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lunes 16/5/22

La diputada Nebrera y la eterna teoría de Andalucía

Es muy probable que Montserrat Nebrera, la diputada del Partido Popular de Cataluña en el parlamento de dicha comunidad, esté a sueldo de Magdalena Álvarez: bajo el aguacero de críticas que estaba soportando la titular de Fomento por el atasco aéreo de los últimos días, le ha hecho el favor del siglo al desviar la atención hacia su acento, con lo que ha logrado ponernos a favor de la ministra no sólo a todos aquellos que participamos del habla

Es muy probable que Montserrat Nebrera, la diputada del Partido Popular de Cataluña en el parlamento de dicha comunidad, esté a sueldo de Magdalena Álvarez: bajo el aguacero de críticas que estaba soportando la titular de Fomento por el atasco aéreo de los últimos días, le ha hecho el favor del siglo al desviar la atención hacia su acento, con lo que ha logrado ponernos a favor de la ministra no sólo a todos aquellos que participamos del habla andaluza del español, que somos unos cuantos millones de electores.

"Yo algunas veces, cuando llamo a Córdoba y oigo desde algún hotel que me contestan, no acabo de entender, porque si no estás avezado a hablar en andaluz, normalmente pues te cuesta", aseguró la señora Nebrera, que afirma paradójicamente en su blog que el 50 por ciento de su familia es andaluza, de Baeza, por lo que cabe maliciar que las cenas de navidad las celebren en versión original subtitulada o se hablen por señas.

Y es que al caricaturizar a Magdalena Álvarez ante los micrófonos de la cadena Ser por “un acento que parece un chiste”, la parlamentaria ha logrado incluso que su propio partido la desdiga y le regañe: "No acepto, por insignificante que sea, cualquier comentario que se refiera a los andaluces en tono jocoso o vejatorio", llegó a declarar su conmilitón Javier Arenas, presidente andaluz del Partido Popular, después de un silencio de varios días. Incluso el secretario general del PP de Cataluña, Jordi Cornet, tuvo que terciar afirmando que las declaraciones de Nebrera se habían producido a título personal y que en Cataluña "se aprecia y se valora al pueblo andaluz. Muchas familias que viven en Cataluña provienen de tierras andaluzas y han ayudado a hacer Cataluña más grande".

Como trasfondo de este debate hasta cierto punto baladí late otro, el de una eterna teoría de Andalucía, acuñada por José Ortega y Gassett, que sigue latente en buena parte del imaginario español sobre el sur. Andalucía pareció arrogarse la condición de España de charanga y pandereta que Antonio Machado atribuía a todo un imperio decadente. Durante décadas, la imagen exterior de todo este país era la de Andalucía y el franquismo supo levantar su estética sobre dicho supuesto: la copla y el flamenco, el jerez y los toros, constituyeron los iconos estatales, como herencia del estereotipo andaluz que acuñaron los viajeros románticos.

Una infraestructura económica basada en los latifundios caciquiles y la quiebra de toda esperanza política Constitución de 1812, pronunciamientos liberales, cantonalismo, etcen acabar con el antiguo régimen, provocaron que no lograra consolidarse una burguesía andaluza durante el siglo XIX, cuando la restauración monárquica, tras la I República, articuló al Estado en torno a tres vértices protagonistas: Madrid como epicentro administrativo, el País Vasco y sus fueros como antídoto contra el carlismo, y Cataluña como progresiva potencia industrial. Cuando las textiles andaluzas fueron adquiridas por las catalanas para proceder a su cierre y cuando el desastre del 98 acabó definitivamente con el puerto de Cádiz como orilla europea de América, quedó sellada la marginación de Andalucía durante más de un siglo. No hubo reforma agraria posible, salvo la que terminó llevando a cabo la Unión Europea, a la chita callando, con sus cupos y fondos de compensación. Y los andaluces emigraron para construir sueños ajenos, incluyendo el de Cataluña, que muchos terminaron haciendo suyos.

