martes 19.11.2019

La rebelión de las élites: Naturaleza, principios y objetivos de la derecha democrática española

Una manera bastante efectiva y racional de conocer  el funcionamiento de la política y, en última instancia, entender muchas de las decisiones que desde el poder se ejecutan, es indagar en los fundamentos ideológicos de los partidos políticos que componen las democracias. Trataremos de esbozar brevemente estos argumentos referidos al Partido Popular.

Una manera bastante efectiva y racional de conocer  el funcionamiento de la política y, en última instancia, entender muchas de las decisiones que desde el poder se ejecutan, es indagar en los fundamentos ideológicos de los partidos políticos que componen las democracias.

Trataremos de esbozar brevemente estos argumentos referidos al Partido Popular. El PP, es un partido fundado en las postrimerías del franquismo por Manuel Fraga (un ministro de la dictadura, sin convicciones democráticas) que trató de agrupar lo que él consideraba espectro mayoritario de la sociedad española  que  empezó a esbozar en sus tiempos de embajador en Londres con su manida “Teoría del centro” y que, muchos sociólogos consideraron como franquismo sociológico. En realidad Fraga pretendía, sin éxito, crear el partido de referencia de la democracia española. Su estrategia falló de pleno cuando Suárez le arrebató el centro a Fraga, dejándole  eso sí, los elementos más reconocibles de la dictadura. 

Entonces se impuso la tarea de construir un nuevo partido de la derecha, que representara verdaderamente la derecha ideológica que, sin renunciar a ninguna de las aspiraciones de la derecha tradicional española,  le alejara de la asociación que les lastraba elección tras elección, esto es, comparar la derecha con la dictadura de Franco. En cualquier caso, el objetivo era poder gobernar. A esa tarea se entregó Aznar y toda la prensa afín que no paró de conspirar contra Felipe González. Lo hizo a partir de un barniz de modernidad retórico, que en cierto modo antes había servido al PSOE para ser el partido hegemónico de la izquierda al utilizar el marxismo de manera instrumental. La derecha pensó si tenía que crear su propio plan  y entonces  Aznar, que había opinado en la prensa durante la Transición, en contra de la Constitución, decidió apelar al espíritu moderno de don Antonio Machado, Salvador de Madariaga, por supuesto Ortega y, nada menos que Manuel Azaña. La estrategia funcionó, no sin la inestimable colaboración de Izquierda Unida que, dirigida por una persona culta como Julio Anguita, decidió tácitamente apoyar al PP por el procedimiento de boicotear al PSOE en el Parlamento (que desde el 93, ya no tenía mayoría absoluta). En cualquier caso, el barniz de modernidad  logró combatir la utilización de la memoria histórica del PSOE como arma arrojadiza. Esa nueva derecha se hizo con el  poder en 1996 y desde entonces, ha gobernado Ayuntamientos muy importantes y todas las CC.AA. menos Cataluña (donde no es previsible que gobiernen), País Vasco (donde solo pueden aspirar a ser meros comparsas) y Andalucía (que en palabras de un longevo líder eurocomunista se ha consagrado como el Stalingrado del PP al no lograr nunca desbancar al PSOE en el Gobierno de la Junta de Andalucía). Tras el breve paréntesis  de apenas 7 años de la etapa de Zapatero, la derecha ha vuelto. Eso en democracia no debería asustar a nadie. El problema está en que, esta nueva derecha que, desde 1996 puede gobernar y de hecho gana elecciones con facilidad salvo las excepciones antes señaladas, no es aquella UCD encabezada por un señor de raíces republicanas, de orígenes familiares humildes y que gobernaba contra el capital.  

