jueves. 30.05.2024

Grecia como muestra del extravío de Europa

La ciudadanía griega aguanta como puede el chaparrón de mentiras e insidias que difunden instituciones, líderes políticos y medios de comunicación europeos sobre el país más frágil y empobrecido de la eurozona. Las clases trabajadoras griegas se baten el cobre intentando parar y humanizar unos insoportables e inútiles sacrificios que aumentan de forma vertiginosa el paro y extienden la pobreza.

La ciudadanía griega aguanta como puede el chaparrón de mentiras e insidias que difunden instituciones, líderes políticos y medios de comunicación europeos sobre el país más frágil y empobrecido de la eurozona. Las clases trabajadoras griegas se baten el cobre intentando parar y humanizar unos insoportables e inútiles sacrificios que aumentan de forma vertiginosa el paro y extienden la pobreza. Tras varios años de austeridad tienen sobrada experiencia y saben que los recortes de ayer sólo han servido para empeorar aún más las cosas y justificar nuevos recortes y más pérdidas de empleos y salarios.

Mientras la mayoría sufre, una poderosa minoría social aprovecha la crisis para acumular rentas y patrimonios y reforzar su enorme poder, utilizándolo sin escrúpulos para conseguir mayores márgenes empresariales y nuevos espacios para sus negocios.

Grecia es el símbolo del extravío de Europa, de un proyecto de unidad europea que pudo ser pero que se está desmantelando. Apartados a un lado buena parte de los principios fundacionales y los objetivos de cohesión social y territorial, en la UE priman ahora la insolidaridad y la búsqueda de una competitividad basada en la reducción de los costes laborales que solo sirve para trasladar los problemas a los países vecinos. Europa no puede construirse sin solidaridad entre los países y ciudadanías que la conforman. Las instituciones de la UE ni protegen ni están al servicio del bienestar de la mayoría social. La democracia no puede subsistir de espaldas a la sociedad ni desarrollarse sin contar con la opinión y la decisión de la mayoría. Grecia es la principal víctima del rapto de Europa que ha realizado la derecha conservadora.

Lo que sucede en Grecia es la crónica del doble hundimiento, el de la economía griega y el del proyecto de unidad europea, que desde hace más de dos años se está produciendo a cámara lenta ante nuestros ojos. La resistencia de la sociedad griega frente a los injustos dictados del bloque de poder conservador que hoy gestiona los asuntos europeos y contra la alocada y antidemocrática gestión de los gobernantes griegos merece el elogio y apoyo de la ciudadanía europea que aún cree en un proyecto de unidad europea que se sustente en la solidaridad, la democracia y la protección de los derechos e intereses de la mayoría. El actual proyecto europeo que lidera el Gobierno de Merkel, arropado por las instituciones comunitarias, los mercados y la derecha conservadora, no merece la pena.

Se han empeñado en hundir la economía griega y lo están consiguiendo

Grecia ha reducido significativamente los graves desequilibrios de sus cuentas públicas y exteriores. Actualmente, los déficits público y corriente son menos de la mitad de lo que llegaron a ser en 2009, pero siguen siendo desequilibrios insoportables.

¿Cómo se ha conseguido reducir esos desequilibrios macroeconómicos? Mediante una estrategia de empobrecimiento generalizado de la población y caídas brutales de empleo, consumo de los hogares, inversión productiva e importaciones que han provocado una recesión que dura ya cinco años (2008-2012).

Los datos del desastre son inapelables. En los últimos tres años (2010-2012), la demanda doméstica ha caído alrededor del 23% (el consumo de los hogares y los gastos y transferencias corrientes del sector público en torno al 20%; la inversión productiva cerca del 50%). Desde el año 2009 hasta las últimas previsiones del 2012, el PIB ha sufrido un retroceso del 19,5%, la tasa de paro se ha triplicado y ya alcanza niveles próximos al 25% (similar al de la economía española), las importaciones de bienes y servicios han caído un 37,6% y las exportaciones un 14,2%.

¿Se puede considerar que esos devastadores datos reflejan algún tipo de mejora? La economía griega ha experimentado una destrucción masiva y completamente ajena al más leve rasgo o impacto creativo. El significativo retroceso de sus déficits macroeconómicos es fruto del hundimiento de los salarios y la demanda doméstica. Por esa vía, cabe esperar nuevas reducciones de los desequilibrios macroeconómicos como resultado de una destrucción más intensa de actividades y empleos y un empobrecimiento aún más generalizado. De tal proceso sólo cabe esperar una mayor deslegitimación de las instituciones y las formas democráticas de representación política y el surgimiento de formas extremas de expresión de la crisis social y política que evidencien el hartazgo de la sociedad ante el deterioro de las condiciones de vida que están provocando las instituciones comunitarias y los gobernantes griegos.

