lunes 29/11/21

Los costes sociales del paro

Con la crisis desencadenada en 2007 el desempleo en el mundo ha alcanzado la cifra de 210 millones. Un incremento del número de desempleados en el planeta, de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de 30 millones a lo largo de estos tres años. Las tres cuartas partes de dicho aumento se concentran en las economías avanzadas.

Con la crisis desencadenada en 2007 el desempleo en el mundo ha alcanzado la cifra de 210 millones. Un incremento del número de desempleados en el planeta, de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de 30 millones a lo largo de estos tres años. Las tres cuartas partes de dicho aumento se concentran en las economías avanzadas. Entre ellas, Estados Unidos (que ha llegado a siete millones y medio de parados) y España (donde hemos sobrepasado los cuatro millones y medio de desempleados). En el conjunto de las economías desarrolladas el porcentaje de paro ha aumentado en 3 puntos porcentuales, alcanzando un porcentaje del 8,3% al final de 2010. Todos sabemos que en nuestro país los porcentajes han crecido mucho más: cerca de 12 puntos, pasando de un ocho y medio por ciento a un veinte por ciento.

Un reciente estudio, nada menos que del Fondo Monetario Internacional (FMI), – “The Human Cost of Recessions: Assessing it, Reducing it”, de Mai Chia Dao y Prakash Loungani – sobre las consecuencias de la crisis pone en evidencia algunos de los costes humanos y sociales de este desbocado aumento del paro.

Entre los efectos que se mencionan cabe destacar, entre otros, los siguientes. En primer lugar, la pérdida de empleo tiene como inmediata consecuencia una pérdida de renta, lo que no necesita explicación. No tan palmario resulta, en cambio, que tal pérdida no tenga efectos sólo a corto sino también a largo plazo: un estudio americano muestra que quince o veinte años después de haber perdido el empleo como causa de una recesión económica, las personas afectadas sufren un retroceso de un 20% en sus remuneraciones en comparación con los que pudieron conservar sus empleos. El mismo análisis realizado en Alemania, llega a la conclusión de que se mantiene un retroceso salarial de entre un 10 y un 15% al cabo de un espacio de 15 años. Estos efectos adversos en los ingresos a lo largo de la vida son más pronunciados cuando el desempleo afecta a los jóvenes, especialmente cuando tal circunstancia se produce después de completar sus estudios universitarios. Y al consolidar su vida familiar y perder movilidad, concluye el estudio, les resulta más difícil recuperarse de una “degradación cíclica”.

Pero más allá de las consecuencias monetarias, una gran crisis como la que estamos viviendo implica otros varios efectos negativos. Por ejemplo, sobre la salud de los trabajadores que se quedan sin empleo. Diversos estudios que maneja la revista del FMI - Finanzas&Desarrollo - que toman en cuenta el análisis de lo que también aconteció durante la crisis de los años treinta del pasado siglo, concluyen que, a corto plazo, se evidencia una mayor probabilidad en los parados de crisis cardíacas y de enfermedades vinculadas con el estrés. A más largo plazo, se constata una reducción de la esperanza de vida de entre un año y un año y medio para las personas afectadas.

A su vez, los niños son víctimas indirectas de la crisis. Los infantes cuyos padres perdieron el empleo tienen un 15% más de probabilidades de repetir curso. Además, a largo plazo, la pérdida de ingresos de los padres como consecuencia del paro también repercute en los ingresos de los hijos: éstos consiguen salarios inferiores en un 10%, según un estudio canadiense. Por su parte, en Suecia se ha observado una correlación entre un menor ingreso de los padres y una mortalidad considerablemente mayor de los hijos con el paso del tiempo, aún después de considerar el ingreso y la educación de éstos.

El paro prolongado afecta asimismo, según el estudio, a la cohesión social, impacto que ha medido el FMI mediante sondeos. Así, por ejemplo, los jóvenes entre 18 y 25 años afectados por el desempleo – y durante esta crisis el paro juvenil ha aumentado en un porcentaje sensiblemente superior al de crisis precedentes – tienen menos confianza en las instituciones públicas, creen menos en los partidos políticos, los gobiernos y en las virtudes de la democracia. Y se muestran mucho más dispuestos a seguir a “hombres providenciales” y políticas populistas.

Tales repercusiones no se manifiestan sólo en los jóvenes. De acuerdo con el estudio que comentamos, en un contexto de crisis acompañada de altas tasas de desempleo, las encuestas muestran que incluso las personas no afectadas directamente por el paro pero que viven en un ambiente dominado por el desempleo y por sus secuelas sobre la “descohesión” social, tienden a tener el mismo tipo de reacciones. Los años 1930, se señala en la publicación mencionada, ya demostraron suficientemente las devastadoras consecuencias a las que podía conducir la pérdida de cohesión social.

La experiencia histórica, por otra parte, nos enseña que las crisis financieras – como recordaban recientemente en un artículo Michel Aglietta Lionel Jospin – suelen suponer una prolongada disminución de la actividad económica y del empleo. Y son mucho más duraderas que los simples cambios de coyuntura o las crisis financieras que sólo afectan a un país, como las de México, Japón o Suecia.

En esta tesitura, concluye la publicación del FMI (no sin que ello resulte paradójico con las recetas que viene recomendando actualmente la institución), sólo las políticas públicas de apoyo a la demanda y de ayuda a los parados y a las víctimas de la crisis son capaces de contrarrestar sus efectos.

Los costes sociales del paro
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