jueves 2/12/21

La función social del piquete

NUEVATRIBUNA.ES - 9.6.2010Por fortuna las ciencias sociales no funcionan a través del mecanismo ensayo/error, sencillamente porque el comportamiento de las sociedades es difícil de observar y aún más difícil de predecir.
NUEVATRIBUNA.ES - 9.6.2010

Por fortuna las ciencias sociales no funcionan a través del mecanismo ensayo/error, sencillamente porque el comportamiento de las sociedades es difícil de observar y aún más difícil de predecir.

La acción colectiva suele ser el indicador por excelencia para interpretar hacia qué tipo de sociedad se orientan esos comportamientos: más solidaria cohesionada e inclusiva o, por el contrario, más segregada, individualista y excluyente. Si se prefiere, más progresista o más conservadora.

Ocurre que predecir la acción colectiva no es tarea fácil. La acción colectiva está trufada de subjetividades, multiplicidad de intereses, movimientos espontáneos, unos programados y otros no. Lo único cierto es que a cualquier acción colectiva le precede un proceso continuado, latente o expreso.

Desde este punto de vista, todos los pronósticos que se hagan sobre el éxito de la huelga general no serán más que meras especulaciones y todas interesadas.

Que habrá huelga general, no hay duda. Desde la muerte de Franco, siempre ha habido huelga general en España cuando se ha intentando agredir de forma indiscriminada a los trabajadores por parte del poder económico a través del poder político, fuera éste del color que fuera.

La secuencia ha sido siempre la misma: ataques feroces a los sindicatos para frenar la convocatoria, acusaciones de huelgas políticas que sólo persiguen derribar gobiernos y un larguísimo etcétera que me ahorro y doy por reproducido.

Si acaso lo que hay que esperar es que en esta ocasión las críticas arrecien, teniendo en cuenta la forma de hacer política que se ha instalado en la vida pública española, que consiste en que todo el mundo dice a los demás lo que tienen que hacer para no hacer lo que les corresponde.

La lista es muy larga. Quizá algunos ejemplos puedan ejemplificarla. Rajoy diciéndole al gobierno la memez de que tiene que ahorrar suprimiendo ministerios, cuando él gobierna las Comunidades Autónomas y los Ayuntamientos más endeudados de España y con índices de despilfarro que merecen portadas en la prensa internacional.

El Gobernador del Banco de España apremiando cada mañana a abaratar el despido para solucionar el paro, cuando Él es el máximo responsable del sistema financiero que en su crisis ha arrastrado a cientos de miles de familias y empresas a una situación desesperada.

Y en los últimos días parece haberse sumado a la lista Gerardo Díaz Ferran, presidente todavía de la patronal CEOE, el tipo más desprestigiado de la vida pública española, vergüenza de su organización empresarial, que se permite el lujo de opinar de si lo que hacemos los demás, en este caso los sindicatos en referencia a la huelga general, es justo o injusto. Para morirse.

Mientras tanto, prepararemos la huelga con mayor o menor premura, dependiendo de la fecha que finalmente se acuerde, en la seguridad de que cuando la huelga general es necesaria su convocatoria admite escasas discusiones.

A partir de aquí, continuarán las especulaciones sobre su éxito y sobre sus resultados, valoraciones ambas difíciles de calibrar en el corto plazo, como han demostrado las convocatorias precedentes. De las que puede afirmarse con perspectiva histórica que han tenido consecuencias nada despreciables política y socialmente.

Si de lo que se trata es de aventurar ese posible éxito o fracaso de la convocatoria, sinceramente soy optimista.

En primer lugar, porque a pesar de todas las dificultades, que son muchas, sólo hace falta mirar alrededor para ver qué está ocurriendo con las instituciones democráticas más consolidadas después de los últimos ataques de los “mercados”. Los sindicatos nos hemos convertido en su único obstáculo y aguantamos después de tres décadas de intento de laminación, tenemos poder de negociación colectiva, capacidad de vertebración y de movilización social y la determinación para defenderlas, no cuando les gustaría a los demás, sino cuando lo decidimos autónomamente.

