domingo. 26.05.2024

Las amargas lágrimas de Pilar Manjón

Cuando Manuel Cobo -el fiel secuaz de Gallardón- dijo a Pilar Manjón, que "cualquier día tendrían que hacer un monumento para las putas de Montera", no profirió una vileza motivada, quizás, por el estrés que produce tener que gestionar el ayuntamiento de Madrid paralizado por la ruina, sino una expresión genuina del odio y el rencor que anida en todos los rincones del PP contra esa mujer digna y decente.

Cuando Manuel Cobo -el fiel secuaz de Gallardón- dijo a Pilar Manjón, que "cualquier día tendrían que hacer un monumento para las putas de Montera", no profirió una vileza motivada, quizás, por el estrés que produce tener que gestionar el ayuntamiento de Madrid paralizado por la ruina, sino una expresión genuina del odio y el rencor que anida en todos los rincones del PP contra esa mujer digna y decente. El día que Pilar Manjón -en la comisión de investigación del congreso sobre el 11 M- acusó a políticos y medios de comunicación de utilizar los atentados en beneficio propio estaba escribiendo un destino de vendetta inextinguible por parte de todos aquellos que quisieron manipular la masacre para obtener votos, poder y prebendas. Esa mujer fue capaz de mirar a la cara a esos diputados (Zaplana, Pujalte, Moragas y demás, que se morían de risa) y espetarles su inolvidable frase “¿De qué se ríen, sus señorías?”, con la que desnudó ante todo el país toda la abyección moral de la que eran capaces esos fulanos. Pilar Manjón se convirtió aquel día en el símbolo viviente que recordaba a la derecha fanatizada su pérdida del poder y, en consecuencia, en el oscuro objeto de un odio irracional y monstruoso.

En torno al 11 M, la extrema derecha patria -bajo la mirada complaciente de su protector padre, el PP- ha construido un relato conspiratorio de una potencia creadora que bien se puede medir, sin menoscabo alguno, con las más famosos del mundo. Umberto Eco nos documenta en su reciente novela, “El Cementerio de Praga”, como una abigarrada conjunción de impostores y falsificadores, en la Europa del siglo XIX, fueron capaces de urdir la invención del Protocolo de los Sabios de Sión para culpar a los judíos de los más aborrecibles crímenes. Leyendo a Eco uno no podría creer que una patraña tan majadera pudiese tener tanto éxito, más allá de inspirar todo tipo de gags sobre la estupidez universal. Esa farsa, tejida y pagada por políticos sin escrúpulos, podría ser una muestra de ingenio inocuo, sino fuera porque sirvió como pretexto a los progroms y los guetos y que culminó en la “solución final” de millones de judíos en la 2ª Guerra Mundial.

La galería de teorías  conspirativas alternativas que en el mundo son y han sido abarca todas las categorías, desde lo más frívolo a lo más trascendente: así alguno se puede desgañitar  afirmando  que los triunfos del Barça  frente al Real Madrid no son más que la lógica  consecuencia de la confabulación de los árbitros y ZP; el de más allá afirma tajantemente que  las imágenes de Amstrong y Collins pisando la superficie de la luna fueron rodadas en Hollywood; ese de acá jura por lo más sagrado que ha visto a Elvis Presley  hace unos días paseando por Memphis; no faltarán tampoco los que nos demuestren con datos irrefutables que el Valle de los Caídos fue construido por rojos arrepentidos, que el 11 S fue cosa del Mosad y la KGB, que a Kennedy lo mató Onassis, que Juan Pablo I fue asesinado por orden de Al Pacino o que Berlusconi es víctima de una intriga de los comunistas … ¡qué más da¡. La cuestión es fabricar realidades alternativas con todos los materiales de la imaginación con el objeto unas veces de divertir al personal, otras lucrarse vendiendo historietas, otras más mangonear los hechos para zafarse de las responsabilidades propias y, mutatis mutandi, trocar las víctimas en verdugos.

Resulta extraño llegar a la conclusión de cómo es que, a pesar de todo lo escrito y proferido por sujetos de la talla de Vidal, Losantos, Alcaraz, Aznar, Pedro Jota y sus adláteres, aún no esté suficientemente esclarecido para los tribunales, la policía, los servicios secreto propios y foráneos, los medios de comunicación locales e internacionales, para la mayoría de la opinión pública española y mundial, lo que pasó ese funesto día. Conviene que quede claro al común de los mortales lo que nos quieren decir con eso del “queremos saber” que proclaman, puesto que ellos parecen saberlo todo del caso, de cabo a rabo, de la a a la z, de pe a pa. Es decir, por lo que se puede colegir de lo que dicen y escriben unos y otros, los atentados fueron diseñados (sin presunción alguna) por el alto mando de ETA, ejecutados por un grupo de narcotraficantes magrebíes en su mayoría confidentes de la policía, todos ellos encubiertos por mandos policiales obedientes a antiguos altos cargos del gobierno de Felipe González y, finalmente, ocultados por jueces y tribunales prevaricadores afectos a los conspiradores. Como todo crimen ha de tener su qui prodest aquí se trata de quitar el poder al PP y entronizar al PSOE. Es decir que ETA, el PSOE, el terrorismo islamista, los mandos policiales y los tribunales, en infernal alianza,  desencadenaron la brutal matanza de los trenes y  conspiraron para ocultar las pruebas.¡Eso si que son delitos gordos, sí señor¡ ¡Y el Fiscal general del estado no dice ni mu, ante tanto desafuero¡

