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miércoles. 28.09.2022

Memoria de banca pública

Pareciera que la crisis condicionara todo, y que incluso afectara a nuestros sentidos y funciones vitales. Especialmente está afectando a la memoria, de una manera tan selectiva que quienes utilizan la crisis para aplicarnos las peores recetas neoliberales de recortes y ajustes han conseguido también “recortarnos” los recuerdos, aquellos que no les interesa que mantengamos.

Pareciera que la crisis condicionara todo, y que incluso afectara a nuestros sentidos y funciones vitales. Especialmente está afectando a la memoria, de una manera tan selectiva que quienes utilizan la crisis para aplicarnos las peores recetas neoliberales de recortes y ajustes han conseguido también “recortarnos” los recuerdos, aquellos que no les interesa que mantengamos.

No hace mucho tiempo que todavía podíamos ser clientes de lo que se podía llamar “banca pública” en torno al grupo de sociedades bancarias de Argentaria, y que estaba compuesto por la Caja Postal, el Banco Hipotecario, los Bancos de Crédito Local, Industrial y Agrícola, y el Banco Exterior, creo recordar. No destacaban por sus grandes y onerosos productos financieros, ya que para eso ya estaban otros bancos, que incluso ya entonces hubo que rescatar de la “gran” gestión de sus dirigentes, como en el caso de Banesto. Pero estas sociedades bancarias públicas si cumplían una misión social y económica de primer orden, facilitando el acceso a créditos sectoriales en función de las necesidades de los clientes y de su actividad e interés. Se ve que ya entonces no interesaba facilitar la actividad económica ciudadana, de la gente normal, de la que vive de su trabajo, o lo busca, o de su pequeño negocio, y se prefirió “entregar” gratuitamente Argentaria a un banco, que en reconocimiento a su adquisición sólo mantuvo su inicial, la A, en su acrónimo, pasando a ser BBVA.

Pero hubo “banca pública” en nuestro país, no lo hemos soñado, ni lo queremos soñar cuando lo planteamos ahora como una de las soluciones urgentes e imprescindibles a la crisis financiera que los poderes especulativos nos hacen padecer.

Hace aún menos tiempo, y sin ser “banca pública” las cajas de ahorros permitían paliar su carencia en lo que a crédito se refería, además de otras líneas sociales como la participación de sus trabajadores y de sus clientes con cuenta (impositores) en la elección de sus órganos de dirección y gestión, tanto directamente, como indirectamente a través de sus representantes políticos locales y autonómicos, y los proyectos educativos y culturales de sus obras sociales.

Tanto les molestaba este modelo a determinadas opciones políticas y poderes financieros que prefirieron justificar su integración en bancos privados (propiedad de grandes accionistas multimillonarios) ante la corrupción generalizada de los dirigentes de muchas cajas, dirigentes puestos ahí por esas mismas opciones políticas y esos mismos poderes financieros.

Y ahora nos encontramos con que esos bancos creados, a partir de muchas cajas, necesitan que el estado les “intervenga” en parte, aportándoles dinero público, que luego veremos como devuelven, para evitar su quiebra, fruto de la misma especulación que motivó la crisis financiera.

Pero se sigue sin facilitar el crédito bancario necesario para reactivar la economía real, la de la gente que trabaja, o busca trabajo, y necesita pagar su consumo, la de las pequeñas empresas a las que clientes y administraciones les debe pagos de meses y años, y se sigue recortando la inversión necesaria en educación, sanidad y otras políticas sociales, que curiosamente a quienes más afecta también es a la gente que vive de su trabajo y no de la especulación.

La promoción de una banca pública se antoja como imprescindible ante el colapso especulativo y financiero al que nos abocan los especuladores financieros. Tengamos memoria, pues.

Memoria de banca pública
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