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sábado 21/5/22

Inmigrantes sin papeles

Han muerto 14 inmigrantes en el mar. Uno de ellos logró llegar con vida hasta la playa y murió camino del hospital. Salieron del norte de África hace unos días. Eran 48. Han llegado 33. Hace escasos días, un menor y cuatro mujeres nigerianos morían frente a las costas de Motril.
Han muerto 14 inmigrantes en el mar. Uno de ellos logró llegar con vida hasta la playa y murió camino del hospital. Salieron del norte de África hace unos días. Eran 48. Han llegado 33. Hace escasos días, un menor y cuatro mujeres nigerianos morían frente a las costas de Motril.

Caen, mueren cada día, ajenos a los políticos que, desde sus despachos, en las salas de aire acondicionado, discuten directivas, normas y leyes que le convierten en seres humanos de segunda, sujetos a las decisiones e intereses de otros. Ajenos a periodistas que hacen hacemos- los editoriales desde la comodidad del despacho.

Son sin papeles hasta que un día, un médico forense, en cualquier hospital, extiende y les otorga el único papel legal que habrán tenido en su vida: el de defunción. Aún así, en muchos casos seguirán sin nombre aunque reposen en la tierra que no les quiso vivos.

Otros no tendrán ni eso. Otros serán son- tragados por ese mismo mar en el que creyeron encontrar un camino hacia un mundo nuevo, distinto. El problema es que las pateras, los náufragos, los muertos empiezan a entrar en nuestro vocabulario con toda normalidad. El inmigrante es algo muy ajeno. Lejano. Y más cuando viviendo en el centro del país, las noticias llegan tamizadas por los kilómetros y las horas.

Sé que es decir más de lo mismo repetir que no puede ponerse una puerta al hambre y a la desesperación. Que ninguna directiva europea va a frenar los cayucos y las pateras. Que es, sin duda, un problema de solidaridad entre seres humanos. Que, probablemente, si se repartiera con un mínimo de justicia el despilfarro de los países ricos, no existirían muertes por hambre.

Porque lo más terrible de todo es que no se habla de cifras de locura. Se habla de cifras que pueden ser razonablemente alcanzadas. Hambrunas que se paliarían con las migajas que se tiran de otras mesas. Sé que son líneas un tanto ingenuas, un punto demagógicas y, posiblemente, inútiles. Pero uno, la verdad es que no sabe qué escribir cuando lee que nueve niños han muerto de hambre en mitad del mar.

Ayer la polémica eran los 19 platos que habían formado la cena del G-8. Es una anécdota. Ojalá hubieran comido 24 platos y se hubieran esforzado más para buscar soluciones. Porque eso es lo que realmente hay que criticarles: la falta de voluntad para solucionar lo problemas. Lo demás, tonterías, anécdotas dolorosas y poco más.

Nada hará la directiva del retorno. Europa no podrá blindarse contra los gritos de otros seres humanos. Nada se logrará con fronteras y policías. Siempre habrá ilegales sin nombre que busquen su vida, aunque a ellos les suponga la muerte, aunque el único papel legal que obtengan sea el del depósito de cadáveres.


Cerremos hoy con unos versos de Álvaro Mutis, unos versos a ese mar que recoge la mugre del mundo.


Casi al amanecer, el mar morado,
llanto de las adormideras, roca viva,

pasto a las luces del alba,
triste sábana que recoge entre asombros
la mugre del mundo.

Inmigrantes sin papeles
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