miércoles 20/10/21

La reforma de los estudios de Economía

NUEVATRIBUNA.ES - 1.11.2010En esta página electrónica propugnaba el rector de la U. Complutense, Carlos Berzosa, la reforma de los planes de estudio de la economía en las universidades ante el fracaso de la mayoría de los economistas en predecir las crisis y, lo que es más grave, en muchos casos de acentuarla con sus recomendaciones neoliberales (esto lo digo yo).
NUEVATRIBUNA.ES - 1.11.2010

En esta página electrónica propugnaba el rector de la U. Complutense, Carlos Berzosa, la reforma de los planes de estudio de la economía en las universidades ante el fracaso de la mayoría de los economistas en predecir las crisis y, lo que es más grave, en muchos casos de acentuarla con sus recomendaciones neoliberales (esto lo digo yo). Yo no puede estar más de acuerdo con el profesor Berzosa. Yo, con la modestia de un simple licenciado de economía de hace 30 años en la U. Complutense -cuando era ya profesor el actual rector-, lo he propugnado en estas mismas electrónicas páginas (1). Sin embargo el rector no entra en detalles sobre cómo debieran ser esas reformas, aunque hace algunas consideraciones generales sobre el uso de las matemáticas y la historia del pensamiento con las que también estoy de acuerdo. Pero creo que conviene profundizar en todo esto. Les contaré una anécdota personal, si se me permite, que resulta significativa de todo esto. Cuando acabé la carrera me ofreció el profesor Oscar Fanjul seguir en la universidad como ayudante en la cátedra de microeconomía y hacer el doctorado. Más o menos como a cualquiera que se le ofrecía esa posibilidad. Yo renuncié ante esta propuesta a pesar de que tenía vocación para el estudio de los fenómenos económicos y como posible y modesto profesor. Pero lo que me tiró para atrás fue precisamente y en concreto los estudios de microeconomía. No me los creía, es decir, no creía que el análisis microeconómico de los mercados, de las leyes de la oferta y la demanda, de los presupuestos e hipótesis en que se basaban estos estudios reflejaran ni remotamente la realidad. Tomemos por ejemplo la teoría de la demanda basada en la utilidad marginal. Yo me hacía la siguiente pregunta: ¿Cómo explicar a un alumno que el valor de una casa depende de la utilidad marginal de la última casa comprada o “consumida”? ¿Cuántas casas hay que comprar para tener un idea de la valoración que le doy a la última casa comprada, porque esa es su utilidad marginal? ¿Cómo sostener esta explicación de la demanda cuando una gran parte de la población apenas puede comprar una casa? Era un disparate mayúsculo. Pero la cosa no paraba ahí, porque cuando se estudia la teoría de la producción se seguía manteniendo las hipótesis marginalistas de Jevons, Menger, Walras y otros -aunque entonces yo no sabía esto- de que los factores (recursos, es decir, capital y trabajo), se asignaban de acuerdo con su productividades marginales en confrontación con los precios, tanto de factores como de productos. Y yo me preguntaba: ¿Cómo va a ser posible esto si no debe haber apenas un empresario en este país de pícaros y especuladores que sepa qué es eso de la productividad marginal? Y suponiendo que alguien lo supiera: ¿Cómo va a ser capaz de separar la productividad de cada factor si no tiene o no existe una función de producción modelizada? De la dificultad de medir y agregar esa cosa llamada capital (medios de producción físicos) ya nos advirtió la gran economista Joan Robinson en ¡los años 30! del siglo pasado, pero ni con esas. Otro disparate. En cursos superiores se estudiaba -hablo de la especialidad de Teoría Económica-y se estudia la teoría del equilibrio general competitivo, donde se establecía una relación biunívoca entre este supuesto equilibrio y la teoría del bienestar basada en criterios paretianos. Vamos, ni Alicia en el país de las maravillas. Afortunadamente los propios tratados axiológicos del equilibrio especificaban los casos que impedían que ese maridaje pudiera llegar a buen término: rendimientos crecientes, mercados no competitivos, información asimétrica, bienes públicos, efectos externos, etc. Vamos, la realidad misma. Al menos servía para saber porqué no servía lo que habíamos estudiado en cursos anteriores. Era un consuelo. A pesar de todo, algunas publicaciones de divulgación -ya fuera de la universidad- los llamaban “fallos de mercado”, cuando eran la norma y no la excepción. Todo un disparate. Y no es que no tuviéramos buenos profesores, porque ahí estaban el propio Fanjul, Luis Ángel Rojo, Julio Segura, Jose Luis Sampedro, etc. Estaban los mejores de este país. Y no es que no fueran críticos. Al menos se salvaba la macro, aunque ya estaba en decadencia algunos de los postulados keynesianos y se iban imponiendo las corrientes monetaristas. En concreto a Keynes se le estudiaba bajo el esquema del equilibrio IS-LM, porque todo debía tender al equilibrio, costara lo que costara, aunque la realidad estuviera permanentemente en desequilibrio. Nunca acababas de saber si lo que estudiabas era normativo o positivo, es decir, era política económica o análisis económico. Y poco ha cambiado desde entonces, y no sólo en España sino en el mundo. Si hoy aterrizaran el Sr. Marshall (1842-1924) o incluso el Sr. Walras (1834-1910) en este planeta, podrían dar clases en cualquier universidad del mundo con lo que ellos sabían a finales del siglo XIX y principios del XX. Me refiero a la micro y a la teoría del equilibrio parcial o general. La macro actual es obra de Keynes y Kalecki, aunque sea deformada, cambiadas las relaciones de causa y efecto y buscando obsesivamente equilibrios no se sabe porqué. ¿Y del porqué de las crisis? Eso no te lo explicaban. O apenas algo dentro de la asignatura de crecimiento. Marx no se daba ni se da; Schumpeter se le mencionaba y se recomendaba su libro de Historia del Análisis Económico como libro de consulta, pero nada sobre su teoría de los ciclos basado en los inventos e innovaciones y en la creación destructiva o la destrucción creativa; de Kondratief y sus ciclos largos, algo se mencionaba en las asignatura de historia, pero sin entrar en explicaciones analíticas. Piero Sraffa, una curiosidad inexplicable. Kalecki: ¿Ese quién era? Este era y es el panorama de los estudios de economía en la carrera de un licenciado. Era su formación básica. Es verdad que en los últimos años se ha añadido la teoría de los juegos(2), incorporando al Sr. Nash, ¿pero es esto suficiente para compensar lo de inútil e equivocado que aún aparece el canon del saber de un economista? (3)

