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miércoles. 29.06.2022

Los humos de Gallardón

nuevatribuna.es | 10.02.2011El truco del dúo Gallardón/ Botella para ocultar la nube de veneno que impregna el aire que respiramos los ciudadanos madrileños es uno de los ejemplos más acabados y siniestros de la degradación de las instituciones democráticas.

nuevatribuna.es | 10.02.2011

El truco del dúo Gallardón/ Botella para ocultar la nube de veneno que impregna el aire que respiramos los ciudadanos madrileños es uno de los ejemplos más acabados y siniestros de la degradación de las instituciones democráticas. O sea: si en un lugar de la ciudad hay unos índices de contaminación superiores a los que permite la normativa de nuestros queridos socios de la UE, pues, nada ,se cambian de sitio las estaciones medidoras, se ubican -es un decir- en medio de la Casa de Campo y se acaba con el apestoso asuntillo. Al menos hasta que los “mercados” decidan crear una gran urbanización de rascacielos en tan interesante espacio urbano.

Contaminación haberla hayla, claro, pero sólo para los pulmones y bronquios de cada ciudadano. La contaminación -según la ingeniosa neodoctrina Gallardón / Botella- es un tema que incumbe a cada sujeto individual ya que, en uso de su libertad personal, todo contribuyente puede renunciar a respirar cuando le parezca oportuno. La cuestión es que ese cóctel compuesto por 2/4 de CO2, 1/4 de NO2, mezclado convenientemente con pizcas de PM10, dioxinas, ozono troposférico, dióxido de nitrógeno, azufre y demás letales elementos -que nos metemos entre pecho y espalda las veinticuatro horas por el mero hecho de respirar- no existe oficialmente y, ni mucho menos, produce daños para la salud. Todo ello gracias a que -¡alehoop¡- han trasladado subrepticiamente a lugares con menos contaminación los sensores controladores. Ítem más: cuando se ha descubierto el tinglado, gracias a la denuncia del fiscal de medio ambiente, entonces -,al más depurado estilo trilero, van y se excusan con el argumento de que lo que está pasando es que las exigencias de control medioambiental son demasiado severas y que lo mejor sería una moratoria hasta las calendas grecas. Por si fuera poco tanto cinismo y descaro, el siempre impoluto de culpa Gallardón, recurre al arma final, al arma de neutrones del argumentario político a la page y denuncia, en plan acusica, que el auténtico responsable de que nos endilguen unas dosis tan desaconsejables del gaseoso veneno es, nada más y nada menos, que el mismísimo ZP. Ya se sabe que el gobierno incentiva la compra de vehículos diesel, que son los que más emiten el jodido NO2. ¡Vaya con el listo¡

Los múltiples palmeros -sean del voluntariado o de pago- que tiene Gallardón en los medios de derecha, centro, izquierda o de lo que sea, se esfuerzan desde siempre en hacernos creer que ese señor es verdad que es de derechas, pero, ¡cuidado¡, de derechas civilizada, europeo, moderado, culto, muy fino y educado. En definitiva, un político profesional con vocación de servicio público. Un político de la estirpe de los Andreotti / Churchill / Major / Giscard D’Estaing / Kohl /De Gaspari / Erhard / Pompidou y demás elenco de gente algo de derechas, desde luego, pero verdaderos servidores de la Res Pública. Pero se olvida que ese tipo de políticos existían, si acaso, en un tiempo en que la política liberal de la Cosa Pública todavía no había derivado exclusivamente en Cosa Nostra.

El caso de la contaminación que nunca existió no es, al fin y al cabo, mas que una pieza en ese edificio de incompetencia, despilfarro y manipulación que es inmanente al Gallardón style. Este hombre es incansable en su contumacia. No le basta con dejar en la ruina a la ciudad con una deuda inconcebible (7.200 millones de euros); de rodearnos de una iconografía megalómana a mayor gloria del propio faraón; tampoco tiene objeción liberal a la hora de elevar los impuestos un 130%; ni tiene escrúpulos democráticos en ser cooperador necesario en el oprobioso tamayazo de su correligionaria Aguirre; ni vacila en amparar el expolio de los intereses públicos que supuso la operación de aquella inefable ciudad deportiva; ni tiene corazón al engañar a los madrileños con el rollo aquel de “tengo un corazonada”, que costó un ojo de la cara; como tampoco tiene escrúpulo en abreviar la recogida de basura de nuestras calles, ni achicar el alumbrado público, ni reducir los esqueléticos servicios sociales, ni escatimar las plantillas de bomberos, ni aligerar los sueldos de los trabajadores, ni arruinar a los proveedores y lo que sea menester, pero, eso sí, pagar con el señorío que le caracteriza los patéticos fastos de la españolísima calle Serrano. Ese liberal -demócrata de toda la vida- no mueve un músculo de honradez cuando, preso de una incontenible cólera, azuza la demagogia, el matonismo dialéctico y la discordia tribal contra los catalanes porque, al parecer, el gobierno de Innombrable le impide seguir aumentando la apuesta por su continuidad en la poltrona con la pasta de todos los ciudadanos.

A lo que parece este hombre es más invulnerable que el legendario hombre invisible: todo el mundo sabe que está en la escena del crimen que se perpetra con saña contra nuestra ciudad, pero nadie quiere afirma que lo vio por allí. Aunque le caigan encima mil casos Malaya o Guateque y la mayor deuda existente en el Reino de España, ese señor siempre tiene mil testigos dispuestos a jurar que él nunca estuvo allí y que los malos eran los progres trasnochados, los antimadrileños y los envidiosos de siempre.

Mientras tanto el amigo Gómez y el amigo Lissavetzki a lo suyo, es decir, abismados en la interesantísima disputa sobre si éste de las listas es mío y el de más allá tuyo. Muy bueno también lo de IU reforzando la vanguardia con la depuración de Inés Sabanés. Todos a una, enzarzados en si eran galgos o podencos los que se comieron el puchero. Así, se dice, se las ponían a Felipe II.

Cuando Marco Tulio Cicerón pronunció ante el Senado de Roma sus célebres catilinarias no pensaba, por supuesto, en Gallardón .Pero al leerlas hoy no puedo dejar de pensar en ese humeante caballero:

“¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?”

“¿Hasta cuándo esta locura tuya seguirá riéndose de nosotros?”

“¿Cuándo acabará esta desenfrenada audacia tuya?”

Orencio Osuna

Los humos de Gallardón
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