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jueves 26/5/22

Maltrato y teléfono

Vaya por delante lo escrito un poquito más arriba. O sea, que cualquier iniciativa que busque la lucha decidida contra el maltrato bienvenida sea. Pero la idea de un teléfono para que el hombre canalice su agresividad no acabamos de verla clara.
Vaya por delante lo escrito un poquito más arriba. O sea, que cualquier iniciativa que busque la lucha decidida contra el maltrato bienvenida sea. Pero la idea de un teléfono para que el hombre canalice su agresividad no acabamos de verla clara. ¿De verdad alguien puede pensar de manera tan angélical? ¿Alquien puede creer que un maltratador llamará antes por teléfono para desahogarse, evitando así la bofetada, el golpe, el navajazo, el asesinato?

Prefiere uno pensar que el hombre que llame antes de someter a su compañera a la brutalidad, sería muy raro que terminara maltratándola. El problema está en aquellos que no sólo no llamarían nunca, sino que, además piensan que les asiste toda la razón y que tienen todo el derecho al golpe y que jamás se arrepentirán de sus acciones. Al margen de la ingenuidad de la iniciativa, con actuaciones así parece ignorarse el perfil del maltratador, poco dado a anunciar sus dudas a un teléfono. Y mucho menos a confesar previamente sus intenciones.

El maltrato tiene una variada casuística. Pero, probablemente, una de las más importantes, que no la única, haya que buscarla en una cultura en la que se ha rendido culto al machismo, la gallardía, la hombría..., conceptos basados ancestralmente en una educación, tanto religiosa como civil, que ha antepuesto al hombre sobre la mujer en sus leyes, sus ceremonias y sus costumbres.

Y eso sólo puede solucionarse desde la cuna. Con hogares donde el respeto al otro, al padre, a la madre, a los hijos, al otro, en definitiva, sea norma y conducta. En escuelas donde se eduque desde la óptica de que a hombre y mujer les une su condición de ser humano. En ambientes de trabajo donde el salario, las condiciones, la promoción profesional nada tenga que ver con el hecho éste sí diferencial- del sexo de cada uno.

Sólo puede diferenciarse en una sociedad en la que el valor primero sea el respeto mutuo, la igualdad de oportunidades, la capacidad de medir a un ser humano por su propia capacidad.

Arrastramos en nuestro país un pesado lastre en este sentido. Desde las cartas de Pablo de Tarso que aconsejaba a la mujer someterse a sus maridos o considerarlas incapacitadas para el sacerdocio, pasando por la copla que hacía apología del navajazo o leyes que durante años impidió a la mujer el voto, abrir una cuenta corriente o relegarla a un segundo y humillante lugar de cola.

Ojalá que el teléfono sirva de algo. Pero creo más bien que la lacra de la violencia, además de leyes como las existentes que condenan lo que antes era delito menor y justificable, es una enfermedad terrible que cura, sobre todo, la educación, la cultura, el convencimiento de que somos iguales hombres y mujeres ante la ley y ante la sociedad. Confío en que las nuevas generaciones, criadas y crecidas en otros valores, avanzarán en un camino que siempre tenía que haber sido el mismo.

Se ha citado en estas mismas páginas a Gioconda Belli. Volvamos a hacerlo. De la belleza de sus versos podemos y debemos sacar provecho:

¿Cómo decirte
hombre

que no te necesito?
No puedo cantar a la liberación femenina
si no te canto

y te invito a descubrir liberaciones conmigo.

¿No es una invitación maravillosa?

Maltrato y teléfono
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