Peor era y es la formación de los que estudian eso que se llama “ciencias empresariales”. Los licenciados de esta especialidad no son economistas, aunque ellos crean lo contrario: son contables de lujo con algunos conocimientos de derecho y con formación matemática, estadística y econométrica aceptable. Aún peor son los de las MBA. Esos, que son estudios privados en su mayoría, ni economistas ni nada: simples aspirantes a entender las bolsas (de divisas, de títulos, de futuros, de opciones, etc.) con conocimientos de inglés probablemente y creyéndose que pertenecen a la clase de los propietarios de los medios de producción, aunque tengan un miserable contrato temporal en el mejor de los casos. Ahí lo importante es la ideología, la creencia y no la ciencia.

Y el fracaso de algunas nuevas teorías ha sido notable. La más, la de las expectativas racionales, con el Sr. Robert Lucas a la cabeza. Este Nóbel de Economía debiera devolver a la academia su título después de la crisis, después de los comportamientos especulativos, irracionales que han llevado a perjudicar los intereses colectivos y, como consecuencia de ello, a los particulares sobre los que se sustenta esta teoría. Debieran ser los propios especuladores perjudicados los que pidieran su cabeza… intelectual (nada de sangre, por favor). Los premios nobeles debieran entregarse a título de inventario, hasta comprobar que se cumplen lo que pronostican y, en caso contrario, devolverlos. ¿Por qué la mayoría de la profesión, de los profesores de renombre, catedráticos, gente que llega a los medios, no han previsto la crisis actual, al igual que no previeron la del 29 los economistas de la época? Es verdad, como señala el profesor Berzosa, que hay excepciones, pero medido en términos de eficiencia es un derroche de recursos, una mala asignación de recursos tanta cátedra inútil y equivocada. Porque nada hay en la teoría económica vigente, ortodoxa, aceptada mayoritariamente, que pueda preverlo. Aún se parte del paradigma smithiano de que “buscando el interés particular se encuentra el interés general”. Ello, con algo de sofisticación matemática, te lleva inexorablemente a teorías que consideran la sociedad como algo estático, en equilibrio, con las fuerzas contrapesadas, con suficiente ductibilidad entre precios y salarios como para que no haya paro, incluso a pesar de las crisis y a pesar de la evidencia. Keynes y su multiplicador y Samuelson y su acelerador se estudian al final de curso -si se estudia- no vaya a ser que la gente pregunte y se interese por los ciclos. Y si hay paro, la culpa la tienen los sindicatos que no permiten llevar los salarios y los derechos laborales al nivel de la esclavitud. Y si el Estado interviene a la manera keynesiana, aún peor para la ortodoxia, porque lo mejor es la iniciativa privada. ¿Y si esta no existe o no es suficiente para crear los puestos de trabajo que lleven al pleno empleo? A joderse, porque el Estado es el demonio con un presupuesto bajo el brazo, un chupóptero que sustituye a la iniciativa privada por más que esta haga el Tancredo. Así piensan, en el fondo, los burócratas de Bruselas, del Banco Mundial del FMI, incluso aunque esté el Sr. Blanchard (4) de jefe. ¿Y el papel de los mercados financieros en la crisis y de la banca? Esas cosas se explican a posteriori, porque no están insertas en la teoría económica convencional. Se estudian, es verdad: se estudia el papel del dinero, de la oferta monetaria, del efecto multiplicador del crédito, pero aparte, como si fueran meros intermediarios entre el ahorro y la inversión, como inocentes criaturas hagan lo que hagan y cómo lo hagan. Del papel que han jugado los fondos especulativos, las agencias de calificación en la crisis, sólo se aprende leyendo las páginas económicas de los periódicos.