Hoy el PP es un partido que  cubre todo el espectro de la derecha y que, ante el inanición política del anterior Presidente del Gobierno está conquistando la hegemonía, por decirlo en términos gramscianos, de la sociedad española. ¿Cuáles son esos fundamentos que con tanto éxito está socializando la derecha entre nosotros?  La respuesta no atiende a grandes análisis, entre otras cosas, porque la pobreza intelectual de España es notoria y palmaria. He insistido en más de una ocasión en mis artículos sobre esta circunstancia. España nunca ha sido –ni ayer ni hoy– una potencia en la creación de ideas, en la formación ideológica. Más bien, ha sido subsidiaria de interpretaciones que venían de otros países. Interpretaciones eso sí, mecánicas, ortodoxas y notoriamente instrumentales. En cualquier caso, la derecha española actual, no se aparta demasiado  del proyecto político  de instaurar en España una sociedad basada en el poder de la élite, o si se prefiere, de la jerarquía. Estas teorías que tienen su origen en Gaetano Mosca y Pareto, proporcionan una justificación ideológica de la desigualdad, pero también de la dominación. De manera que, lo que después elaboró Ortega en La rebelión de las masas, no es más que la programación de un modelo social basado en las clases dominantes,  y que bajo ese sistema, se reconoce la interdependencia de los demás grupos.  Este tipo de esquemas se aprecian en el PP, cuando habla de reformar la  LOE (al quitar el último curso de la ESO) o cuando pretende eliminar la asignatura de Educación para la ciudadanía que, justamente trata de socializar valores igualitarios.  La segunda característica es un residuo directo del nacional-catolicismo y se manifiesta en el deísmo de la política y la fundamentación religiosa de muchos actos civiles. En realidad,  la influencia del catolicismo no deja de ser una consecuencia de lo que antes hemos expuesto con la elite. El PP parte de la base de que la sociedad española debe conservar y fomentar un humanismo cristiano que en cualquier caso, ha de  hacerse compatible con el pluralismo. De esta manera, solo concepciones ultrareligiosas pueden explicar determinadas políticas. Pongo dos ejemplos: La reforma de la Ley del aborto que, en ningún modo, obedece a la peregrina excusa que Gallardón esgrime cuando habla de  los derechos de las mujeres, entre otras cosas, porque la ley actual no obliga a nadie, por tanto no quita ningún derecho, más bien al contrario, se fundamenta en el  hecho médico  (de la formación de la vida, contemplada a partir de  las 14 semanas) y da una respuesta jurídica que trata de garantizar un gran número de situaciones sociales. Por el contrario, acabar con la actual ley de plazos del aborto, solo puede entenderse bajo la premisa católica de que la vida la da únicamente  dios, la deidad,  y el hombre no puede intervenir en algo que es designio divino. Sucede lo mismo con la muerte digna. Solo dios dicta cuando el hombre abandona la vida y por tanto, la sociedad no puede entrometerse en algo que no le pertenece. Similares análisis podríamos realizar a propósito de la investigación con células madre. Por último, citar si bien de forma breve algunas interpretaciones económicas del PP. El liberalismo político, se fundamenta en las teorías utilitaristas de A. Smith, Stuart Mill o David Ricardo. La idea que subyace es la concepción que una mentalidad basada en el corporativismo y el rol puede tener (como se puede comprobar en la reforma laboral): así conciben  la sociedad como un organismo social, en el que cada individuo tiene una determinada función, de este modo, el objetivo de la economía solo debe estar basado en el mantenimiento de un status quo. Por tanto, más que crítica al  Estado del bienestar (que en Europa se construyó con el consenso de socialdemócratas y democristianos)  aunque no agrada en exceso y siempre  buscan fórmulas intermedias, lo que rechaza el PP de raíz, precisamente por todo lo que anteriormente hemos esbozado, es la movilidad social (de ahí que no puedan extrañar declaraciones como las que ha formulado recientemente el Ministro Wert,  afirmando que el inglés se aprende mejor en España que teniendo una beca para marchase fuera).

Por último, y en cierto modo consecuencia de todo lo que hemos dicho, no hay que dejar de comentar  la permanente intención de debilitar el papel institucional de los responsables políticos y las instituciones. Introducir el nihilismo como procedimiento para camuflar lo que  en realidad es un fuerte programa ideológico, es el principal instrumento que utiliza el PP, para garantizar el éxito de sus políticas. De manera que, en nombre del desarrollismo, del orden, de la estabilidad, de la confianza, del sentido común (todo ello conceptos vacíos de contenido ideológico), consigue inocular una impronta  particular a su acción política que, como he explicado muy brevemente, tiene un marcado componente ideológico. Esta es la herramienta por la que el PP (y otros partidos conservadores), ejecutan su propia revolución que no es la de las masas que tanto denunciaba Ortega, sino la de las élites, donde el contenido de la forma - por decirlo con la expresión que brillantemente utilizó Hayden White para su análisis de los tropos discursivos -  es el tamiz que permite socializar la idea que le otorga la hegemonía: forjar  una conciencia individual.

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