miércoles. 24.04.2024

Mitras Huecas

“Vengo como experto en humanidad” Así se presentaba Pablo VI en su visita a la sede de Naciones Unidas. No como jefe de estado ni representante supremo de una determinada confesión religiosa, sino como experto en humanidad.

“Vengo como experto en humanidad” Así se presentaba Pablo VI en su visita a la sede de Naciones Unidas. No como jefe de estado ni representante supremo de una determinada confesión religiosa, sino como experto en humanidad. El más hermoso título que el Papa debería ostentar por encima de los adheridos a lo largo de la historia y que son normalmente títulos-lapas, títulos de destrucción masiva que hacen saltar por los aires la profundización en la realidad humana, como hondura del misterio.

A la Jerarquía le resulta incómoda esta hondura del ser humano. Prefiere dedicarse a escalar la condición de un dios petrificado, silente, arrinconado. No se registra actividad de existencia en ese dios lejano, ajeno al acontecer de la historia. Ese dios es manejable a gusto de la jerarquía que se arroga el papel de intérprete de su voluntad sin que mueva un dedo para contradecirla. En nombre de esa quietud distante se han ejecutado atrocidades por las que cualquier bien nacido siente una repugnancia infinita.

Es hora de que la Iglesia se tome en serio al hombre como unidad ontológica y existencial. El hombre no es la reunificación artificial de un desguace. Su visión descuartizada no es más que la conveniencia sacrílega que permite una manipulación cómoda y una utilización orientada a metas espúrias ajenas a la existencia unitaria y creadora.

La Iglesia prefiere al hombre dividido en cuadrículas. Por un lado la sexualidad y por otro la muerte dolorosa y crujiente. La capacidad de elección, de decisión, de autonomía forman otro apartado. Puede así ir condenando uno a uno y por separado aspectos que desarticulados como unidad humana resultan incomprensibles. A la Iglesia no le interesa una visión unitaria del hombre porque la deslumbra y pierde los intereses impuros que dan prestigio, dinero, presencia Inter pares con los potentados del mundo. Es incomprensible una Iglesia estructuralmente jerarquizada, presidida por un Papa-jefe, unos cardenales príncipes, sacerdotes mayoristas de sacramentos de iniciación, de confirmación, de analgésicos de conciencias pecadoras y podríamos hablar del accionariado en empresas, de presidencias bancarios, de posesión de grandes fortunas. La Iglesia tiene un complejo de persecución mientras acumula aportaciones millonarias de gobiernos y países constitucionalmente aconfesionales como el nuestro.

La Iglesia tiene que tomarse en serio al hombre como unidad indisoluble. Sólo así, éste puede sentirse interpelado por un Dios que puso su tienda de campaña entre nosotros. El evangelio no puede ser reducido a un refranero, a un conjunto de aforismos aplicables a cualquier situación. La Jerarquía no puede desmembrar al hombre ni al mensaje liberador. Una Iglesia obsesionada por el sexo, por la idolatría del dolor, por la inhumana contradicción entre resignación y rebelión contra la injusticia, no puede seguir remitiendo a otra vida el disfrute de ser humanos, sino que debe convertirse en colaboradora de la hechura del hombre en este mundo como epifanía de la gloria que significa ser misterio, interrogante, horizonte del hombre para sí mismo.

Dos ejemplos muy recientes: la legislación sobre la muerte digna y la curación de la homosexualidad.

Es urgente que hagamos de la muerte un acto vital de dignidad. La obsesión de la jerarquía por convertir el dolor físico y la separación de los seres queridos en méritos expiatorios ante un dios sanguinolento aplacado por el sufrimiento de los humanos, revela una mentalidad salvaje, cuajada de superchería, de paganismo que hace de Dios un adicto a la sangre embriagadora de los sufrientes.

La curación de la homosexualidad es risible. Primero porque según la OMS no constituye enfermedad alguna. Segundo por la presentación de una divinidad hasta tal punto antropomórfica, que hace del sexo una obsesión que resultaría enfermiza si tal obsesión le afectara a un humano.

Que la Iglesia me convoque cuando haya retomado su función de experta en humanidad. Mientras tanto que me permita ir ahondando en la nebulosa que es la existencia, hasta que la luz inunde los adentros del misterio que somos.

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