FMI prevé que este año su reducción será del 1.3 por ciento –una disminución de un tercio de la nuestra– y que para el 2010 país sudamericano conseguirá crecer al 2.2 por ciento.

Para el caso de México, conviene recordar que 2008 tampoco fue un año sin eventos “externos”, pues entonces fue cuando se presentó el encarecimiento del precio de los alimentos. En 2007, tuvimos nuestro propio episodio con el precio de la tortilla. Es decir, en economía real no hay ceteris paribus (todo lo demás permanece constante o igual), sino que siempre hay cambios y, con frecuencia, son más los desafíos que las oportunidades.

Frente a este panorama cambiante de la economía global, y ahora de la salud mundial, desde México la respuesta no puede ser la resignación o reducirse a la reacción coyuntural –por atinada que sea, como sucedió con el brote del virus–, sino que es preciso recobrar las estrategias para crecer y para fortalecer el tejido económico e institucional que puede hacer frente a las diversas situaciones adversas. En materia de salud, por ejemplo, es indispensable un esfuerzo de ampliación real de la cobertura, lo que precisa de ingentes recursos fiscales que, a su vez, requieren de una economía en crecimiento para que la recaudación vaya aumentando. Pero el crecimiento económico exige inversión y, en la actual crisis, sólo es factible imaginar que ese papel de canalización productiva de recursos a la economía provenga del sector público, que a su vez se enfrenta a recursos disminuidos. En efecto, estamos ante la necesidad de aumentar los recursos fiscales para crecer, y el incremento de la recaudación exigiría una economía más dinámica. En esa trampa nos encontramos. Una ruta para resolver el dilema puede ser la obtención de recursos fiscales vía redistribución –es decir, no esperar a crecer para poder contar con más recursos susceptibles de ser invertidos en áreas clave, como la infraestructura en salud–; se trata de una alternativa no menor dada la concentración del ingreso en el país.

Sólo aspirando a que México sea una economía dinámica, en ascenso, emergente, podremos evitar seguir viviendo como un país en permanente emergencia.

  • artículo publicado el 8 de mayo, 2009.


Ciro Murayama es economista y profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México. Es editor de la revista “Nexos” y en la actualidad escribe semanalmente en “La Crónica”.

ciromurayama@yahoo.com

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