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martes. 28.06.2022

Ilustración y Modernidad

NUEVATRIBUNA.ES - 14.3.2010...que iluminan la modernidad y que, en definitiva, son raíces insoslayables en cualquier designio democrático, por lo que, supongo, no le encontrarán la gracia a la paradoja. Se lo explico: lo que han hecho es como prohibir que en un museo egipcio se expongan jeroglíficos, o, ya puestos, que en una exposición de Sorolla haya luz.
NUEVATRIBUNA.ES - 14.3.2010

...que iluminan la modernidad y que, en definitiva, son raíces insoslayables en cualquier designio democrático, por lo que, supongo, no le encontrarán la gracia a la paradoja. Se lo explico: lo que han hecho es como prohibir que en un museo egipcio se expongan jeroglíficos, o, ya puestos, que en una exposición de Sorolla haya luz. Pero, inmediatamente, debo aclarar que hago estas aclaraciones sin mayor esperanza de contribuir a la ilustración de estos premodernos, siquiera sea porque, como es sabido, está muy mal visto, en los ambientes políticos, periodísticos e, incluso, en los intelectuales (¡) demostrar que uno tiene lecturas, y la credibilidad corre más peligro ante la acusación de marisabidillo o de pedante que ante la de, qué sé yo, corrupto o prevaricador. Es cierto que puede haber una salvedad: las citas extraídas manifiestamente de diccionarios de citas para políticos o empresarios iletrados, en particular si son bíblicas, del Quijote o de la madre Teresa de Calcuta, aunque, por lo común, se equivoquen al traerlas al mitin. Pues bien, arriesgándome a cosechar tremendos dicterios, me permito recordar que Kant –que, aclaro, no era futbolista, sino filósofo- vino a definir la Ilustración como la salida de la humanidad de la minoría de edad de la que ella misma era culpable. Quizá sea demasiado para Rus o para los centenares de miles de personas que quieren afiliarse al PP antes de su próxima asamblea, pero tengo para mí que esto define bastante bien el corazón del problema, la ignorancia premeditada que habita detrás del deseo de negar la realidad escondiendo fotografías.

En el “régimen popular” al que avanzamos con firmeza en esta, nuestra Comunidad, la confusión entre instituciones y partido ha de hacerse con el consentimiento de muchos. Y el consentimiento indefinido, como proyecto de ingeniería social, supone la reconducción masiva hacia una infancia feliz, ornada de despreocupación y fiestas de disfraces, en la que vivimos “reencantados”, ajenos a los problemas del mañana porque, sencillamente, mañana –como hoy- no habrá problemas. Que ya nos lo ha dicho esta semana Camps, que vamos bien, cara al sol que más calienta. Ser modernos, de alguna manera, supone hacer preguntas, sentirse inquietos donde, antes, los reyes magníficos o los pontífices furiosos aseguraban el orden de un mundo que era una esfera inmóvil. No es que el PP dé para tanto análisis, pero sí que llega a intuir, por alguna genética histórica, que el proyecto conservador, egoísta, autoritario, el que tan bien viene a sus arcas y a los de sus amigos, funciona mejor con estas cosas.

Por eso, si tratan de explicarse es peor. Ahí hemos tenido a no sé qué portento mental tratando de distinguir entre libertad de expresión y libertad de opinión, dando por sentado que la opinión del que manda debe tener preferencia… o sea, justo lo contrario del proyecto ilustrado y de ese liberalismo del que tanto presumirán llegado el caso. Se trata, en fin, de interpretar la libertad de expresión “de otra forma”, para que no pueda ser dañina. Puesto a facilitar la cosa a mis gobernantes les sugiero que, antes de perderse en circunloquios demenciales, aduzcan, sin más, un texto claro y preciso, el Preámbulo de la Ley de Prensa de 1938: “Uno de los viejos conceptos que el Nuevo Estado había de someter más urgentemente a revisión era el de la Prensa (…); no podía admitirse que el periodismo continuara viviendo al margen del Estado (…), los daños que una libertad entendida al estilo democrático había ocasionado a una masa de lectores diariamente envenenada por una Prensa sectaria y antinacional (…). Así, redimido el periodismo (…) es hoy cuando auténtica y solemnemente puede declararse la libertad de prensa (…) que ya nunca podrá desembocar en aquel libertinaje democrático”. Y ahora es cuando alguno piensa: “ya está el rojo de Alcaraz, otra vez, recordando el franquismo”, y no me extrañaría que me condenara por reavivar viejas heridas y estar contra la “reconciliación”. Pero es que, ¿para qué vamos a buscar ejemplos lejanos, si los tenemos tan patrióticamente próximos?

En fin, en paralelo, Camps, ilustre ilustrado, anuncia la declaración de Bien de Interés Cultural para los toros -¿para cuándo la Fórmula I?-, que, más allá de otros debates, es otro magnífico ejemplo de modernidad. Vamos bien, estamos en el justo camino. Sólo falta un monumento al peor Rey de España, aquel Fernando VII que dio en reinstaurar la Inquisición, cerrar casi todas las universidades y abrir una Escuela de Tauromaquia. Pero, al menos, “El Deseado” nos legó insólitamente el Museo del Prado, mientras que aquí atacan sin piedad a sus propios museos. ¡Vivan las cadenas! Podríamos pedir explicaciones, pero sería vana pasión. Por eso prefiero reconciliarme y ofrendar a Rus, Camps y toda la patulea de cómplices, estos versos que José María Pemán dedicó al general-dictador Primo de Rivera:

“Nunca os cause desazones
el inútil murmurar
de las vanas opiniones,
que sólo a Dios habéis de dar
cuenta de vuestras acciones”.

Manuel Alcaraz Ramos es Profesor Titular de Derecho Constitucional en la Universidad de Alicante y Director de Extensión Universitaria y Cultura para dicha ciudad. Ha militado en varias formaciones de izquierda y fue Concejal de Cultura y Diputado a Cortes Generales.

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