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domingo. 26.06.2022

Las tres leyes de la política

¿Sería útil incluir en la programación mental de los ejecutivos y legislativos las que me atreveré a denominar “Tres leyes de la política”?...

El 23 de Diciembre de 1940, durante un encuentro con su colega John Wood Campbell, el escritor y bioquímico Isaac Asimov se adelantó a su tiempo, y al nuestro, estableciendo las conocidas como: “Tres leyes de la robótica”:

- Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

- Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª Ley.

- Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª Ley.

La razón de esta tríada de postulados nucleares dirigidos a definir las futuras bases de la interacción entre creadores, humanos, y creaciones tecnológicas, robots, estuvo fundamentada en lo que entonces Asimov predijo como una futura incertidumbre de nuestra especie, un temor al que el ser humano acabaría enfrentándose ante unas máquinas que hipotéticamente pudieran rebelarse contra aquellos que las concibieron. De intentar siquiera desobedecer una de esas leyes, el cerebro positrónico del robot resultaría dañado de inmediato e irreversiblemente inutilizable. Esa fue la idea que, asomándose al porvenir con lucidez, alumbraron Asimov y Campbell en aquella lejana charla entre amantes de la Ciencia.

Ya entrados en el siglo XXI, instalados en nuestro país en este enajenado presente popular que hace no tanto nos hubiera sonado a pesadilla-ficción: Leyes Gallardón, Leyes Montoro, Ley Wert, bacanal de recortes en derechos y libertades, orgía de desigualdades y gran teatro de multimillonarias ayudas, rebajas y regalos públicos a grandes empresas privadas, “Marca España”, enfrentados a las insoportables paradojas vinculadas a la generalizada sobrepolítica actual, estando como estamos, viendo lo que vemos, me pregunto si, probablemente, sería conveniente adecuar las tres leyes establecidas en aquel entonces por el gran escritor de origen ruso a nuestro desolador paisaje nacional. Se trataría de aplicar sus preceptos a otra casta, no-tecnológica en este caso, pero tremendamente peligrosa una vez llegada a su irreversible disfunción. Una desbocada estirpe de privados gestores públicos, instalada cómodamente en su particular edad de oro, a los que probablemente se les debería aplicar un control tan férreo como el propuesto por Asimov en el ámbito de la robótica. Su permanente contradicción con las necesidades y querencias de la mayoría a la que, en lugar de servir con honestidad, utilizan interesadamente, así como sus reiteradas mentiras dirigidas a los únicos que les podrían dar sentido, a aquellos para quienes trabajan y de quienes cobran, la ciudadanía, son, bajo mi punto de vista, poderosas razones que podrían avalar un paso de este calibre.

Permaneciendo en la estela de Isaac Asimov, adaptándolo y desde mi admiración a su obra, sigo preguntándome: ¿sería útil incluir en la programación mental de los ejecutivos y legislativos que están defenestrando nuestra sociedad a velocidad Warp, las que me atreveré a denominar “Tres leyes de la política”?:

- Un político no puede hacer daño a un ciudadano o, por inacción, permitir que un ciudadano sufra daño.

- Un político debe obedecer las órdenes dadas por los ciudadanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª Ley.

- Un político debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª Ley.

Tengo la fundada sospecha de que si aplicáramos, introdujéramos, programáramos estas tres leyes básicas en el código fuente de los “cerebros” sobrepolíticos actualmente operativos entre la frontera con Francia y el estrecho, e incluso más allá, en cuestión de minutos todos los pertenecientes a dicha casta asociada a nuestra gobernanza antipolítica presente quedaría, quedarían, a imagen y semejanza de los robots que infringieran cualquiera de las tres leyes de Asimov, inertes, inutilizables, inoperativos de manera irreversible, solo que en este caso, no se trata de máquinas, exclusivamente para el ejercicio de la función pública. Y quiero imaginar que a partir de entonces llegaría la hora de empezar de nuevo. Llegaría el momento de convertirnos en constructores, pero no con ladrillos ni siguiendo planos de un Calatrava insultantemente pagado; llegaría la ocasión propicia para ejercer de promotores, en las urnas, en los foros, en las calles, pero no especulando con sobrepolíticos-burbuja, falaces y sin escrúpulos; llegarían las ideas, la esperanza, las respuestas sostenibles, una sociedad compartida de forma justa, comprometida y equitativa. Sería entonces cuando, como comunidad y como individuos, recordando quiénes somos y qué debemos significar en un estado de derecho legítimo, asumiéramos con convicción y coraje, una vez asimiladas las consecuencias de no tan pasadas cegueras y conformismos, el convertirnos en precursores de aquellos políticos y gobernantes nacionales presentes y futuros que, además de eficaces y humanos, faltaría, fueran también, tanto en su labor pública como en sus cuentas corrientes e inversiones privadas, simplemente, como suena, decentes.

Las tres leyes de la política