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miércoles 25/5/22

La memoria histórica

No se sabe el número de represaliados por el franquismo. No se sabe cuántos hombres y mujeres murieron por ser rojos. Sus nombres no importaban y, en muchos casos, fueron enterrados en fosas comunes sin nombre ni apellidos.
No se sabe el número de represaliados por el franquismo. No se sabe cuántos hombres y mujeres murieron por ser rojos. Sus nombres no importaban y, en muchos casos, fueron enterrados en fosas comunes sin nombre ni apellidos.

Hace años, muy al principio de esta renacer de la memoria, fui invitado por Emilio Silva, un hombre total y el origen de la reivindicación, para acudir a Ponferrada en esa búsqueda emocionada de quienes fueron fusilados y enterrados en el olvido. Estaba con nosotros el hijo de una de las fusiladas, Vicente Moreira, niño republicano, magnífico artista criado en Rusia y que, año tras año, había venido a España buscando el cuerpo de su madre muerta.

La encontró. En un prado. En un rincón sobre el que los vecinos que sabían de la existencia de una de las miles de fosas comunes, nunca habían sembrado, siempre habían respetado como lugar sagrado. En esa sensación sagrada del descanso de los muertos, por encima de religiones y creencias

Me impresionó aquella búsqueda. Me impresionó la entereza de Vicente. Me impresionó la solidez de Emilio que, cuando nadie se atrevía a hacer estas cosas buscó, paciente y amorosamente, la tumba de su abuelo, fusilado por ser leal a la República. Y abrió los caminos que hoy parecen naturales. Emilio Silva es, sin duda, una referencia obligada de la memoria. El hombre que inició esta búsqueda que los jueces continúan.

Hoy que todos se puntan a esta reivindicación, Emilio Silva sigue siendo, desde su humildad y su honradez el hombre que, cuando nadie lo creía posible, logró que los muertos, la voz de los desaparecidos, levantara la tierra del olvido.

Por encima de cualquier consideración, me parece muy bien que el juez Baltasar Garzón haya iniciado este proceso para oficializar el fin del silencio. Hablando con algunos familiares de desaparecidos escuché su más entrañable reivindicación: “Quiero llevar flores a la tumba de mi madre. Quiero rezar en la tierra en que la enterraron, ¿es pedir mucho?”.


No lo es. Durante más de setenta años, los únicos muertos estaban escritos en las paredes de las iglesias de los pueblos. Ni un recuerdo para quienes murieron por defender la legalidad. Eran muertos ignorados, a los que sus familiares rezaban y honraban clandestinamente.

Cuando estuve en Ponferrada, un hombre me llevó hasta un lugar perdido en el campo. Estaba limpio de arbustos. Unas flores secas marcaban el lugar. Me contó que los cazadores se santiguaban y rodeaban aquel sitio. Estaban enterrados allí viejos republicanos. Nunca olvidados. Todos lo sabían y todos respetaban esa tumba no reconocida en ningún mapa.


No creo ni quiero que esta decisión sirva para avivar viejas heridas. Pienso que, por fin, se hará justicia, con miles de hombres y mujeres cuyo único delito fue creer en un régimen político y en defender la legalidad vigente. Ni la ley de la memoria ni la actuación de Garzón debe de ser excusa para la revancha. Sólo para recordar que la muerte, que el rencor, que el odio no deben de ser nunca bandera para nadie.

Luis Cernuda, poeta de aquella España habló de una tierra de todos. Habló de esa España que es, también la de ahora:

¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?
Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte
para mi están adonde

no estés tú.
¿Y mi vida?
Dime, mi vida,

¿qué es, si no eres tú?


Toda tú, tú eres España. La de ahora.

La memoria histórica
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