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sábado. 02.07.2022

Independencia y crisis económica

Esto de la crisis está haciendo emerger una hinchazón nacionalista nada recomendable. Se trata de un dispositivo ideológico enquistado en la piel y que, cada cierto tiempo, erupciona en el amplio y plural cuerpo nacionalista, sea español, vasco, catalán y gallego. En los momentos de descomposición política, económica o moral, cada cual tira porque le toca.

Esto de la crisis está haciendo emerger una hinchazón nacionalista nada recomendable. Se trata de un dispositivo ideológico enquistado en la piel y que, cada cierto tiempo, erupciona en el amplio y plural cuerpo nacionalista, sea español, vasco, catalán y gallego. En los momentos de descomposición política, económica o moral, cada cual tira porque le toca. Y los argumentos utilizados dejan, cuando menos, muchas groserías intelectuales en el camino. Veamos.

En el ámbito que a mí me interesa, algunos parecen disfrutar viendo sufrir en la actualidad a esa madrasta infame llamada España. Ante el panorama deprimente que ofrece, sobran argumentos a quienes ya aventuraban que nada bueno habría de suceder a los nacionalistas de vario cuño, caso de creerse el cuento de la lechera españolista.

La crisis económica actual es la confirmación absoluta del desastre total de España y lo equivocados que estaban quienes auguraban algo bueno para el futuro del Estado Vasco/Navarro al integrarse por las buenas o por las malas al destino español.

Se pretende que la crisis económica sólo es asunto de los españoles, que sólo ellos se han dejado contaminar por el perverso neoliberalismo, y así han salido las cuentas. Y se concluye que esto no hubiera sucedido con un Estado Navarro Vasco  Independiente, pues ya es sabido que, por ejemplo, los vascones en materia de inteligencia económica son muy listos y muy honrados. Cosa que los españoles, desde 1512 por lo menos, han demostrado ser tan manirrotos como corruptos.

Analistas aborígenes sostendrán que con la crisis han salido a relucir “los auténticos rasgos del carácter español”, que era lo que faltaba por oír. Más todavía. Se ha dicho que los españoles, “llevados por su ofuscación en tiempos de riqueza y de confort, se han olvidado de los viejos defectos de su idiosincrasia nacional”. Uno pensaba que tirar de estereotipos nacionales sólo los perpetraban los japoneses con el flamenco. Ver estas cosas suscritas por historiadores produce cierta alacridad. A estas alturas, hablar del carácter y del temperamento españoles es como perorar de la espatulomancia para curar un cáncer de colon. Y bien, ¿cuál es ese rasgo común de esa idiosincrasia que tanto afea la conducta de todos los españoles? Ni más ni menos que su “espíritu avasallador e imperialista”. ¡Como si todos llevasen en su ADN un duque de Alba!

Según este avispado, como esta España imperialista tiene contados sus días, habrá que ser cautos, porque en su intento de sobrevivir tratará de llevar al precipicio lo que pille por delante, pero, sobre todo, a esas comunidades que no traga por razones históricas, políticas y, ahora, económicas. Pues ni que decir tiene que, si Cataluña y Navarra/Euskadi fuesen Naciones soberanas, jamás se habrían dejado visitar por la prima de Guindos.

Siguiendo con esta antropología costumbrista, leo que la crisis actual revela “la estulticia de unos determinados españoles, que se creen capaces de hacer frente a la situación, por el simple hecho de estar en el centro neurálgico del poder”. Es que estos determinados españoles son, al parecer, ignorantes estructurales e intrínsecamente perversos. Es más. Han incubado adrede la crisis para joder a quienes no se consideran españoles. Además de estólidos, estos españoles están atacados por otro espíritu maligno, exactamente, el de Grandeza. Se creían que lo podían todo y lo único que han demostrado es que son unos zarrapastrosos. ¡Ay, estos españoles!

Sorprende que se hable de españoles y de navarros como si fuesen conceptos unívocos y compactos en su significado, como si todos los españoles y todos los navarros pensaran y sintieran lo mismo acerca de España y de Navarra. Decir, por ejemplo, que “España para los navarros es ante todo la Guardia Civil, luego la caterva de funcionarios españoles y la de políticos profesionales que viven de las arcas públicos y gratificaciones de los poderosos, dedicados estos a las ganancias que proporcionan el ventajismo de las influencias y chanchullos”, es injusto y lesivo para los navarros que piensan que Navarra es, también, el pacharán, el espárrago, el ajoarriero, la alcachofa, sanfermines, Javier y los piperos.

La crisis económica en España es una crisis que afecta directamente a la ciudadanía de cualquier color autonómico. No se libra de ella nada ni nadie. La crisis nos está pegando a todos los pobres por igual. Da lo mismo el arco ideológico bajo el cual protejamos nuestra identidad política. La crisis económica no se ha andado con remilgos, y ha arremetido de forma universal y democrática contra todos, sean de izquierdas o de derechas, hayan votado como Dios manda a Rajoy o a López, o a los nacionalistas radicales o derechones del PNV o de CiU. Da lo mismo que seamos creyentes, ateos, agnósticos o dubitativos. A la crisis le importa un pepino lo que el ciudadano sea en términos políticos o transcendentales. La crisis no tiene sensibilidad. Y no la tiene, porque el dinero sigue siendo, desde Vespasiano, materia inodora. A quienes trafican con el vil metal encantador la única patria que conocen y desean habitar es la de la riqueza, conseguida por el método que sea. El fin es enriquecerse, y, si los medios utilizados son los que ineptos Gobiernos les ofrecen, no pueden estar más satisfechos. Todo lo que roban, esquilman y desvalijan es, encima, legal.

En este panorama, han surgido voces que, en contra de la gravitación universal de la economía de los mercados, aseguran en plan profético que el fin de España será el inicio de una Nueva Era. Y que, por fin, la independencia política será realidad; será la panacea que solucione los problemas económicos de quienes aspiran a ser Estados porque ya lo eran. Es más, esta crisis no se habría dado en el país de los nacionalistas, si, en lugar de gozar de una mierda de estatuto de autonomía, aquel gozase de independencia. Como si ésta nos dotara de una capacidad cuasi mágica para salir indemnes de cualquier cataclismo derivado de los ciclos económicos a los que tiene a bien enviarnos la historia.

Ser un país independiente no nos librará de sufrir ninguno de los problemas a los que estamos acostumbrados y, en la actualidad, padecemos. La independencia política no será nunca una Arcadia feliz e indolora. Es, sí, un comienzo esperanzado, pero que pronto o más tarde se verá truncado por las ambiciones personales de quienes detenten el poder aunque sean más independientes que un cangrejo ermitaño.

Hasta la fecha, los teóricos de la independencia la han presentado como un fin deseable. Seguro que lo es aunque sólo fuera como experimento. Pero, ¿acaso no es hora de describirla como un medio político, gracias al cual la gente trabajará para ser feliz, y no para rebajar la prima de riesgo? Porque, si no es así, ¿para qué queremos ser independientes?

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