Bien es cierto que el argumento es demasiado fantasioso y recargado dada la complejidad que supone reunir en una conspiración a tantos actores con intereses tan disímiles. También se puede afirmar que la historieta pierde credibilidad y fuerza dada la curiosa circunstancia de que era la supuesta víctima (el PP) es la que estaba la que estaba al mando del gobierno y, por tanto, se supone que algún control ejercería sobre la Triple Alianza Ultraterrorista (PSOE, ETA, Al Qaeda). Puede que la explicación a tan singular paradoja se encuentre en que el presidente Aznar y sus ministros tuviesen ya la vista puesta en sus futuro profesional particular mas que en las obligaciones de sus cargos públicos, lo cual es muy humano dada la dura vida del poder. Los actores principales de la trola que quisieron endilgar a los españoles esos ominosos días han encontrado magníficos acomodos: el presidente Aznar ya es millonario gracias a sus contactos posiraquíes; el ministro Rajoy puede que pronto sea presidente del gobierno y nos vamos a enterar de lo que vale un peine; Acebes recibe su óbolo de ex Caja Madrid y Zaplana de la ex Telefónica.

El hecho de que la Teoría de la Conspiración sea un amasijo delirante de paparruchas e infundios, con más aporías que las de Zenón de Elea es insuficiente para demostrar la mala fe de sus arquitectos. Su fallo, el auténtico fallo de la grotesca patraña  de la conspiración del 11 M, radica en que, sumados uno a uno, hubo 192 personas muertas de verdad, que también hubo 1878 heridos de esos que sangran de verdad, que miles, decenas de miles, de personas de verdad se quedaron uno a uno de verdad sin su hijo, sin su novio, sin su padre, sin su madre, sin su amigo, sin su amante, sin su compañero, sin su colega, sin su hermano…y, en cambio, el “queremos saber” de esos  “peones negros” es una oscura cortina fabricada con embustes para ocultar las vergüenzas de de los que fueron pillados in fraganti  en sus manipulaciones, falsedades y  mentiras.

La frase de Manolo Cobo es imperdonable por su grosería, desde luego, pero, más allá de de esa manera borde y achulada, más propia de un ambiente de bar de putas que de unas dependencias públicas, aunque también es posible que ciertas dependencias públicas se asemejen cada vez más a las casas de lenocinio, lo cual sería una teoría alternativa razonable que explica el enojoso incidente. Sin embargo, las palabras de Cobo van más allá puesto que en ellas late el mismo rencor que inspira Pilar Manjón a muchos otros de sus camaradas. Es pausible que cada vez que la ven a todos ellos les resuene en sus oídos aquel “¿De qué se ríen, señorías?” y, en vez de ruborizarse como correspondería si tuviesen algo de vergüenza, van y se cabrean muchísimo. Desdichadamente no se trata de un incidente aislado ya que el régimen Gallardón/Aguirre que padecemos en Madrid, trabaja desde la primera hora en comandita para achicar, humillar, injuriar, silenciar a Pilar Manjón y su Asociación 11 M Víctimas del Terrorismo. Han impedido que aparezca en los medios públicos de la CAM, han financiado y favorecido una asociación de víctimas afines al PP, han negado toda ayuda económica a la asociación, han sido objeto de un desdén provocador por parte de sus voceros. Ella representa el enemigo y, ya se sabe, al enemigo, ni agua. ¿Por qué consideran a esa mujer, que perdió a su hijo en uno de los trenes de la muerte, una odiada enemiga? ¿Puede que sea, acaso, una testigo de cargo de la ignominia en la que incurrieron los mentirosos?

Han pasado ya seis años desde que el 11 M pasase a convertirse para muchos en uno de los recuerdos más imperecederos de nuestras vidas. Todos recordamos dónde estábamos y qué pensamos cuando conocimos la fatídica noticia. Algunos de los culpables principales del drama están en la cárcel, otros se suicidaron, otros huyeron y desaparecieron quizás para siempre. Parece que el transcurrir del tiempo todo lo hace olvidar. Pero no, aún hoy cada vez que Pilar Manjón -esa mujer símbolo del sufrimiento, de la dignidad ante el dolor- sufre un insulto y un maltrato –y sufre muchos- nos conmueve y lo sentimos como un dolor propio. Por eso puedo decir sin ningún tapujo que las putas de la Montera se merecen cien veces más un monumento que esos caballeros.

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