martes. 05.03.2024

Homenaje

Hace ahora aproximadamente cinco años, tres acontecimientos personales, que se produjeron en un corto espacio de tiempo, dieron un vuelco radical a la percepción que hasta ese momento había tenido de la condición humana.

Hace ahora aproximadamente cinco años, tres acontecimientos personales, que se produjeron en un corto espacio de tiempo, dieron un vuelco radical a la percepción que hasta ese momento había tenido de la condición humana.

Por este orden, el estudio de la obra de Zygmun Bauman “Modernidad y Holocausto”, la visita casual e inesperada al campo de Mauthasen y, por encima de todo la lectura de “La escritura o la vida” de Jorge Semprún, me convulsionaron de forma inesperada y aún hoy, cuando me vienen a la memoria, una mezcla de confusión y perplejidad me invaden durante bastante tiempo.

Con Bauman perdí la falsa idea exculpatoria de que el holocausto, había sido producto de la mente enferma de unos pocos, para descubrir que la razón y la técnica, los dos grandes logros civilizatorios de la modernidad, con métodos de planificación industrial, habían alcanzado sus mayores cuotas de eficiencia, produciendo seis millones de muertes en un tiempo record. Para conseguir ese logro, parece evidente y perturbador que no son suficientes unas pocas mentes enfermas.

Cuando de forma inesperada me encontré a las puertas del campo de Mauthasen, no sospeche en modo alguno el impacto que me produciría instantes después contemplar desde abajo la inmensa escalera por la que tantas veces, en imágenes repetidas de documentales había visto rodar muertos a los presos del campo.

Pero sin ninguna duda, fue la lectura de “La escritura o la vida”, lo que me produjo una conmoción que aún perdura y que se vivifica con la muerte de Jorge Semprun. No puedo, en ningún caso, dar cuenta de la calidad literaria de la obra, bastante me importa, solo sé que su lectura me ató para siempre a la suerte de su autor. ¿Cómo no querer inmediatamente a quién es capaz de contar, que hasta en los momentos mas miserables de la existencia, cuando la cercanía de la muerte es la única certeza, la dignidad emerge y se apodera de todo tiempo, pasado presente y futuro?

¿Cómo no sentir un profundo respeto, por quien nos interroga constantemente acerca de cual hubiera sido nuestra respuesta, si hubiéramos tenido que vivir una experiencia parecida, como victimas o como verdugos?

Durante estos años, he celebrado cada aparición de Jorge Semprun como un acontecimiento intimo, daba igual cual fuera el motivo. Celebraba su fragilidad de los últimos meses, como la evidencia de que le había respetado el tiempo de la vida, Aún ayer, cuando en imágenes ya retrospectivas le vi subir los escalones de su casa en Paris ayudado por otros, pensé que una vez más había regateado a la muerte y seguía entre nosotros.

Larga vida a su memoria.

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