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jueves 19/5/22

Ministro episcopal

La Iglesia parte siempre de la univocidad de la verdad. Se siente su poseedora absoluta sin posibilidad de que nadie le discuta ese dominio que le viene nada menos que del único Dios verdadero y de la fuente del derecho natural. Pero se da la paradoja de que no es Dios o la naturaleza quien deposita la verdad en la Iglesia, sino que es la Iglesia la que fabrica la verdad y asigna su origen a la divinidad o al derecho natural.

La Iglesia parte siempre de la univocidad de la verdad. Se siente su poseedora absoluta sin posibilidad de que nadie le discuta ese dominio que le viene nada menos que del único Dios verdadero y de la fuente del derecho natural. Pero se da la paradoja de que no es Dios o la naturaleza quien deposita la verdad en la Iglesia, sino que es la Iglesia la que fabrica la verdad y asigna su origen a la divinidad o al derecho natural. Naturaleza y Dios son así los depositarios de un pensamiento construido por la Jerarquía a lo largo de los siglos que busca un respaldo autoritario más allá de sus mandatarios. Por eso cuando a la Jerarquía se le pide que muestre el fundamento de muchas de sus normas nos remite, no a lo que debía ser la fuente de la revelación, sino a la tradición, entendida ésta como la vigencia de una creencia o práctica impuesta a lo largo del tiempo sin autocrítica alguna.

Con este bagaje ideológico, la Iglesia se siente en el derecho de despreciar logros científicos, actitudes humanas, novedades conseguidas en el quehacer humano y humanizante de la vida. Construye incluso una cosmovisión que hace de la tierra el centro del mundo. Y cuando la noria cósmica invierte su camino tarda siglos en reconocer su error y pasa de puntillas sobre su propia equivocación. Mucos giros copernicanos necesita la Iglesia para adquirir un mínimo de coherencia con la ciencia, el devenir humano y la consecución de metas humanizantes que vamos arañando a la historia para hacer un mundo más habitable.

Desde esa conciencia de dominio absoluto, la Iglesia ha tratado de imponer siempre su moral sobre cualquier tipo de legislación que surja de la tarea libre del hombre. España tiene experiencia de este predominio de los religioso sobre lo civil.. Durante cuarenta años el desacuerdo con el régimen dictatorial del caudillo por la gracia de Dios era automáticamente un pecado contra la divinidad. No existía, por ejemplo, el matrimonio civil porque el mandato eclesiástico obligaba a la recepción de un sacramento impuesto por la Iglesia e instituido por el mismo Cristo. Lo importante en los amaneceres no eran las balas que segaban vidas, sino el sacramento del perdón otorgado por un sacerdote para que los fusilados fueran al cielo.

Parte la Iglesia de que la sexualidad no debe ser una fuente de placer vital, ni un acto de comunicación amorosa, ni una plenitud de vivencia. Es única y exclusivamente un factor de procreación. Y cuando éste no se da por voluntad expresa de quienes ejercen el amor, se trunca su fin exclusivo y se convierte en pecado. De forma que la relación sexual viene definida por la pareja que la vive y un Dios que deposita el alma en el instante mismo del encuentro amoroso, fijándose en ese mismo momento la vida de la persona en cuanto persona, la vida humana en cuanto humana.

Ni la ciencia ni la filosofía coinciden con esta visión. Pero la Iglesia no admite que ninguna disciplina humana se oponga a su decisión proclamada y atribuida al Dios que inspira su legislación. Y volvemos al principio: no es Dios quien deposita esta teoría en la Iglesia, sino que es la Jerarquía la que hace responsable a Dios de sus leyes.

Cuando el ministro Gallardón retrotrae la legislación sobre el aborto a una fecha anterior al 85, está convirtiéndose en obispo dogmático y abandonando su capacidad de legislador ajeno a los designios eclesiásticos que tiene en cuenta la ciencia y el desarrollo humano para legislar desde un Parlamento aconfesional. Retoma la visión franquista de que es malo civilmente lo que eclesiásticamente es perverso. El ministro se coloca la mitra episcopal y hace de España su propia diócesis.

La mujer queda expropiada de su cuerpo, de su sexualidad, de su maternidad responsable, de su grandeza, de su misterio de mujer para sufrir el yugo de una imposición que la releva de su responsabilidad en la toma de decisiones. Y resulta inexplicable que no pueda abortar una mujer cuyo feto padece graves malformaciones y sí pueda hacerlo si ha sido violada. Confunde el ministro al concebido con el nasciturus sin explicar por qué es impracticable legalmente el aborto de un feto malformado y sí el de una mujer violada. Tal vez Dios estuvo presente en el acto amoroso de la primera pareja y llegó con retraso a la sacrílega violación de la segunda.

Hay que urgir al reconocimiento pleno de la libertad femenina. La mujer no llega a la plenitud de mujer cuando es madre (como proclama Gallardón) La mujer es plenamente ella misma cuando consigue hacer de su vida un proyecto consciente, liberalizador y humanizante.

Ministro episcopal
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