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sábado. 25.06.2022

La Caza

NUEVATRIBUNA.ES - 17.2.2009Rajoy lleva razón: existe una conspiración contra el PP -o contra él, o los dos a la vez- de vastas proporciones. Sólo así se puede entender que sean los propios compañeros los que se espían entre sí sin que él lo sepa, por supuesto; o los que se graban mutuamente de tapadillo; o los que reparten la guita entre camaradas a sus espaldas (y de Aguirre y Camps); o los que se chantajean como buenos hermanos.
NUEVATRIBUNA.ES - 17.2.2009

Rajoy lleva razón: existe una conspiración contra el PP -o contra él, o los dos a la vez- de vastas proporciones. Sólo así se puede entender que sean los propios compañeros los que se espían entre sí sin que él lo sepa, por supuesto; o los que se graban mutuamente de tapadillo; o los que reparten la guita entre camaradas a sus espaldas (y de Aguirre y Camps); o los que se chantajean como buenos hermanos. Sólo una bien urdida conspiración que cuente con turbias complicidades podría sacar a la luz unos secretos tan delicados y bien guardados.

Tan compleja y sibilina es la conspiración desvelada, que el propio Rajoy tiene dificultades para saber de qué manera el enemigo ha logrado crear una quinta columna en sus propias filas que abarca todos los estamentos de su partido. La idea no es mala: tiene bien resuelto el tema del “qui prodest “-a Zapatero, claro-; también tenemos a los autores materiales cogidos con las escopetas humeantes en la mano.

Así que lo esencial del caso está meridianamente claro. Sin embargo, hay algunas piezas en la trama que quizás, no acaban de encajar del todo, pero se trata de pequeños matices. Concretamente qué hace Paco Granados mandando a Gamón y al agente Pinto a seguir a Nacho González, a Cobo y tutti cuanti-o al revés, que nunca se sabe-. Porqué el señor Carrera, ese cabeza de lista de Orense, tiene que cobrar en las islas Caimán y no en Andorra, pongamos por caso. Cómo es posible que Paco Gürtel y el Bigotes pudiesen atender debidamente sus delicados negocios si se pasan la vida en bodas, bautizos, primeras comuniones, despedidas de soltero, regatas, carreras de coches y demás eventos. Qué necesidad tiene Aguirre de cambiar cada quince días los teléfonos a sus consejeros si no es por seguir la consigna zapaterista de consumir a toda costa para combatir la crisis. A santo de qué Gallardón tiene que hacer pucheritos en la famosa foto de familia que reunió a todos y todas en la presentación mundial de las pruebas de la colosal trama.

Puede que existan pequeños desajustes en la historia, pero un buen cuento no debe ser cuestionado por una picajosa manía por la verdad. ¡Peccata minuta! Pero, seamos sinceros, la teoría conspiratoria concebida por los cerebros del PP tiene un algo que pincha en carne blanda: la caza evoca ambientes opulentos, humos de chimenea, olor a habanos, opíparas comilonas, bebidas caras, vehículos chupa gasolina, servidumbre de jornaleros, ladridos y sangre, mucha sangre. Pero sobre todo a situaciones en las que los poderosos se juntan para hablar quizás entre murmullos- de sus cosillas, en una atmósfera de camaradería varonil, lejos de la promiscuidad urbana. ¿Cómo olvidar al genial Sazatornil buscando su decretazo en la montería recreada por Berlanga entre misa y misa? ¿O al humillado Landa, cada vez más y más cojo, antes que Paco Rabal acabase con el déspota del señorito Juan Diego? ¿O los rostros sudorosos y salvajes filmados por Saura en La Caza? ¿O al dictador con su capote y su sombrerito tirolés contemplando sonriente su hazaña cinegética? ¿O el célebre oso bielorruso, narcotizado para mayor orgullo de su cazador? Esas cosas duelenSe non vero, ben trovato.

Por lo que se puede colegir, al ministro Bermejo y al juez Garzón les vuelve locos la caza, tanto que les hace perder un cierto sentido del decoro que -según aconsejaba Cicerón- ha de presidir el comportamiento de las personas con responsabilidades públicas. Parece que ambos se ven poseídos por un furor cinegético irrefrenable que ciega sus entendederas e impide un comportamiento de moderación y discreción en sus actos privados, tan conveniente y exigible en el ejercicio del poder en un mundo democrático y plebeyo.

Pero, a fin de cuentas, la cuestión no es si estos señores cazan mucho, solos o en compañía de otros, ¡allá ellos y que se lo hagan mirar! No. El tema es que, estando en Génova atareados en zafarse de ese pegajoso aquelarre de engominados, mamachichos, invitados de boda, dossieres de todo quisqui -que ya se venden hasta en el Rastro- candidatos gallegos sin suerte, y demás asuntejos, va y, de pronto, salta la liebre. ¿Qué cazador la dejaría huir a su madriguera? ¡Pum, pum!

Orencio Osuna es empresario

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