jueves. 29.02.2024

Han salido las notas

Ni los medios de comunicación creen en el EGM, ni los partidos en el CIS, cuando los resultados no les resultan favorables...

Ni los medios de comunicación creen en el EGM, ni los partidos políticos en el C.I.S, cuando los resultados no les resultan favorables. Y es que, seguramente, ambos colectivos tienen razones sobradas para desconfiar de la elaboración de los resultados finales y la presentación a la opinión pública, precisamente por el conocimiento sobrado de los entresijos del sistema. En los dos campos, la publicación de los resultados de sus sondeos puede provocar efectos ajenos al objetivo básico que debiera ser el de facilitar una imagen cierta, un retrato sin maquillaje, del espacio social y político sometido a observación. En principio, los resultados del EGM y del C.I.S. debieran constituir –admitida su solvencia y credibilidad- un documento de trabajo imprescindible para elaborar estrategias y corregir errores pero, muy al contrario, el uso habitual de esos informes periódicos se centra en la propaganda de los éxitos coyunturales y en el disimulo, la irritación o el desdén ante los resultados adversos.

La última encuesta del C.I.S ha vuelto a generar el debate sobre la famosa “cocina”, admitida por el propio Centro, que es capaz de transmutar una intención directa de voto favorable al PSOE en una hipotética victoria electoral de PP. Como colegiales presentando las calificaciones trimestrales, los dirigentes políticos de los grandes partidos exprimen décimas a favor y en contra, en un intento comprensible -pero bastante inútil- de echar la culpa al profesor de sus suspensos. Más valiera que centraran su atención en otros renglones del informe que, sin necesidad de “cocina”, ponen muy a las claras cuales son los problemas que preocupan gravemente a los ciudadanos, y el estado de ánimo de una población desesperanzada.

Aunque no haría falta que lo contara el C.I.S., la máxima preocupación -la angustia- de los españoles es el paro, y su lógica correspondencia con la situación económica, que nadie es capaz de ver con capacidad de mejora. Que la corrupción aparezca en el segundo renglón de los problemas nacionales no provoca tampoco ninguna sorpresa, y explica la desafección hacia la política y los políticos, otro porcentaje llamativo en el escalafón de los males que nos aquejan. Mientras tanto ,no deja de resultar tan llamativo, como decepcionante, que todos los esfuerzos por lograr una política de aproximación entre los dos grandes partidos nacionales parezcan estar orientados hacia cuestiones de índole identitaria, cuya trascendencia no se trata de minorar en este comentario, pero que no están en la agenda de prioridades de urgente resolución para millones de españoles que caminan día a día hacia la pobreza y corren el riesgo de la exclusión social, sea cual sea la bandera y el Estatuto que los cobije. El C.I.S., en este punto, es muy claro: los nacionalismos preocupan apenas al 1,6% de la población española. El paro, al 78,5%. ¿Dónde es más urgente un trabajo conjunto, una política de Estado?

Un reciente informe de los técnicos de Hacienda ponía al descubierto la realidad que se comenta con toda franqueza en cualquier conversación familiar o amistosa: gracias a la economía sumergida, la cobertura familiar…y la Caridad, no se ha producido todavía una explosión social. Nada, pues, en lo que intervenga la acción del Gobierno, si no es para ir debilitando paulatinamente la capacidad de resistencia de los núcleos familiares, sustentados por unas pensiones que pierden constantemente poder adquisitivo. Y unas contribuciones a los parados que alcanzan, paralelamente, a un grupo menor de desempleados.

Bien está que, en público o en privado, Rajoy y Rubalcaba, dediquen horas a negociar con Más o con Urkullu. Pero reserven sus mayores energías y sus capacidades para encontrar urgente solución al mayor desafío: crear puestos de trabajo. O los españoles -ya ven las notas que les dan- les invitarán a engrosar la lista del paro.

Han salido las notas