La estrategia seguida para disminuir los desequilibrios de las cuentas públicas y exteriores de Grecia ha intensificado la destrucción de su economía y ha provocado retrocesos de la inversión productiva y el empleo que costará décadas recuperar. Es una estrategia injusta e ineficaz que requiere para mantenerse de repetidos préstamos, planes de rescate y retóricos apoyos políticos exteriores que, en cada ocasión, ensalzan los enormes sacrificios que tendrá que seguir haciendo el país.

Nada se ha hecho ni se plantea para mejorar las estructuras productivas de una economía que, con su incorporación a la eurozona, ha intensificado su dependencia externa y su desindustrialización (el sector manufacturero apenas genera el 7,5% del PIB), al tiempo que consolidaba los rasgos propios de una economía periférica, muy débilmente capitalizada, nada sofisticada en su especialización exportadora y completamente insolvente.

Los más graves problemas estructurales de la economía griega se han olvidado y se siguen dejando al margen de cualquier plan de reforma. De este modo, las restricciones que atenazan el crecimiento potencial (entre otros, la muy escasa formación de la mayoría de la población activa, el insignificante esfuerzo de innovación, la mínima inversión productiva o el nulo progreso técnico) impiden que se vislumbre algún signo de recuperación de la actividad económica o el empleo a corto plazo. Aún peor, nada se hace para buscar soluciones a los graves problemas estructurales que atenazan la oferta productiva y condenan a los agentes económicos públicos y privados a una situación de insolvencia.

No resulta exagerado considerar que la estrategia de austeridad y devaluación interna supone un error de envergadura que provoca injustas consecuencias sociales e irreparable y gratuita destrucción económica. Pero resultaría una valoración sesgada e incompleta, ya que hay que apreciar también que dicha estrategia está permitiendo abrir nuevos campos de negocio a la iniciativa privada y una evolución favorable de los márgenes empresariales como consecuencia de la pérdida de empleos, la reducción de costes laborales y fiscales y la mengua o deterioro de la oferta de bienes públicos. Es una opción consciente que tiene dos objetivos centrales: disminuir los déficits de las cuentas públicas y exteriores y aumentar la participación de los beneficios en el PIB a costa de las rentas salariales. Y ambos objetivos están progresando adecuadamente, en beneficio exclusivo de una minoría social tan exigua como poderosa.

Las medidas de austeridad y recorte del gasto público suponen una elección tomada con plena conciencia por un bloque hegemónico que parece haber asumido sus inevitables costes económicos, en términos de crecimiento, empleo y tejido productivo y empresarial, y está decidido a ignorar las críticas de la ciudadanía y a despreciar la pérdida de calidad democrática que está ocasionando su gestión.

Las últimas reestructuraciones de la deuda soberana griega

Aunque cabe esperar a lo largo de 2013 nuevas medidas de relajación de las políticas de austeridad impuestas a Grecia y al resto de países periféricos de la eurozona, no va a resultar una tarea sencilla. Las dos reestructuraciones de la deuda pública griega aprobadas por la Troika (Banco Central Europeo, Comisión Europea y Fondo Monetario Internacional) en 2012 permiten vislumbrar las dificultades que entraña la operación de aligerar la carga insoportable de la deuda pública y flexibilizar los objetivos de consolidación presupuestaria.

Grecia ha soportado ya dos planes de rescate (en mayo de 2010, el primero, y en marzo de 2012, el segundo y último por ahora) que suman una financiación total de 240.000 millones de euros, cantidad enorme si se compara con los 200.000 millones de euros de su PIB.

El segundo plan de rescate se vinculó a una reestructuración de su deuda pública en manos de tenedores privados (aceptada por poseedores de un 95,7% del total de 206.000 millones de deuda pública en manos de agentes económicos privados) que supuso una quita del 53,5% de su valor nominal. La operación se saldó con una reducción instantánea de la deuda soberana de 105.000 millones de euros (en torno a la mitad del PIB); pero esa reducción de la deuda fue también instantáneamente compensada por los nuevos préstamos acordados por el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) y el FMI, de los que buena parte (48.000 millones de euros) estaban destinados a recapitalizar los bancos griegos y otra parte significativa a financiar el propio plan de reestructuración de la deuda e incentivar la participación de la banca privada extranjera en el plan de reestructuración.