En segundo lugar, porque durante la jornada de huelga de los empleados públicos del martes, tuve la oportunidad de participar en un piquete a lo largo de toda la mañana y sin ánimo de ser pretencioso, considero los piquetes un termómetro sociolaboral de primer orden y me declaro un firme partidario de su función social en cualquier convocatoria de huelga.

Durante la huelga de ayer, recorrimos las calles discreta y parcialmente como prolegómeno de la futura convocatoria de huelga general, desengrasando con lo clásico: toma de contacto no muy prolongado y sin estridencias con la policía.

Del mismo modo pudimos tomar el pulso a la animadversión que siempre provocan estas convocatorias en la gente de orden y eso que no hemos sido groseramente insultados. Los pitos funcionaban relativamente bien, tomamos notas de algunas deficiencias en los palos de las banderas, vimos que era imprescindible incorporar algo de música para cuando las cosas se suavicen después de las primeras horas en la huelga general, que siempre son más ásperas. En fin, más o menos, si acaso un poco faltos de ritmo, nada que no podamos solucionar en los próximos días.

De todo ello hemos podido charlar en el piquete de esta mañana, que se ha extendido desde las 7 a las 11,30 horas, por el centro de Madrid. Cuento todo esto porque la gente está muy confundida con los piquetes. En esto como en otras cosas, nos hemos dejado influir demasiado por corrientes de pensamiento muy institucionalizadas, cuando en realidad los piquetes son espacios creativos de convivencia, de reencuentro, de nuevas formas de participación, de súbita peatonalización, de bocinas, de silencios, de tensión, de risa, de cánticos y de mucho más. No conozco a nadie que haya participado en un piquete que no haya vuelto.

Hay que decir que, además de todo lo anterior, el piquete es un espacio de reflexión y de debate. En la mañana de ayer, lo más comentado era la gravedad de la situación.

Cómo es posible, se decía, que uno detrás de otro todos los gobiernos europeos democráticamente elegidos estén claudicando ante este eufemismo, cada día más instalado entre nosotros, que llamamos "los mercados".

Los trabajadores europeos de toda condición asistimos perplejos e indignados a la pérdida de nuestra condición de ciudadanos a manos de las nuevas mafias financieras, sin que ni uno solo de esos gobiernos legítimos salga en nuestra defensa. Por toda respuesta han tomado posiciones de salida en la nueva carrera mundial por el ajuste y están todos como locos a ver quién ajusta más. España no es Grecia, se dice, y para demostrarlo os vamos a aplicar 15.000 millones de € de recorte en un par de ejercicios presupuestarios. Nos ha seguido Italia, que no quiere quedarse a la zaga, y recientemente Inglaterra, que parece que va a innovar preguntando a sus ciudadanos por qué método quieren ser desflorados.

Ayer mismo Angela Merkel, como el comandante, llegó y mandó parar. Se le oyó decir “todo el mundo al suelo, que no salga nadie, especialmente parados de larga duración, mujeres y niños, que van a ser atracados, uno detrás de otro, empiecen a depositar todo lo que tengan en los bolsillos, que necesito 80.000 millones de € de impuesto revolucionario para pagar a la Camorra Financiera Internacional en un plazo de dos tres años”.

No parece que en ninguno de estos países se hayan equivocado de bando, todos ajustarán de la parte más ajustada.

Todo ello en un inmenso guiñol con sede en Bruselas donde todos se pelean por ser los próximos en la representación.

Y con este panorama de hecatombe democrática global, todavía insisten en que la solución es que en España el despido sea más barato y el poder de decisión para despedir lo tengan los empresarios en exclusiva.

No pido que fuera de los piquetes haya el mismo talento, pero algo de cordura sería de mucha utilidad.

Por cierto, hablando de talento, se comentaba también ayer que el problema era de liderazgo, que faltaban ideas y líderes en Europa y la conversación se animó en este punto. Hasta que alguien, desde el fondo, dijo “¿Y no será que sobran?”.

Lo dicho, no lo veo mal.

Pedro Reyes Díez - Coordinador de Actividades FSE

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