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domingo. 25.09.2022

La disyuntiva europea ante la crisis

NUEVATRIBUNA.ES - 23.5.2010Hay una expresión utilizada por Marx en El Capital que no deja de darme vueltas en la cabeza desde hace unos días al ritmo de los acontecimientos: el fetichismo de la mercancía.
NUEVATRIBUNA.ES - 23.5.2010

Hay una expresión utilizada por Marx en El Capital que no deja de darme vueltas en la cabeza desde hace unos días al ritmo de los acontecimientos: el fetichismo de la mercancía. Para mi tocayo, en un régimen económico basado en la propiedad privada –especialmente en el capitalismo-, la materialización de las relaciones de producción entre los hombres hace surgir en estos la ilusión de que las mercancías tienen, por sí mismas, ciertas propiedades misteriosas que en realidad no poseen, ocultando lo fundamental: la subordinación del trabajo al capital.

Al hilo de la actual crisis económica y financiera internacional –por favor, no dejemos caer ni una sola de esas tres características de la crisis si queremos entenderla y, sobre todo, resolverla-, se está creando un nuevo fetichismo: el del déficit y el de la deuda pública. El mensaje que se nos transmite es que uno y otra poseen características negativas y destructivas por sí, independientemente de su volumen, de su estructura y de sus objetivos. Consecuencia: hay que acabar con ellos sin más, combatirlos hasta hacerlos desaparecer, incluso constitucionalizar sus límites. Los economistas neoclásicos brindarían con champán por haber acabado con su temido “camino de servidumbre”.

Otros no, desde luego. Aquellos que somos conscientes de lo que la historia –no la histeria- nos ha enseñado: que este mercado, librado únicamente a sus propias fuerzas, es incapaz de asignar recursos de manera eficiente; que la sobreproducción es la causa de sus recurrentes crisis cíclicas; que la única manera de evitarlas y garantizar la estabilidad económica es la intervención del estado; que tal intervención se hace por la vía de la regulación legislativa y de la inversión, vía gasto público; que ello conlleva necesariamente la utilización de recursos que generan déficit y requieren deuda; y que, en fin, a todo eso se le llama economía social de mercado, la única que ha garantizado en la historia del Siglo XX soluciones eficientes y socialmente equilibradas (reversos de una misma moneda).

No soy yo quien ha inventado esa serie lógica. Han sido economistas como Keynes y países como los Estados Unidos o los europeos occidentales después de la II Guerra Mundial quienes lo han hecho y lo han aplicado con éxito. Porque para fracasos tenemos ejemplos suficientes de lo contrario en la Escuela de Chicago, en el Partido Conservador británico de los 80 y, mira por dónde, en la actual crisis, que nos es el resultado de la insoportable pesadez de lo público, sino de la insoportable levedad de los mercados, a los que, por arte de birlibirloque, se les ha quitado el apellido de financiero cuando sus desmanes se basan precisamente en serlo y actuar en consecuencia.

No digo que no haya que reducir el déficit, que hay que hacerlo; no afirmo que no haya que empequeñecer la deuda, que es necesario. Pero sí mantengo que anatemizar ambos instrumentos de economía política –sí, no de política económica-, a estas alturas, es un error, un craso error, que se puede pagar caro a medio y largo plazo en términos de recuperación y creación de empleo. Los ajustes son precisos y deben hacerse con decisión, pero siempre con la perspectiva de que nunca desembocarán en institucionalizar una economía de mercado de cuya gestión hayan desaparecido las enseñanzas de la Gran Depresión y de la edad dorada de los años 50 y 60.

Entre esas enseñanzas está la propia Unión Europea, el mejor ejemplo histórico de planificación democrática de la economía que nos ha conducido a éxitos tan brillantes como el mercado interior y el euro. La crisis ofrece a la UE no solo la oportunidad de hacer frente a los mercados financieros eficazmente –como está haciendo con decisiones tomadas en semanas, también gracias a la Presidencia Española de la Unión, que habían sido inimaginables a lo largo de años y años-, sino de plantearse su propio desarrollo político, conformando un verdadero gobierno económico que cuente entre sus instrumentos, más allá de la mera coordinación de políticas y del Pacto de Estabilidad, con un Tesoro Europeo para un presupuesto suficiente, armonización fiscal y criterios de convergencia en empleo, renta, servicios públicos, protección social y derechos laborales.

Europa, ese cielo protector que hemos construido a lo largo de seis décadas, tiene ante sí una clara disyuntiva: continuar siendo fiel a sus valores y objetivos o caer en manos de un nuevo fetichismo. En mi opinión, la elección no puede ser otra que ser fieles a nosotros mismos y fortalecer la economía social de mercado y el estado del bienestar que incluye como núcleo y que, cuando corresponde, requieren de un déficit y una deuda pública bajo control y fruto de decisiones políticas colectivas tomadas por los ciudadanos, no por los mercados.

Carlos Carnero

La disyuntiva europea ante la crisis
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