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lunes. 08.08.2022

Guerra de trincheras

NUEVATRIBUNA.ES - 26.10.2009Un sistema privilegiado para conocer la realidad consiste en escuchar, como quien no quiere la cosa, conversaciones ajenas que circulan por bares, tiendas, colas de espectáculos y demás lugares donde la concurrencia mata los ocios con las palabras. A esta afición debo algunas ideas referentes a la corrupción.
NUEVATRIBUNA.ES - 26.10.2009

Un sistema privilegiado para conocer la realidad consiste en escuchar, como quien no quiere la cosa, conversaciones ajenas que circulan por bares, tiendas, colas de espectáculos y demás lugares donde la concurrencia mata los ocios con las palabras. A esta afición debo algunas ideas referentes a la corrupción. Este sociológico cotilleo no da para muestras representativas, pero alguna pista arroja, que permite reflexiones que van más allá de las respuestas “sí/no” de las encuestas. Y es que casi nadie está en el “no sabe”, aunque no quiera contestar a un cuestionario. Cosa distinta es lo que se sabe. Porque lo que se sabe no puede escapar de unos marcos ideológicos, políticos o culturales de referencia: la “verdad social” sobre la corrupción es una construcción colectiva, aunque sea plural. Si algunos acertaran a entender esto se evitarían disgustos, desesperanzas y frustraciones. Trataré de ensayar un cuadro interpretativo.

Lo primero a destacar es la cosificación de lo que es un proceso. “Gürtel” –oscuro y poético nombre que alienta la imaginación tanto como oculta el sentido de lo sucedido- es para muchos una cosa, un paquete que, se supone, está cerrado: visualmente en-cerrado en un sumario que va abriéndose poco a poco. Aflora aquí una paradoja. Por un lado, la mentalidad colectiva demanda una “verdad objetiva”, unos hechos ciertos que alimenten y tranquilicen el conocimiento público. Pero, a la vez, esa mentalidad se construye con los mismos códigos culturales que nos da el la literatura de misterio o la Liga de Campeones: una revelación demasiado rápida nos privaría del placer de la duda, de la adivinanza. Estar en una tierra de nadie poblada de avatares más o menos pintorescos, con aceleraciones y bruscos empantanamientos, es lo que interesa… y desconcierta. En ese horizonte, empeñarse –políticos, juristas o periodistas- en esgrimir el detalle o el tecnicismo, puede ser pasión inútil, aunque profesionalmente imprescindible. Por eso, también, en torno al “Gürtel” se evidencia la diferencia entre mayoría social y minoría hiperanalítica. Como esa minoría es la dueña de una gran parte del espacio público institucional, tiende a pensar que en su actividad autorreproductora hay más conocimiento, que éste es más puro y que debe calar a todas las capas sociales. De ello se derivan también muchas incomprensiones.

Porque eso no significa que esa masa amplia sea tonta, iletrada, proclive a condenar sin juicio o, al revés, a absolver al corrupto. Lo que sucede es que el imaginario colectivo no se construye sólo a partir de “un” hecho fundamental: hay siempre varias circunstancias esenciales en convergencia -por ejemplo, la crisis económica-. Advierto otra paradoja: un cierto cansancio puede embargar a muchos ciudadanos críticos: conscientes de que arrojar luz sobre las tinieblas de la corrupción es esencial, también lamentan que el papel que se traga “Gürtel” no pueda dedicarse a más perentorias necesidades. Por otra parte, para grandes grupos de electores el “Gürtel” es de difícil digestión porque desafía las percepciones culturales del tiempo. Si bien es asimilable que sus simpáticos protagonistas sean como “frikis” de famoseo, es mucho más tremendo jugar este partido sin saber de su duración, sin que pueda resolverse a los penaltis. Dicho de otra manera: educados como estamos en el culto al tiempo real, que sucesos ocurridos en el pasado determinen tanto el presente y el futuro, no deja de generar incertidumbre. Porque en ese pasado-presente pueden aflorar muchos fantasmas, muchas intuiciones irreductibles a las reglas frías del enjuiciamiento criminal o del recto raciocinio ilustrado.

Opera, en fin, una “percepción selectiva”, de tal manera que las noticias, apabullantes, multiformes, confusas, deben ser ordenadas apresuradamente según un sistema complejo de valores o creencias. No es extraño que las reacciones personales puedan ir desde la rabia explosiva hasta la más resignada aceptación de lo que acontece. Tarea de los partidos debería ser sintetizar y dar salida positiva a lo puramente sentimental. Pero obsérvese que los grandes partidos renunciaron a la pedagogía social, limitándose al pim-pam-pum cotidiano del “y tú más”, aficionándose a una política privada de ejemplaridad, por lo que esta inmersión repentina en la frontera entre ética, derecho y política, no puede dejar de producir extrañeza en los ciudadanos.

O sea: avive el seso y despierte, que a la etapa de confrontación fulgurante y de desembarcos apasionados, sigue una pertinaz y tristísima guerra de trincheras y desgaste. Es cierto que en el sumario hay armas secretas, quizá de destrucción masiva, pero fiar todo a ello puede ser suicida. La gran batalla del “Gürtel” la ganará políticamente –la cosa no acabará, como si fuera disputa primitiva, con la simple caída del jefe de hueste-, quien pueda disponer de más tropas en línea, de quien articule mejor las relaciones entre los combatientes y la sociedad –grupos de sociedad, en realidad-, quien pueda extender las líneas sin hacerlas tan finas que sean penetradas por el enemigo. Vamos: quien mejor interprete al conjunto social, quien mejor interprete al “otro”, quien mejor defina su estrategia, interpretándose a sí mismo. Esta guerra, aburrida, cada día más aburrida, precisará tanto de alto mando brillante como de mucha infantería, de mucha intendencia. En esas estamos. Y es que, como decía el otro día un amigo, la corrupción envenena, literalmente, todo.

Manuel Alcaraz Ramos es Profesor Titular de Derecho Constitucional en la Universidad de Alicante y Director de Extensión Universitaria y Cultura para dicha ciudad. Ha militado en varias formaciones de izquierda y fue Concejal de Cultura y Diputado a Cortes Generales.

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