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lunes 16/5/22

Hablo castellano

Aprendí el castellano posiblemente un mal castellano lleno de laísmos y leísmos-, como casi todos, en mi familia y, más tarde, en la escuela del pueblo. Pertenezco a una generación que no tuvo nunca duda alguna de que era lengua común y jamás se me planteó otra posibilidad de expresarme. La gente de mi edad llegamos tarde a la enseñanza de idiomas, tal vez porque entonces plantearse siquiera salir fuera del país era pura entelequia.
Aprendí el castellano posiblemente un mal castellano lleno de laísmos y leísmos-, como casi todos, en mi familia y, más tarde, en la escuela del pueblo. Pertenezco a una generación que no tuvo nunca duda alguna de que era lengua común y jamás se me planteó otra posibilidad de expresarme. La gente de mi edad llegamos tarde a la enseñanza de idiomas, tal vez porque entonces plantearse siquiera salir fuera del país era pura entelequia.

Quiero decir que siempre me he expresado a veces con torpeza y este artículo es buena prueba de ello- en la lengua que me enseñaron las personas de mi entorno. Y, aún con todas mis deficiencias, me ha servido para lo que sirve un idioma: para entenderme con los demás.

Cuando fui a Barcelona por primera vez, iba advertido de que los catalanes hablarían, sólo por fastidiarme, en catalán. Mi sorpresa fue que al entrar en un bar y recibir un saludo en una lengua para mí desconocida y responder y pedir yo la consumición en castellano, cambiaban amablemente al castellano y seguían la conversación sin sorpresa y sin violencia.

Nunca he tenido problemas en otras lenguas. Ni me he sentido despreciado o humillado con mi castellano deficiente en ninguna parte de este país. Debe de ser que he tenido suerte. Y confieso que, incluso, he tenido una cierta envidia hacia quienes se manejaban perfectamente saltando de una lengua a otra con tanta facilidad.

Dicen ahora que hay que defender el castellano. Y hay un manifiesto hablando de la necesidad de luchar por ello. No digo que no. La lengua es un patrimonio como lo es cualquier manifestación cultural. Y, con ello, quiero decir que respeto y apoyo cualquier intento de impedir la pérdida de una forma de entendernos y expresarnos.

Tampoco quiero con esto decir que no haya exageraciones en quienes intentan imponer su propia lengua sobre otras. En los excesos siempre está lo injusto. Y tengo para mí que el castellano hay que defenderlo en muchos frentes. También, por ejemplo, cuando lo impregnamos de locuciones procedentes de otros idiomas que nada aportan y empobrecen el lenguaje.

Pero es que, además, en el caso que nos ocupa, a mí al menos, me asaltan serias dudas sobre la limpieza de esta defensa del castellano. El problema es que se ha traspasado la barrera lingüística y se ha convertido exclusivamente en arma claramente política. No soy un ingenuo y sé que la lengua, el uso de la lengua, es un problema político, un arma política de unos contra los otros.

A este paso y a las pruebas me remito-, lo que podría ser, sin más, un afán de defender el derecho a conocer una lengua común, una forma común de entendernos, servirá para ahondar en las diferencias. Terminará por enfrentar a derechas e izquierdas, cuando el debate debería plantearse de otra manera y nunca desde posiciones ideológicas y con apoyos mediáticos que hacen de ello bandera para otros fines.

Nadie puede negar que todos tenemos derecho a aprender y difundir la lengua de nuestros padres. Y no por encima de otras, sino a la par. Quiero decir que me parece muy bien que una familia catalana, vasca o gallega, por citar algunas, quiera que sus hijos conozcan y utilicen la lengua de sus antepasados. Y, al revés.

Da, sin embargo, la sensación de que, como en otras cosas, el radicalismo, la falta de diálogo y el maniqueísmo están moviendo las aguas de lo que durante muchos años fue balsa más o menos tranquila. Ya sé que se me puede argumentar que en el franquismo las lenguas distintas al castellano fueron perseguidas y reprimidas. Uno, en su inocencia, creía que ése era ya un debate superado y que lo que quedaba por delante era lograr, desde el entendimiento, la convivencia pacífica y enriquecedora de las distintas lenguas en que se expresan los hombres y mujeres de este país.

A mí que me gusta leer a Joan Margarit en versión bilingüe, quiero acabar hoy con unos versos suyos. (Si hay erratas, reconozco que son mías)

És la meva tardor, l"edat dels pactes
impossibles, el temps roig del perill

per a homes grans i noies solitries.

L"edat de l"adulteri i de l"oblit
jugats sense esperana, l"edat freda

de l"última partida amb un mateix.

Cal jugar dur, sense esperar la sort,
perqu no es tracta, ja, d"un joc d"atzar.

És el temps de fer l"últim solitari
amb les cartes marcades pel passat.


Definitivamente se trata de mi otoño,
un tiempo de alianzas imposibles,

la edad roja de todos los peligros
para hombres maduros y chicas solitarias.

La edad del adulterio y el olvido
sin ninguna esperanza, la edad fría,

la partida final contra uno mismo.

Permanezco en la mesa, sin esperar la suerte,
ya no cabe el azar en este juego.


Es el tiempo de hacer un solitario
con las cartas marcadas de la vida.


A mí lo que me importa es la belleza de sus versos, tanto en catalán como en castellano.

Hablo castellano
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