En diciembre de 2012, la segunda operación de reestructuración de la deuda soberana griega en manos privadas fue menos ambiciosa que la de marzo, fundamentalmente porque la cuantía de la deuda soberana griega en manos privadas se había reducido considerablemente. El FEEF concedió un préstamo extraordinario de 10.000 millones de euros destinado a recomprar la mitad de los 60.000 millones de euros que en ese momento detentaban los inversores privados (alrededor de 17.000 millones de euros en los activos de los bancos griegos y entre 15.000 y 16.000 millones, en manos de otros inversores nacionales y extranjeros). En esta ocasión la quita alcanzó un 68,5% del valor nominal de los bonos afectados y el sector público consiguió eliminar alrededor de 20.000 millones de euros (un 10% del PIB) de su deuda.

¿Ha servido para algo la multimillonaria financiación comprometida en esos planes de rescate y reestructuración de la deuda? Para muy poco o casi nada. Si a principios del año 2010 la deuda pública representaba el 129,7% del PIB de Grecia, dicha ratio fue aumentando hasta rondar el 180% antes de la segunda reestructuración de deuda de diciembre de 2012. Tras el nuevo rescate y las dos reestructuraciones de deuda realizados en 2012 el porcentaje de la deuda pública sobre el PIB sigue situado en niveles próximos al inasumible 170,6% con el que comenzaba el año 2012.

Los dos objetivos esenciales acordados por la Troika apenas han variado tras la nueva reestructuración de la deuda, se trata de reducir la ratio de la deuda respecto al PIB hasta el 124% en 2020 (con una pequeña ampliación del margen respecto al 120% establecido previamente) y de alcanzar un déficit primario (sin considerar los costes financieros) del 4,5% en 2016 (con una prórroga de dos años respecto a la fecha aprobada con anterioridad). Así las cosas, si todo va bien, Grecia conseguiría alcanzar en 2020 el insostenible nivel de deuda pública que justificó en mayo de 2010 el primer rescate y los innumerables sacrificios posteriores. Ese es el balance preciso de la estrategia de austeridad. Se va a necesitar toda una década de pobreza, desigualdad y paro masivos para volver a colocar la deuda pública griega en el mismo punto de partida que fue utilizado para imponer las políticas de austeridad.

Dos importantes lecciones cabe extraer del trato dispensado a Grecia en 2012 por las instituciones comunitarias.

Primera lección. Los rescates y las políticas de austeridad no están orientados a resolver los problemas de falta de músculo industrial e indebidas especializaciones productivas y exportadoras que están en la base de los graves desequilibrios macroeconómicos de los países periféricos y sus consiguientes problemas de insolvencia o falta de liquidez. Los objetivos centrales son otros: por un lado, reducir la inestabilidad financiera hasta niveles asumibles; por otro, permitir la gestión de una eurozona muy heterogénea en el terreno económico y productivo sin abrir paso, en el corto plazo, a cambios institucionales sustantivos que impliquen una mutualización de la deuda automática o sin contrapartidas; y por último, mantener las jerarquías que actualmente existen entre los socios de la eurozona, tanto las de carácter económico como las relacionadas con la capacidad de decisión e imposición. Los sueños de una Europa en la que prevalecieran los intereses colectivos y la cooperación para lograr objetivos comunes se desvanecen, provocando con su evaporación un desplazamiento hacia la insignificancia de la solidaridad y las políticas de cohesión social y territorial que se suponían cimientos del proyecto europeo.

Segunda lección. Alemania considera inaceptable la explosión del euro y asume, no sin resistencias y polémicas internas en el bloque de poder que sostiene a Merkel, la tarea de apoyar financieramente a una economía griega que da muestras inequívocas de insolvencia. Grecia no va a poder devolver los préstamos que ha recibido ni puede prescindir a corto o medio plazo de los préstamos que permiten financiar sus desequilibrios macroeconómicos. Se pretende que ese sostén financiero siga estando condicionado a la aplicación de unas estrictas políticas de austeridad que generan y perpetúan déficits públicos y corrientes y, por consiguiente, inestabilidad económica. La estrategia de austeridad que se impone persigue disminuir la inestabilidad financiera, pero provoca al mismo tiempo destrucción de actividades económicas y pérdida de empleos que generan nuevos desequilibrios financieros que exigen perpetuar las ayudas comunitarias. La austeridad es una estrategia fallida que no podrá prolongarse en su formato actual por mucho tiempo.

Es en ese carácter contradictorio donde reside la mayor debilidad de una estrategia de austeridad y devaluación interna que no puede resolver los desequilibrios económicos, financieros y productivos que existen en los países periféricos ni puede aspirar, por ello, a superar la actual heterogeneidad de la eurozona ni a gestionar, sin cambios institucionales sustanciales, la diversidad de situaciones, intereses y problemas que están presentes en la eurozona y exigen políticas económicas diferenciadas.

Es también ese carácter contradictorio el que fundamenta la sólida sospecha de la mayoría de la población sobre la inutilidad de los duros e injustos sacrificios que se le están exigiendo.

Grecia como muestra del extravío de Europa
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