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domingo. 26.06.2022

Karlshure, pelotas fuera. Frankfurt, es urgente esperar

Febrero ha empezado con tres noticias importantes en el frente de la política europea y su respuesta a la crisis...

Febrero ha empezado con tres noticias importantes en el frente de la política europea y su respuesta a la crisis.

Primero, el Parlamento Europeo parece dispuesto a no aprobar el proyecto de Unión bancaria tal y como lo han cocinado el Consejo y la Comisión. Ya lo anunció su Presidente Martin Schulz a su paso por Madrid, pero esta vez la cosa va en serio y el Parlamento Europeo está dispuesto a hacer valer sus poderes de colegislador. La proximidad de las elecciones ayudará a que se mantenga este pulso para que la opinión pública perciba la importancia de la euro-cámara.

Segundo, los jueces del Tribunal Constitucional alemán con sede en Karlsruhe han remitido al Tribunal de Justicia Europeo la decisión sobre si el mandato del BCE le impide o no comprar en cantidades ilimitadas deuda pública, en el mercado secundario, por supuesto, que es en lo que consiste ese “i will do whateverittakes” con el que e4l señor Draghi salvó al euro en el verano del 2012.

Por su parte,los jueces alemanes consideran que hay fuertes razones para creer que esa decisión es contraria al mandato del BCE. Pero se declaran incompetentes para dictar sentencia. Los euroescépticos, que presentaron la demanda al Tribunal alemán, han ganado sobre el fondo pero de poco les va a servir porque el Tribunal de Justicia de la Unión Europea probablemente no tendrá la misma opinión. Han ganado una batalla, pero han perdido la guerra. Con gran alivio de todos, porque si los jueces alemanes se hubiesen metido en la camisa de once varas que es juzgar la política del BCE hubiésemos tenido de nuevo tormentas en los mercados.

Es la primera vez que la corte constitucional alemana le pasa la pelota a la justicia comunitaria. Pero no hay tantos motivos para tanta alegría como la que ha recibido la decisión. En realidad, sobre el fondo del asunto los jueces alemanes han estimado que la OMT (la política de compra de deuda anunciada por Draghi) no es conforme con la Ley fundamental alemana, el equivalente a nuestra Constitución, y rebasa el mandato del BCE.

En realidad, esa política no ha tenido que ser aplicada. Fue enunciada en el verano del 2012 cuando las tensiones sobre las deudas públicas españolas e italianas amenazaban con hacer estallar el euro. Pero la simple evocación de ese programa fue suficiente para calmar la especulación en los mercados financieros, ya que vieron que si las cosas se ponían feas el BCE recompraría toda la deuda sin condiciones. Si lo que dijo Draghi en el verano del 2012 lo hubiese dicho Trichet en el del 2010 seguramente nos hubiésemos ahorrado la crisis.

Pero aunque no haya sido necesario aplicarla, el enunciado de esa decisión provoco una gran irritación en los euroescépticos alemanes, y en el propio Bundesbank, que apoyó su demanda ante la Corte constitucional. Su decisión es una bofetada para el Bundesbank como algunos comentaristas se han apresurado a señalar, pero no del todo, porque en el fondo los jueces comparten su temor de que esa operativa podría generar una redistribución entre Estados. Quizá los jueces se asustaron de las consecuencias que tendría una sentencia acorde con ese criterio y decidieron quitarse de en medio.

Esa es una novedad, ya que por primera vez los jueces aceptan como instancia el Tribunal de Luxemburgo. Nunca hasta ahora lo habían hecho. Y es una buena noticia para la arquitectura del sistema jurídico de la Unión. Esta vez han renunciado a dar una solución jurídica a un problema político. También es una novedad.

La tercera es que el BCE ha decidido que era urgente esperar y no ha tomado ninguna decisión de política monetaria. El tipo de interés no baja del 0,25 %, bien es verdad que ya poco puede bajar más. Y nada de decisiones de política no convencional al estilo americano o japonés. Y tampoco nada de aplicar tipos de interés negativos a los depósitos de los Bancos en las Cajas de Frankfurt. Para el BCE la Unión Europea no está en deflación. Podemos decir que no lo esta todavía, pero no tardará en estarlo, y la mejor manera de luchar contra este peligro es evitar que se materialice. Recordemos que la última vez que la inflación en la eurozona cayo al 0,7 % (en octubre 2013) el BCE reaccionó inmediatamente bajando el tipo director del 0,5 al 0,25 %.

Esta vez, el BCE ha dicho que tiene que tener más información para decidir. Sobre todo sobre la situación en los países emergentes y su impacto en la economía europea. Pero esta indecisión puede costarnos caro. Tarde o temprano tendrá que actuar, porque los problemas de la zona euro no se han resuelto: el crecimiento es anémico, la inflación nula, el paro insoportable y las deudas demasiado grandes. En circunstancias parecidas la Reserva Federal ya habría actuado con determinación. Esta   actitud distinta se debe a diferentes enfoques ideológicos imperantes en las dos instituciones. Pero las presiones que va a recibir el BCE le obligaran a actuar el próximo 6 de marzo si la amenaza deflacionista se concreta.

Y mientras tanto, el colapso del crédito no se resuelve sino que empeora. Estamos ya con una caída del 30 % con respecto al 2009. A esos dos problemas, el de la deflación y el de la sequia de crédito se suma ahora el freno de los países emergentes, que va sin duda a afectar a nuestras exportaciones. En realidad, están cayendo ya y la recuperación, como algunos habíamos anticipado, no vendrá de la exportación de forma duradera. Sobre todo si Alemania no reduce su superávit comercial, que ha acabado el 2013 en un máximo histórico.

Esperemos que el BCE entienda que su objetivo de precios cercano al 2 % se puede incumplir, tanto por arriba como por abajo, y ahora estamos en el 0,7 %. Pero cuando has estado entrenado para luchar contra la inflación es difícil que cambies el fusil de espalda y te pongas a luchar contra lo contrario.

Karlshure, pelotas fuera. Frankfurt, es urgente esperar