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lunes. 30.01.2023

La República se legitima con la razón

Hace bastantes años, en la facultad de derecho, Aragón Reyes, ahora un irreconocible (por su físico) miembro del Constitucional, era profesor interino, eso que se popularizó con las siglas PNN en aquellos años de "grises" por dentro y por fuera de las aulas.

Hace bastantes años, en la facultad de derecho, Aragón Reyes, ahora un irreconocible (por su físico) miembro del Constitucional, era profesor interino, eso que se popularizó con las siglas PNN en aquellos años de "grises" por dentro y por fuera de las aulas. Aquel profesor, con más miedo que vergüenza, no tuvo más remedio que contarnos en aquellas clases de Derecho Político que el Régimen franquista era una dictadura, aunque, a continuación, se apresuró a decir: "eso sí, una dictadura constitucional porque al dictador le encargaron que construyera un Estado de tales características". Decía esto o algo parecido, aunque no nos aclaró nunca quién era el que se lo encargó.

Otro día, nos contó que las dictaduras se legitiman a través del "carisma" del dictador. En aquellos momentos de la historia, los sufridos habitantes de este país pensábamos que aquel sistema autoritario y centralista no era legítimo de ninguna de las maneras, que lo que le mantenía era una combinación de represión y miedo. ¿Qué carisma podría tener aquel individuo traidor, verdugo de un pueblo masacrado y destruido?.

En ese esquema que describía el repertorio de las diferentes formas de Estado, nos decía que las monarquías se legitiman por la tradición y las repúblicas por la razón. Aunque bien es cierto que en la clandestinidad muchos luchaban por la libertad y la justicia, no lo es menos que en aquellos momentos de miedo y atraso los españoles éramos unos ignorantes en materia política. Algunos, como yo, acudíamos a las facultades de derecho para salir de esa ignorancia supina, para saber qué era eso de la soberanía popular o un parlamento elegido en las urnas; para conocer, en suma, los sistemas "democráticos" de nuestros vecinos europeos que tanto envidiábamos.

En aquellos últimos años de la dictadura, aunque mantuviéramos un ideario republicano, la mayoría no reparábamos en el tipo de régimen que pudiera suceder al sanguinario dictador surgido de una guerra fratricida, iniciada a raíz de un golpe militar. Cualquier cosa diferente nos venía bien, incluso a los que militábamos en aquel PCE que tanto añoramos hoy. Entre el deseo de cambio y ese miedo nos “colaron” una Monarquía que ni siquiera respondía a esa forma de legitimación de la que nos hablaba aquel joven PNN. No se legitimaba por la tradición porque la monarquía de los Borbones ha transcurrido, como el río Guadiana, instaurándose o restaurándose entre cuartelazo y cuartelazo. El actual rey de España no tiene vínculo directo con monarca anterior, sino que, por consanguinidad, desciende de un Conde que vivió exiliado toda su vida activa. La monarquía de ahora, desde la óptica institucional, es herencia directa de la dictadura. El engendro constitucional que configuraba ese régimen autoritario se recogía en eso que se llamaba "las leyes fundamentales del reino", entre las que se encontraba "la ley de sucesión de la jefatura del estado de 1947", norma en la que se apoyó el dictador para elegir al actual monarca.

De cualquier forma, ¿qué tomadura de pelo es eso de que un rey con categoría de Jefe del Estado se legitima con la tradición?. ¿Cómo puede ser eclipsada totalmente la participación del pueblo en la designación de su Jefe de Estado en un modelo político supuestamente democrático?, ¿quién responde de las capacidades intelectuales, políticas y sociales del designado por el mero hecho de nacer de rey anterior?. ¿Es que no tenemos bastantes muestras de “reyes pasmados” en tiempos pasados?.

Los primeros años de la instauración de la actual monarquía transcurrieron entre la incertidumbre y el temor de la ciudadanía a un nuevo cuartelazo, aunque los de arriba sabían muy bien lo que se traían entre manos. El desarrollo institucional tuvo un carácter eminentemente político hasta que se zanjó el asunto el 23F, sin que sepamos a ciencia cierta qué papel jugó entonces el actual Jefe del Estado. Una vez conseguida una aparente estabilidad, con un ejército más calmado y un pueblo intimidado, comienza un camino de enriquecimiento de la Corona que llega hasta el momento actual en el que uno de sus miembros se encuentra en vías de ser procesado “presuntamente” por corrupto. Como la mayoría de los mortales, aunque existen honrosas excepciones, hacen buena la ley de la codicia, según la cual el afán de enriquecimiento es proporcional a la riqueza que se posee, lo que denota una enorme pobreza humana, tal como enuncia mi buen amigo Antonio Zugasti.

Ante una monarquía heredada de la dictadura, con un rey aparentemente popular, aunque más por su simpleza que por su función; ante un heredero desconocido que en sus apariciones muestra una actitud fría, distante y soberbia; ante una chapuza matrimonial que poco dice a favor de la posible "primera dama" y, sobre todo, ante una institución ineficaz, costosa, innecesaria y medieval, se impone la razón y la República como régimen más cercano a la población. Es posible que la República no resuelva todos los males que genera un sistema económico injusto como el que tenemos, pero supone un paso más en ese progreso hacia la igualdad. Uno no puede evitar emocionarse cuando lee el primer artículo de la Constitución de 1931: " España es una República democrática de trabajadores de toda clase que se organiza en régimen de Libertad y de Justicia".

Pienso que las circunstancias en las que nos movemos: paro galopante, precariedad laboral, recortes salariales, pérdida progresiva del estado de bienestar, caso Urdangarín, presunta financiación ilegal del PP a través de la trama Gürtel, Camps en el banquillo, con el añadido de lo que nos espera con las medidas que sin duda aplicará el PP, ofrecen un “caldo de cultivo” más que suficiente para que tomemos conciencia, despertemos y luchemos por una vida más digna, más justa, en la que imponga la razón. Deberíamos apagar la TV, y colgar en las pantallas muertas de nuestros receptores aquello que, con algunas dudas, se le atribuye a Bertolt Brecht: “Primero se llevaron a los comunistas, pero como yo no lo era no me importó”. “Luego se llevaron a los judíos, pero como yo no lo era tampoco me importó”. “Luego se llevaron a los obreros, pero como yo no lo era tampoco me importó”. “Más tarde se llevaron a los intelectuales, pero como yo no era intelectual tampoco me importó. Luego siguieron con los curas, pero como yo no era cura tampoco me importó”. “Ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde”. Ahora son los parados, los precarios, los pensionistas y los funcionarios aquellos a los que, en palabras del gran pensador y dramaturgo, ya “se llevaron”, aquellos que están siendo víctimas de una situación irracional e injusta, pero nadie está libre de que mañana sean otros los que se encuentren en situaciones semejantes. Es necesario que reaccionemos antes de que no quede nadie con fuerzas para protestar.

La República se legitima con la razón
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