miércoles 26/1/22

La extrema derecha que se acerca, que susurra tras nuestras vidas

Cada vez se acerca más. Y cuanto más se acerca, más miedo hay que sentir, sí. La senadora norteamericana Gabrielle Gifford salvó la vida de milagro por ser demócrata porque un salvaje de extrema derecha decidió que sus ideas ancestrales propias de quince siglos atrás le daban derecho a decidir por la vida de ella y de los que pensaban como ella.

Cada vez se acerca más. Y cuanto más se acerca, más miedo hay que sentir, sí.

La senadora norteamericana Gabrielle Gifford salvó la vida de milagro por ser demócrata porque un salvaje de extrema derecha decidió que sus ideas ancestrales propias de quince siglos atrás le daban derecho a decidir por la vida de ella y de los que pensaban como ella.

Pero la desgracia y, sobre todo, los desgraciados, no conocen fronteras ni mares y océanos.

Y llegó a Europa, a Noruega, tan cerca…

La masacre de Utoya confirma la percepción de que hay que tener miedo a la derecha que se nos avecina. Esa derecha que, a ratos era centro y, al momento siguiente, se volvía extrema por obra y gracia de los votos y de las ansias de poder. Esa derecha aupada desde el sillón de la marmota, más dañina cuando dormía que cuando de su boca salían falacias que responder.

Espías, trajes, redes de corrupción, falacias, demagogias y silencios indecentes son los perfectos somníferos de la marmota.

Esa marmota que era alentada desde esos medios que son kamikazes de la palabra y la acción. Misoginia, homofobia, sectarismo, paletismo, anormalidad ética y demás barbaries mentales que son alentadas en pro de misas de palabras sectarias que tienen como único fin llegar a sillones negados por la sinvergonzonería expuesta demasiadas veces y con demasiada frescura.

Las masacres se acercan. Esta vez no son esos islamistas locos cegados por Alá. No, son esos cristianos de la marmota. Esos que no abortan pero matan a los vivos. Son esos que predican la palabra de Dios pero humillan a sus mujeres porque no son más que las víctimas necesarias de su ego. Esos que, prescindiendo de la palabra, se sienten los amos de la barraca porque, por algún extraño proceso alucinatorio, se sienten depositarios de la verdad absoluta, es que durante demasiados años se encargó de imponerse a base de matar a los que no pensaban igual. Esos que, todavía en excesivo número, están en la cuneta.

Espías, trajes, redes de corrupción, falacias, demagogias y silencios indecentes.

Hoy, más que nunca, defiendo, aliento y proclamo el progresismo y, por qué no, el socialismo. Ese que, a través del diálogo, la palabra, la imagen, el reconocimiento de errores y la puesta en marcha de las soluciones, el optimismo, el orgullo, la Igualdad (sí, con mayúsculas), el feminismo y el socialismo nos salvará de las bombas y las muertes ideológicas.

No vale todo. No puede valer todo. Se lo merecemos a las generaciones venideras. No podría soportar no haber luchado lo suficiente y que mis hijas padecieran las desigualdades que éstos proclaman. No soportaría que no sintieran que su madre, desde la palabra, la política, la movilización social y la movilización en las redes, no dejara el pabellón del progresismo bien alto. Ellas, que son lo más importante para mí, son el núcleo de algo mucho más grande a lo que nos debemos: la sociedad.

Esos que usan las ondas, las páginas y demás soportes para envenenar deben ser víctimas de su propio veneno y recibir la estulticia que nos desean en dosis masivas. Esos que descargan sus odios en cámaras pagadas con el dinero del secatrismo, deben estar abocadados a la indiferencia.

A cambio de lo que ellos sienten, piensan y aplauden, yo no les deseo la muerte.

Han sido demasiados años luchando contra una banda armada que sembró de muertos las diferencias ideológicas como para permitir que otra, amparada en su verdad, haga lo mismo sin que tenga enfrente la democracia y a la sociedad para ponerle freno.

¿Miedo? Sí, claro. ¿Cobardía? No, por supuesto.

Y para lo que gusten, siempre que sea por medio de la palabra, dialogamos cuando quieran.

La extrema derecha que se acerca, que susurra tras nuestras vidas
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