En ese proceso, prosperó el tópico de la eterna fiesta andaluza, a pesar de que la Feria de Sevilla fuera fundada por dos emprendedores catalanes. O el de la falta de cultura de esta enorme fábrica de chachas y peones que, sin embargo, exportó a porrillo genios de las letras, de la música o del arte. Hasta época bien reciente, el antiflamenquismo surgió como una ramificación de lo anti-andaluz, una pulsión que a menudo aflora en los discursos políticos o intelectuales de izquierda, de derechas o medio pensionistas, ya lo expresen Marta Ferrusola, Heriber Barrera o Fernando Sánchez Dragó.

Francisco Candel, Manuel Vázquez Montalbán y otros muchos lograron describir, en cambio, la epopeya de muchos andaluces que atravesaron la Península a bordo del “transmiseriano”, que era como se llamaba al Malagueño, el expreso que unía a Málaga con Barcelona en un trayecto que hasta hace veinte años se dilataba durante veinticuatro horas y Magdalena Álvarez no ocupaba aún su actual cartera. Antes, los andaluces llegaban a Madrid para hacer la mili o para desempeñar los oficios más humildes. Hoy también cogen el Ave para ser empresarios, para ser científicos o para ser ministros. O ministras, aunque por ese simple hecho, se haya linchado de antemano a Bibiana Aido, sin ir más lejos y sin permitirle en su día cien días de cortesía cuando levantó de la nada el ministerio de Igualdad y se le intentó insultar recordando su paso por la dirección de la Agencia Andaluza para el Desarrollo del Flamenco, insultándonos por lo tanto a todos los aficionados andaluces o no-- a dicha actitud ante la vida.

Muchos andaluces aprendieron en Cataluña a ser cataluces o andalanes. O en Madrid, a compartir una doble militancia con su tierra y con la villa y corte a la que Fernando Quiñones llamó la última ciudad andaluza al norte de Despeñaperros. O con Bilbao, cuyos habitantes nacen, al igual que los gaditanos, donde les da la gana. O en Valencia, Cantabria, Castilla, Murcia o Galicia, estaciones de ida y vuelta en esa hégira económica de siglos que siempre constituyeron las migraciones internas o externas de este país olvidadizo de su propia historia y que sigue buscando razas arias cuando nuestra mayor pureza es el mestizaje.

Ese, quizá ese sea el debate de fondo: que seguimos pensando que España es una, como quiso la dictadura. Sólo que en este caso, no habría más España que la de nuestro ombligo. Que no hay más acento español que el de Valladolid, por ejemplo, o que el catalán, el gallego o el vascuence guardan menor categoría lingüística y son menos patrimonio del común del Estado español de lo que pretenden incluso algunos de los nacionalismos periféricos.

En la lenta pero prometedora construcción de esta España democrática, a veces, se nos va la olla a todos. Y quienes estén libres de culpa, que tiren la primera piedra aunque sea con cuidadito: también muchos andaluces hemos criticado la supuesta avaricia de Cataluña que cuanto menos habría servido como locomotora para el actual estado de las autonomías del que buena parte de los demócratas nos sentimos más que satisfechos.

En cualquier caso y con la que está cayendo, este país se llame como se llameno puede permitirse el lujo de andar discutiendo majaderías. A la diputada Nebrera, el corrector de Microsoft ya le hace justicia poética, al cambiar su apellido por el de “Negrera”. Habrá que ver, sin embargo, quién le hace justicia a Andalucía, más allá de esas eternas teorías o de las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas que siguen reflejando que esta comunidad es la que más simpatía despierta en el resto del Estado: espero que no sea tan sólo por ese fénix de los ingenios que sigue siendo Chiquito de la Calzada.

Juan José Téllez
Escritor y periodista

La diputada Nebrera y la eterna teoría de Andalucía
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