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lunes 16/5/22

La burbuja gastronómica: el fogón de las vanidades

Nunca como en esta época se ha hablado tanto de gastronomía en España. Una disciplina dialéctica, antes privilegio casi exclusivo de los franceses, parece destinada a consumir una buena parte de magacines, prensa diaria, radio y como no televisión en la que cada cadena puede presumir de tener en antena no menos de un programa de la especialidad además de los canales temáticos sobre el tema.

Nunca como en esta época se ha hablado tanto de gastronomía en España. Una disciplina dialéctica, antes privilegio casi exclusivo de los franceses, parece destinada a consumir una buena parte de magacines, prensa diaria, radio y como no televisión en la que cada cadena puede presumir de tener en antena no menos de un programa de la especialidad además de los canales temáticos sobre el tema. Junto y/o por ello una buena parte de nuestra sociedad habla de gastronomía. Las conversaciones entre amigos han incluido en su orden del día a la alta cocina y al mundo del vino junto a los habituales espacios masculinos dedicados a los automóviles, la informática, y el deporte además de otros coloquios de uso bisex como la moda y la rumorología bien informada sobre la vida de diversas especies de famosos reales o imaginarios.

Dicen que todo ello se debe en parte a nuestro progreso económico, al cambio de usos y costumbres en nuestra sociedad, a las nuevas tendencias de consumo; y los mejor intencionados lo atribuyen a una mejora en nuestro nivel cultural y a una mayor exigencia de calidad de los nuevos consumidores. De una forma u otra el dinero juega un papel fundamental en este asunto, puesto que sin él difícilmente se pueden pagar las facturas que los restaurantes y las bodegas expenden con una alegría de números que empieza a causar pavor. Se atribuye tal efecto a la restauración de lujo cuando, como podemos comprobar cada día, este fenómeno, que incide en marcadas tendencias inflacionistas, alcanza niveles muy generalizados en el sector de la hostelería.

Empieza a no encontrarse un solo lugar en el que, excepto el económico menú destinado el mediodía a las necesidades de empleados de empresas de servicios, unas cervezas con algo de picar suponga menos de los 30 €, por no hablar de los precios en las “rutas turísticas” de los centros urbanos como es el caso de Madrid. A todo ello influye una evidente disposición de dinero en manos del público que la industria restauradora se encarga de recaudar con avidez por el simple hecho de estar ahí sin atender a procesos necesarios de calidad y racionalidad competitiva.

Cuando se dan esas circunstancias en otros sectores de la economía la prensa ha echado mano del término burbuja para calificar y predecir los efectos perversos que depararan a los ciudadanos y las empresas los desajustes del comportamiento económico y social de esos sectores y sus protagonistas.

Así, el incremento excesivo y desaforado de los valores tecnológicos e inmobiliarios configuró una estela de burbujas señaladas como perjudiciales que no tardaron en calificar a sus responsables de tiburones, especuladores, irresponsables etc. Sin asumir como casi siempre la cuota parte que a la sociedad y a los mismísimos medios de comunicación les corresponde en inflar un globo al que luego se la pincha una vez agotadas sus expectativas de dotar de riqueza a ciertos mortales, Léase: inversores en bolsa, inversores en valores inmobiliarios, todo tipo de intermediarios y vividores en general.

Pues bien, en la reciente edición de Madrid-Fusión y en sus aledaños periodísticos nunca como ahora se ha manifestado con tanta intensidad esa tendencia a la creación de una burbuja que aún nadie califica como negativa. Más bien al contrario no hay medio de comunicación que no magnifique las excelencias de la restauración española con su capitán general D. Ferran Adriá a la cabeza y no han faltado titulares de importantes rotativos que han titulado. “La cocina española desafía la crisis”.

Las siempre famosas estrellas michelín caen sobre los afortunados cocineros seleccionados como si de mantos de riqueza, fama y honor se tratasen. La cocina ya es cultura con mayúsculas y sus operadores han pasado a ser artistas e intelectuales de indudable prestigio mediático que se pavonean por los salones de la alta sociedad cuando otrora solo fueron servicio. En los comedores los precios se disparan y los costes de producción se incrementan porque todo el mundo quiere, como no, participar del festín. La crisis no existe señores, abran paso a la nueva cultura del placer que se mastica. ¡Voila!

El Señor de Fouquet

La burbuja gastronómica: el fogón de las vanidades (2 parte)

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