Más grave aún es el tema de los periodísticas supuestamente económicos. En general, no tienen ni idea de economía y no pueden tenerla porque sin estudiar no se sabe, lo mismo que no se sabe física cuántica, lógica matemática o biología evolutiva leyendo las noticias científicas en las páginas especializadas de los medios. Pero la mayoría de ellos creen saberlo porque ignoran lo que ignoran y creen que leyendo las noticias económicas se aprende economía. Es verdad que hay que leerlas, pero si no se tiene una estructura analítica no se pueden entender de verdad. Otra cosa -y de esto trata este artículo- es que buena parte de esa estructura analítica que se estudia en las facultades de economía está equivocada. Si los economistas debieran hacerse una autocrítica, con más razón debieran hacérsela los periodistas en general. De las facultades de Periodismo salen hornadas de periodistas sin saber de leyes, de economía, de ciencia, en general de nada, confundiendo una profesión noble e insustituible -la de periodista, la del reportero- con una inexistente estructura de conocimiento llamada periodismo. Mejor sería amortizar las facultades de periodismo y que los periodistas estudiaran Derecho, Ciencia, Economía, Filología, Biología, etc., y luego hicieran un curso de especialización para la profesión. Esto es importante, porque entonces, con estos conocimientos, a los medios de derecha, tales como El Mundo, el ABC, Tele Madrid, Intereconomía, etc., les sería más difícil encontrar serviles lacayos para especular, mentir, insultar u ocultar. El verdadero conocimiento aumenta mucho el sentido del ridículo y frena el servilismo.

Nada que objetar en cuanto al estudio de las matemáticas. Cuanta más mejor. Cuanto más cálculo diferencial, más álgebra matricial, más estadística, más econometría, mejor. Luego será el licenciado quien deberá tener la inteligencia de poner el carro de las matemáticas por detrás de los bueyes del análisis económico. Y sobre todo, cuanta más historia del análisis económico, del pensamiento económico y no económico mejor. El estudio de la historia, desde la de la religión hasta de las matemáticas, es un antídoto contra los fundamentalismos. Y por último, leer, leer mucho y de todo, más de todo que de economía. Pensar por uno mismo es la cosa más difícil que existe, incluso aunque te lo propongas. La mayoría de las veces creemos que pensamos y sólo somos víctimas de las creencias en el sentido orteguiano (5). Un nuevo plan de estudios para los estudios de economía a lo mejor sólo sirve para cambiar de creencias, pero, por favor, que al menos sean más acertadas en predecir las crisis que las actuales.

Antonio Mora Plaza - Economista

(1) “La recesión actual: ¿el fracaso del análisis convencional o un caso de selección adversa?” http://www.nuevatribuna.es/noticia.asp?ref=31856

(2) Que ya tiene sus años, porque el libro pre-Nash de Neumann y Morgenstern es de 1944.

(3) Recomiendo “La Riqueza de las ideas: una historia del pensamiento económico”, de Alessandro Roncaglia, edit. Prensas Universitarias de Zaragoza, 2005 en versión inglesa, 2006 para la traducción en español.

(4) Excelente, no obstante, su libro de macroeconomía, edit. Prentice Hall, aunque ya cumple 10 años.

(5) Ver Ideas y creencias, de Ortega y Gasset.

La reforma de los estudios de Economía
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