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miércoles. 08.02.2023

Hollande y el viejo lema: de cada uno según su capacidad…

Tan desnortada sigue la izquierda europea a estas alturas de la crisis que empieza a hablar de Hollande como si se tratara del santo advenimiento, cargando sobre sus espaldas, de llegar al Elíseo, la responsabilidad de dar un giro a la política de la UE de manos de una aplastante mayoría de derechas.

Tan desnortada sigue la izquierda europea a estas alturas de la crisis que empieza a hablar de Hollande como si se tratara del santo advenimiento, cargando sobre sus espaldas, de llegar al Elíseo, la responsabilidad de dar un giro a la política de la UE de manos de una aplastante mayoría de derechas. Da cierta grima ver cómo el análisis objetivo de los acontecimientos históricos ha sido sustituido progresivamente por una interpretación en clave de personalismos, supuestas estrategias nacionales e inexistencia de intereses económicos contrapuestos de los diversos sectores sociales.

Claro que un Hollande Presidente supondrá un cambio a mejor en Francia y para la dinámica europea, pero no solo porque la izquierda llegue al poder en uno de los principales socios de la Unión, sino porque lo hará con un programa netamente europeísta centrado en, al menos, corregir la deriva impuesta por la derecha en los últimos años sin que mediara planteamiento alternativo de los progresistas: la austeridad por la austeridad como forma de recuperar la tasa de ganancia a partir de un desmantelamiento del estado del bienestar y de la destrucción de buena parte de las condiciones laborales y salariales de los trabajadores.

Sí, claro que es una estrategia suicida en lo político y lo económico, pero el caso es que aún así ha sido y es aplicada sin demora en todos los países en los que la derecha gobierna e impuesta –so pena de anunciados males mayores mediante los ataques de los mercados financieros- en los que no lo hace. Es más, utilizando a la UE como instrumento de aplicación de tal política, hasta el punto de confundir el terreno de juego constitucional que representa la Unión con esa orientación: ahí está el llamado Tratado de Estabilidad para demostrarlo con suficiencia.

Hollande, que, de serlo, será elegido Presidente en la segunda vuelta con el apoyo de votos socialistas, comunistas, verdes y de extrema izquierda, está convencido de que no solo otra vía es posible, sino necesaria. Seguramente, no planteará una ruptura radical, pero sí un giro de un número de grados suficiente como para introducir una clara diferencia con lo que se nos ha presentado hasta la fecha como lentejas. Lo hará, además, desde la profunda convicción de que la UE es un logro mayor a mejorar y a preservar de la brutal utilización que la derecha está haciendo de ella para imponer su agenda: lo sé porque con él hice campaña a favor de la Constitución Europea en varios mítines de la campaña del referéndum de mayo de 2005.

La victoria de Hollande, en fin, significará un revulsivo para la izquierda europea, pero no como si fuera el Espíritu Santo. No. Porque esa izquierda tiene que contar con ella misma, en el nivel europeo y en el nacional, para generar una propuesta alternativa a la política de la derecha que convenza y movilice a las grandes mayorías que se han sentido defraudadas por su gestión de la crisis.

Hollande gobernará en Francia e influirá en la Unión. Pero en cada estado y en el ámbito europeo habrá que construir un bloque social de progreso con un programa que demuestre que hay otra salida a la crisis y que esa salida es por la izquierda, no por la extrema derecha o el populismo.

Hollande y el viejo lema: de cada uno según su capacidad…
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